miércoles, 22 de marzo de 2023

Los «cantos materiales» de Teo Serna

En bastantes lenguas, antiguamente, los términos para designar la plata y el mercurio —aquí llamado azogue hasta antes de ayer— se hallaban léxicamente muy próximos. Tan próximos que a ambos se les daba el mismo nombre —el de la plata—; solo le añadían un adjetivo cuando era necesario precisar que se hablaba del mercurio: quicksilver, vif-argent, argent vivo… Había entonces, claro está, menores sutilezas científicas, y una creencia generalizada que, paradójicamente, la ciencia ha terminado, poco más o menos, por confirmar: la materia es una y esencialmente idéntica aunque se nos presente en formas muy distintas.
La unidad esencial de la materia y sus innumerables variaciones produce asombro y da que pensar. A algunos poetas, además, les abre posibilidades: por ejemplo a Teo Serna. No conozco poeta más materialista, es decir, más interesado en la naturaleza material de las cosas y en su observación y manipulación por procedimientos diversos que Teo Serna. Este libro es una muestra clarísima, igual que no hace tanto el Tratado de piedras.
Se ve desde el propio título y enseguida se ratifica en la primera parte del libro —«Arquímedes tenía razón»— que este se articulará sobre la dialéctica plata/azogue, la confluencia de ambos elementos en los espejos —esos artefactos cuyo valor simbólico, feracidad especulativa y potencial de seducción literaria acaso solo sean comparables a los de los relojes—, y su encaje en la condición de materia que, por decirlo un poco a la ligera, se pesa, se mide, y obedece a leyes que el ser humano es capaz de averiguar. Naturalmente, alguien podría argüir que el poeta se fija en la materialidad de las cosas por su valor simbólico, o sea, que la usa para significar otras cosas. Llevaría razón, por supuesto; sin embargo, ello no empañaría una querencia que distingue nítidamente a Serna de los demás poetas. ¿De dónde vendrá tal querencia? Me atrevo a suponer que de su condición de artesano: de artista que, ya se desempeñe como pintor, escultor, músico o poeta, manipula —pesa, mide, mezcla, amasa— la materia con sus propias manos cotidianamente, y la conoce bien y conoce bien el léxico especializado y técnico con que hablar de ella.
Del trato delicado y riguroso y de su familiaridad con la materia nace otro de los rasgos de la poesía de Serna que en el nuevo libro corrobora el lector y aprecia cabalmente. Alguien dijo de alguien —no recuerdo ahora ni al uno ni al otro ni me voy a levantar a indagarlo— que había leído toda su poesía, aunque afortunadamente no todos sus poemas. Quería decir que esa poesía era idéntica, reconocible, suya, pero que se la servía al lector de manera nueva en el molde diferente de cada poema particular. Es algo que ocurre con todos los poetas grandes —y aun con muchos de los medianos y más chicos—; no obstante el caso de Serna se me antoja ejemplar por extraordinario: su creatividad es tan exuberante, sus intereses tan variados, sus conocimientos tan amplios, su oficio tan aplicado y severo, sus inquietudes y curiosidades tantas, que cada poema es, a un tiempo, esperable —por ser fruto de una voz magistral que todo lector tiene bien conocida— y sorprendente —en tanto que pieza única en donde la maestría parece (solo parece: enseguida habrá más) haber marcado un hito insuperable—. Leer El azogue y la plata es, pues, un gozo: nos ofrece al mejor Serna de siempre bajo la forma de un buen ramillete de poemas excepcionales. ¿Difíciles en algunos casos? Sí. ¿Cultos y aun culturalistas a veces? También. ¿Herméticos? Nunca. Y, por añadidura, muy fecundos y no solo desde el punto de vista estrictamente poético o literario: también desde el moral en el mejor y más amplio sentido de la palabra.
Por otra parte, está muy bien editado: si yo tuviera que buscarle alguna pega —y sería más prejuicio mío que vicio objetivamente reprochable— solo hallaría cierta sobreabundancia de comas que, de cuando en cuando, hacen la lectura espasmódica sin encauzarla. La calidad de la edición, no hay que mentarlo, se debe a Mahalta: en su corta andadura, Mahalta llevará docena y media de libros publicados impecablemente. En una tierra donde tal pulcritud no es norma resulta obligado pregonarlo y desearle larga vida.
Leyendo El azogue y la plata celebré ayer el Día Internacional de la Poesía: no salí de casa ni oí al pobre Tamames. Ahora, escribiendo esto y regresando al libro de vez en cuando, he vuelto a celebrarlo. Si le apetece, hágalo usted, amigo lector.

Teo Serna. El azogue y la plata. Mahalta Ediciones. Ciudad Real. 2023. Catorce euros.

martes, 14 de febrero de 2023

Guadalupe Grande vive

    Hace unas semanas, casi coincidiendo con el primer aniversario de la muerte de la autora, Sergio C. Fanjul publicó en Babelia un artículo excelente —lo enlazo aquí— sobre el libro póstumo de Guadalupe Grande Jarrón y tempestad. Cualquiera que haya empezado a leer esta entrada quizás haría bien en dejarla para otro día, o para nunca, y adentrarse en el artículo de Fanjul: dice más y mejor cualquier cosa que a mí se me pudiera ocurrir y es una puerta magnífica para entrar en un libro nada fácil pero que compensa abundantemente el esfuerzo de la lectura.
    ¿Por qué, entonces, si Fanjul y otros se han ocupado del libro, me atrevo yo también? ¿Y por qué me atrevo si Guadalupe Grande no era en realidad de por aquí ni publicaba en editoriales de por aquí? Por varias razones.
La primera, para darme el gusto de enlazar el artículo de Fanjul y contribuir —una pizca al menos— a difundirlo y, en consecuencia, a difundir un libro que bien lo merece y del que los medios de por aquí es altamente improbable que se den por enterados.
La segunda, porque traté un poco a Guadalupe Grande en 2018 cuando acompañó a su madre, ya a punto de morir, a un memorable recital en Almagro. A Grande, y a su emocionante amor de hija, le debemos aquel recital; esta entrada no es sino una humilde manera de agradecérselo.
La tercera, porque Guadalupe Grande representa muy bien a tantas personas —pienso ahora, por ejemplo y consciente de sus obvias diferencias, en David González, muerto también antes de tiempo— que, sin vivir de la poesía, viven por y para la poesía con una entrega, una perseverancia y un riguroso fervor que se dirían —sin mentir, porque en verdad lo son— vocación o destino, imposibles de eludir en todo caso aunque las lleven por un camino áspero y siempre al borde del precipicio.
La cuarta, porque, pese a no ser exactamente una poeta de por aquí, sí lo es en cierto modo, quiero creer que importante. De hecho, en el libro hay suficientes detalles que lo corroboran: personas —el padre y más—, sitios o hechos explícita o tácitamente nombrados o aludidos, que diáfanamente expresan los vínculos de Guadalupe Grande con la Mancha. Entre ellos —y me apetece destacarlo por si tuviera algo que ver con Manuela Temporelli y su Sabor de moras en agosto— una referencia críptica a Cinco Casas.
Pero, desde luego, la razón principal es el libro mismo. Apunta Fanjul que en el «libro se percibe la férrea voluntad de Grande por ir más allá, por traspasar sus propios límites y llegar a niveles sorprendentes de depuración del lenguaje, se percibe la determinación por experimentar de muchas maneras diferentes y el esfuerzo en la decisión de cada palabra. Nada está dejado al azar, todo está pensado más de tres veces. “Probablemente, Jarrón y tempestad sea el mejor poemario de Guadalupe Grande; mejor en el sentido de preferible, sin que por ello desmerezcan para nada sus anteriores libros, que ya sabemos que cada libro puede ser una pista y también un desvío”, dice el editor Carlos Rod, de La uÑa RoTa, que hace también hincapié en el largo tiempo y en el cuidado que la poeta puso en su elaboración, y en cómo notaron su ausencia a la hora de la edición, a pesar del fiable asesoramiento de los poetas amigos».
Yo también creo que es el mejor libro de Guadalupe Grande. Un libro denso, tortuoso, oscuro, difícil, que exige del lector —desde el propio título— una atención sin desmayo para poder leer más allá de lo leído, o sea, para abrirse camino por la intricada selva de las palabras hasta llegar al temblor precario de la poesía genuina. Un libro, así mismo, que, sin necesidad de considerar las circunstancias de su aparición, puede leerse como un testamento: no ya en cuanto conjunto de últimas voluntades, sino en tanto que declaración de vida: los fundamentos, los derroteros, los puntales, las compañías que han sustentado la vida personal y poética de la autora. Si, en una segunda o tercera lectura de Jarrón y tempestad, el lector se toma la molestia de leerlo así, puede que inopinadamente se encuentre conversando con una poeta que le dice al oído las palabras esenciales y verdaderas en las que se encierra todo lo que fue: estas.
Además, la cubierta y las páginas iniciales y finales del libro reproducen collages sugestivos y algo turbadores de la autora que sintonizan bien con el tono y el contenido del poemario.

Guadalupe Grande. Jarrón y tempestad. La uÑa RoTa. Segovia. 2022. Quince euros.

jueves, 19 de enero de 2023

Los toros en Almagro

No me gustan los toros; las pocas veces que me he asomado a la Fiesta su natural crudeza, valga el eufemismo, me ha impedido percibir cuanto en ella hubiera de emoción artística, hasta de simple entretenimiento. Además, estoy convencido de que las corridas son un espectáculo anacrónico que desaparecerá pronto; y no por la animadversión de nadie ni por las —a menudo oportunistas— campañas que promueven su abolición ni por las decisiones políticas que las han prohibido efectivamente en algunos sitios; no: morirán por inanición, porque no se compadecen con los signos de los tiempos ni cuentan con posibilidad de reforma para adaptarse a ellos.
Ahora bien, pese a no gustarme los toros y tener la certeza de que desaparecerán más pronto que tarde, no albergo contra ellos ningún reproche moral; tampoco me apunto a la moda de la cancelación, hoy tan extendida. Lo primero, porque obligaría a desechar todo uso de los animales en provecho de los seres humanos —sea como mascotas, alimento, fuente de materias primas u objeto de estudio y experimentación científica—; lo segundo, porque los toros han desempeñado un papel importantísimo en la cultura —en la vida entera— española de los últimos siglos que solo cabe eludir desde la ignorancia o la mala fe.
Críspulo Coronel Zapata es plenamente consciente de ello, y dedica el libro que he leído estos días a identificar y reivindicar tal papel en lo que concierne a Almagro. Quiere eso decir dos cosas. Una: que se trata, por supuesto, de un libro de historia y, en cierto modo —un modo parcial pero decisivo—, de una autobiografía; que tiene tras de sí muchos años de trabajo, de investigación paciente y devota, de conversaciones y entrevistas con cualquiera que pudiera aportar detalles de interés; de transcripción, clasificación y ordenación de los materiales; de escritura y rescritura; de selección fotográfica; de evocación y redacción de experiencias personales, etcétera y etcétera. En este sentido, es LA historia de los toros en Almagro, sin duda ninguna: ahora ya poco debe de quedar por saber. Y dos: que es un libro reivindicativo, pugnaz incluso, como corresponde a quien ama y abraza apasionadamente una causa y siente que no todos comparten el mismo amor ni la abrazan con igual pasión. De ahí que la obra llegue a desprender en ocasiones un aroma, quizás involuntario pero evidente, de melancolía: el que surge de constatar —autor y lector— que los buenos tiempos de la Fiesta han pasado y es muy improbable que vuelvan. Precisamente por esto último, es asimismo un libro oportuno, un libro que viene en el momento oportuno: o sea, justo antes de que se olvide o de que a nadie le interese el papel importantísimo, repito, que han desempeñado los toros en casi toda España y, claro está, en Almagro.
Puestos a dar breve noticia del libro, encuentro en él varios asuntos que serán notables y habrán requerido su tiempo, pero que a mí me interesan poco: la relación de los festejos, por ejemplo. En cambio, otros me han cautivado: lo que más, lo relativo a los aficionados y la afición —el subtítulo de la obra es «Aficionados con solera»—, que es estupendo y muy pertinente.
El lector confirma, en efecto, cómo durante muchos años —tal vez ya no, o ya no en la misma medida— el aficionado a los toros, el Aficionado por antonomasia, era un individuo cuya afición constituía una segunda naturaleza, un elemento primordial de su personalidad: hasta tal punto que lo definía y singularizaba y, en consecuencia, condicionaba la percepción de sí mismo y su lugar en la sociedad. Pero la palabra afición, aparte de designar la atracción de determinados individuos por los toros —los cuales curiosamente antes de la televisión eran inaccesibles para la mayoría la mayor parte del año— designa también al colectivo de los aficionados. Y la Afición así entendida era un grupo de sujetos de toda clase y procedencia social que en este ámbito se reconocían como iguales, poseían rasgos comunes bien marcados —una manera de hablar característica, por ejemplo— y una fraternidad indudable. La Afición, pues, colectivo sin reglas ni jerarquías explícitas, pero perfectamente identificable, funcionaba como marco de socialización y, en muchos momentos, como grupo de presión que era conveniente tener en cuenta. El retrato que Críspulo Coronel Zapata, él mismo aficionado con solera, hace de la afición y los aficionados es magnífico, y para la historia de Almagro acaso muy aprovechable.
En resumen, un libro estupendo. Lástima que la edición no esté a la altura: hubiera merecido otra más profesional. Pero, lo sé de primera mano, eso ni es sencillo ni barato.

Críspulo Coronel Zapata. Coso de la Cuerda. Aficionados con solera (1845-2021). Edición del autor. Sin lugar ni fecha. Veintisiete euros.

jueves, 22 de diciembre de 2022

Un libro (casi) definitivo

Como en todas partes —ahora es plaga—, cada año se publica en Almagro una porción considerable de libros: muchos más libros de los que el almagreño común, el que está en sus asuntos, podría suponer. En descargo del almagreño común, que está en sus asuntos, la mayoría de ellos pasará al olvido más rápidamente aún que las funciones navideñas con que colegios e institutos andarán estos días despidiendo el trimestre. Cosas de la vida, del tiempo… y de la inanidad de lo publicado: nada se pierde el almagreño común, nada que lamentar, pues.
Sin embargo, de vez en cuando algunos libros escapan de la oprobiosa, acaso merecida y muy general condena al olvido para incorporarse a la escasísima fracción de los que han de durar: ya sea por la calidad literaria —pensemos en Horcajada, en Taylhardat, en Vinuesa— o porque alumbran rincones mal iluminados de nuestra realidad presente o pasada que importa ver con claridad, limpios del polvo de los tópicos, de la deformación de los prejuicios o de las nieblas de la ignorancia.
Hoy tengo entre manos uno, imponente: Blasones y linajes de Almagro, de Francisco Javier Alcaide y Nieves Sarabia. Nos consta que es el fruto de largos años de trabajo abnegado, paciente, meticuloso, de infatigables recorridos por el pueblo, y de horas y horas escarbando en archivos. Nos consta igualmente que ha contado con apoyos, orientación y aliento de personas insignes; entre ellas y de una manera principal, de don Arcadio Calvo. A don Arcadio Calvo dedica Alcaide un emotivo renglón en los agradecimientos que sobrepasa la sincera y biennacida gratitud; es una toma de partido: Alcaide, como don Arcadio, se alista en la tribu cada vez más nutrida —¡gracias a Dios!— de quienes beben en las fuentes claras, de quienes dudan, de quienes no fantasean, de aquellos cuyo único asidero es el dato contrastado, de quienes, en definitiva, son conscientes de que la historia es tarea colectiva y parsimoniosa que rara vez avanza a saltos, sino en pequeños pasos aparentemente modestos pero firmes. A este respecto, leído el libro de Alcaide y de Sarabia, se puede afirmar sin reticencia que el hueco —enorme, tristísimo— de don Arcadio Calvo no es ahora tan grande ni tan doloroso, pues cuenta con dignos sucesores. Por supuesto —no hay ni que mentarlo—, cualquier lector apreciará también enseguida que el libro rebosa de amor a Almagro —y aquí podríamos quizá detenernos un rato a hablar de distintas clases de amor patriótico; lo dejaremos para otro día. Como dejaremos para otro día la cuenta de notabilísimas aportaciones que a la historiografía de Almagro vienen haciendo los historiadores no profesionales—.
No obstante lo anterior, ni el trabajo ni el magisterio de don Arcadio ni el amor por el pueblo hubieran bastado para hacer un gran libro —lo he dicho: un libro imponente—. Blasones y linajes de Almagro es un libro imponente por la información que aporta, por cómo la selecciona y dispone y por cómo la usa para esclarecer cuestiones que, en principio, no parecían su propósito central. En efecto, los blasones que ve en abundancia el paseante por Almagro son piedras que hablan: hablan de un tiempo, de un tipo de sociedad —sus creencias, sus formas de vida, su economía, sus desigualdades, etcétera y etcétera— y de un río de generaciones que llega hasta nosotros. Pero esas piedras parlantes, los blasones, solo hablan a quienes son capaces de entender; a los sordos y analfabetos nos dicen poco. Ahí, los autores, guías eruditos y amenos, nos hacen ver lo que habitualmente no vemos y entender lo que no entendemos; nos muestran a las personas de carne y hueso y a las familias que hay detrás y nos las sitúan certeramente en el mundo en que habitaban. De modo que el libro es un todo coherente y riquísimo, muy sugestivo y estupendamente presentado. Yo no puedo —no sé— enjuiciar los pormenores técnicos de la obra, pero su lectura me ha resultado bien instructiva. Y estoy seguro de que es un libro fundamental —¿fundacional?— en muchos sentidos: pone en su sitio lo que sabíamos hasta aquí, lo corrobora, refuta o amplía hasta no dejar resquicio y asienta las bases —firmísimas— de cuanto se pueda continuar investigando. O sea, un libro esencial y bien editado.
Y es caro, sí: habrá a quienes treinta y cinco euros les parezcan prohibitivos. Ahora bien, teniendo en cuenta lo que se da por ellos y que el libro ha de estar vigente durante años, se pueden pagar sin remordimiento. O pedírselo a los Reyes.
 
Francisco Javier Alcaide y Nieves Sarabia. Blasones y linajes de Almagro. Ayuntamiento de Almagro. Almagro. 2022. Treinta y cinco euros.

lunes, 21 de noviembre de 2022

Emocionantes moras

 Sabor de moras en agosto es un libro excelente: debería dar que hablar. Me temo, sin embargo, que por aquí pasará inadvertido. Manuela Temporelli, la autora, aunque nacida en Madrid, procede de Alcázar y vive permanentemente en Cinco Casas desde hace muchos años años; es cierto que sus quehaceres profesionales y poéticos han estado orientados a Madrid; pero también es cierto que por aquí pocos se han enterado de su existencia: por poner dos ejemplos —los pongo solo por su valor de síntoma y por la extraordinaria generosidad de ambas empresas—, no figura en Cántiga, y para entonces Temporelli ya había publicado Cuaderno de Budapest, que tuvo notable difusión, ni Galanes la ha retratado todavía. Claro es que ni Fernández ni Galanes tienen la culpa, ni Temporelli es la única invisible: por el contrario, la culpa está bien repartida y los invisibles abundan. Pero a los lectores corriente estas cosas nos traen sin cuidado: no pretendemos arreglar el mundo, nos basta con leer buenos libros.
    Este lo es, indudablemente. Se divide en tres partes —«Un poco de locura en primavera», «Voy a volver a mí» y «Mayo y Darío»— y un epílogo dedicado a Guadalupe Grande Aguirre. El libro entero también está dedicado a Guadalupe Grande Aguirre —así, con los dos apellidos»—. Si reparamos en que bajo la dedicatoria va una confesión —«Ignoraba que se pudiera morir tres veces»—, que hay un poema dedicado a Juan Carlos Mestre y que Mestre firma el paratexto de la contraportada, podemos hacernos una idea de a quiénes se encomienda la autora.
    Un lector desatento o apresurado podría pensar que las tres partes nada tienen que ver entre sí. Estaría equivocado. Sabor de moras en agosto, como todo libro de poesía digno del nombre, pretende abarcar un mundo; en este caso, el mundo en tanto que estructura social, económica, política… donde habitan y padecen los seres humanos. Pues bien, cada parte del libro se para, de lo más grande a lo más pequeño, en una de las tres capas en que el mundo puede perfectamente dividirse: la primera, en lo general o global; la segunda, en lo personal y social próximo; la tercera, en lo familiar doméstico. Y hay una nítida coherencia poética, moral e ideológica entre las tres. Veámoslo.
    «Un poco de locura en primavera» es un solo poema que se desarrolla en quince secciones. Hablan, sí, de locura y primavera: pero ni la locura es enfermedad mental ni la primavera estación del año. La locura es, por emplear una expresión célebre, el «malestar en la cultura», es decir, la alienación inevitable que produce vivir en un mundo inhóspito, en un mundo enfermo; la primavera es la remota esperanza, colándose por algunas rendijas, de que el mundo sane. Es, pues, entre otras cosas, un poema político, pero no es un poema de explícito contenido político ni guarda un átomo de demagogia: es un poema de altísima calidad lírica, donde se alternan formas muy distintas —del endecasílabo blanco al versículo, la prosa aforística o la lamentación de aire bíblico— creando en el lector un desasosiego emocionado que revive la locura del mundo, su ordenado desorden que enferma, mediante un lenguaje y con unos recursos de gran poeta. Me atrevo a afirmar que leer este magnífico poema, uno de los mejores que yo he leído últimamente, es para el lector la primavera.
    «Voy a volver a mí» reúne trece poemas referidos al ámbito personal de la autora y su mundo social cercano: los amigos muertos y vivos, los recuerdos, las circunstancias que la han hecho ser quien es, la dichosa pandemia… Los unen los ojos y la voz de la poeta, pero su vínculo estructural es más tenue. De todas formas, la calidad lírica sigue alta y algunos de los poemas —Llamadme Ismael, que no es lo que parece, 2020, Postguerra— son muy buenos.
    «Mayo y Darío» está centrado en los nietos. Es un tema delicado: se presta, y más en estos tiempos, al tópico, a la blandenguería y, lo que es peor, a presumir heroica y ridículamente de algo que a los abuelos se nos da hecho. Temporelli esquiva los riesgos apoyándose en tres pilares: el magnífico poema inicial —que lleva una nana en seguidillas, como las de Hernández—, el último —Testamento, un romancillo muy bien disimulado— y que el resto sean glosas a lo dicho por los niños.
    Un gran libro, reitero, cuyo valor no merman algunos mínimos deslices. Señalo tres: un «deshechos» (pág. 20) que acaso debería ser «desechos», un «adjuro» (pág. 42) que debería ser «abjuro», y una mejor redacción —quizá una coma fuera suficiente— en el final del segundo párrafo del epilogo. Poca cosa.

Manuela Temporelli. Sabor de moras en agosto. Bartleby Editores. Madrid. 2022. Trece euros.

viernes, 14 de octubre de 2022

Teresa de Ávila

Mañana se cumplen cuatrocientos cuarenta años del entierro de Teresa de Jesús en Alba de Tormes. Había muerto en el mismo pueblo el día anterior, 4 de octubre —no me he equivocado: en 1582 el día siguiente al 4 de octubre fue el 15 de octubre—, y la enterraron deprisa y corriendo para que no les arrebataran el cadáver. Se lo arrebataron, lo trocearon, lo repartieron por medio mundo.
Pero eso para mi propósito carece de importancia. Como carece de importancia que la santa esté de moda —el libro superventas de Cristina Morales, la novela de Sender reeditada, el affaire de Paco Becerra—; o que acaso haya sido la persona de mayor intimidad con Dios —signifiquen Dios e intimidad lo que signifiquen— a lo largo de la historia. A mí lo que me importa esta mañana, aparte su condición de escritora formidable —en la estela de san Agustín y dejando abierto el camino a no pocas escritoras recientes—, de mujer extraordinaria, es haber dado pie a algo que puede calificarse, sin mentir ni exagerar, como auténtico prodigio en estas tierras. Me refiero a La agonía de Teresa de Ávila, la plaquette de Fernando José Carretero ilustrada —un decir: es mucho— por Teo Serna que publicó Perico Simón hace unos meses: una hermosura.
Celebro el día de santa Teresa leyéndola. Leyéndola no, en realidad: sintiéndola y emocionándome. Se trata de un objeto precioso, de un artefacto —en el sentido etimológico del término: hecho con destreza— en cuya materialización han confluido tres personas de maestría bien acreditada: el poeta Carretero, el también poeta, pero aquí artista plástico, Serna y el impresor Simón. En estos tiempos de ediciones tan descuidadas que merecerían multa, el resultado es, repito, un milagro que ha de quedar obligatoriamente como hito.
Puesto que en el blog doy cuenta de lecturas, pasaré ahora por alto los trabajos de Serna y de Simón para centrarme en el poema de Carretero que da título a la plaquette. Son poco más de cien versos tipográficamente separados, casi exactamente por la mitad, en dos partes. En ellos Teresa, a punto de morir, se dirige a sor Ana de San Bartolomé, asistente, amiga, hija espiritual y continuadora de su obra. Momento dramático el de la agonía que precede a la muerte; en él quienes acompañan al moribundo guardan silencio; es lo que hace en el poema sor Ana de San Bartolomé, de modo que Teresa, Ana mediante, se dirige directamente al lector, y le habla, gracias al talento de Carretero, con una enorme eficacia comunicativa, en donde la tensión dramática, vestida de serenidad y cercanía efusiva, se traduce en genuina emoción poética.
¿Qué le dice la santa a sor Ana, qué le dice al lector? Sabemos que el poema tipográficamente está dividido en dos partes, pero, sin entrar en demasiadas precisiones, estructuralmente cada una se divide a su vez en otras dos: podemos contar, pues, cuatro partes. En la primera, una vez puestos en situación, Teresa muestra el muy humano y comprensible miedo a la muerte y escudriña el sentido de la vida. En la segunda repasa la suya propia en cuanto se refiere a su relación con los demás: la vida fatigosa de una mujer activa que tropieza a menudo con dificultades, pero que encuentra apoyo en los humildes. La tercera empieza con la misma invocación a sor Ana con que empezó la primera; es también un repaso a la propia vida, ahora desde dentro y ligada a las estaciones del año —una vida en un año: desde las «suavidades del otoño» hasta la «quietud emboscada de las noches de agosto», o sea, desde la siembra a la cosecha—. La cuarta es frenesí, éxtasis, consumación o aniquilación, la muerte o el reposo que halla la mariposa en la hoguera, imagen bellísima y simple con la se cierra el poema. Esta cuarta parte es formidable, tremenda, un torrente verbal sin signos de puntuación —ni punto final siquiera: claro— que maravilla y conmueve.
Pero todo el poema lo es verdaderamente: el verso largo, solemne, eufónico, culto, y, al tiempo, sobrio, grave, directo; la abundancia de imágenes y metáfora brillantes; los ecos de la escritura de la santa; la cercanía al lector a través de la amiga… Sabíamos que Carretero era poeta exquisito; por si hacía falta, lo confirmamos.
Gracias, pues, Fernando José, por el gozo inagotable de leer el poema, de sentirlo entre las manos.

Fernando José Carretero. La agonía de Teresa de Ávila. Imagen digital de Teo Serna. Diseño e impresión de Perico Simón. La Zúa. Cuenca. 2022.

martes, 13 de septiembre de 2022

'Bocalinda': un año del lío

Bocalinda es una buena novela, bien pensada, bien compuesta y bien escrita, que debió de llegar a manos del editor en forma de borrador avanzado. El editor quizá la consideró versión definitiva y la publicó desaliñadamente pensando que nadie repararía en ello. Hoy hace un año enumeré aquí bastantes gazapos; enseguida el editor y la claque, sin negarlos, saltaron tal que granizo en albarda contra el atrevimiento como si les hubieran mentado a la madre. En ediciones sucesivas han corregido algunos de los traspiés —no porque yo los señalara, sino porque eran evidentes—, pero no han tocado otros muchos, de los cuales me atrevo a decir dos, marcadores inmediatos de las ediciones catetas: vocativos desamparados de comas y palabras partidas al tuntún a final de renglón. Qué se le va a hacer.
Sin embargo, aquella reacción virulenta me ha dado qué pensar acerca de este blog, mero entretenimiento de un jubilado ocioso que no sabe jugar al dominó. Tal vez convenga precisar algunas cosas:
Bots aparte, ven cada entrada alrededor de doscientas personas; el blog alcanza, pues, divulgación muy limitada. Pero quiero creer —de varios lo sé fehacientemente— que los doscientos visitantes asiduos, sobre generosos, son inteligentes, cultos, buenos lectores y de agudo espíritu crítico. Lo primero —que haya escaso público— permite libertades; lo segundo —el público selecto— obliga a evitar las tonterías. Con la espuela de la libertad y el bocado del respeto a los lectores gobierno este jamelgo.
Teniendo en cuenta que el blog trata de libros «de por aquí» y que el mundo de los libros en general está lleno de gentes pagadas de sí mismas y susceptibles, acaso debiera proponerme no pisar demasiados callos. No lo haré; a los habitantes del «mundo del libro», en principio —en principio— no les debo nada; les he comprado el producto, lo he leído a conciencia —bien o mal es otro asunto— y con buena disposición: en paz estamos.
Cuando digo que leo con buena disposición quiero decir también que no soy masoquista ni a estas alturas de la vida estoy para perder el tiempo: espero que los libros resulten placenteros y provechosos, y me satisface hallar un buen libro y hablar bien de él. Pero, obviamente, no me chupo el dedo ni deseo parecer más tonto de lo que soy alabando libros que no lo merecen: espíritu crítico y defensa de los derechos del consumidor.
El espíritu crítico expresado verbalmente se convierte en crítica. En numerosos órdenes de la vida la crítica está institucionalizada y es profesional. En el de los libros, lo mismo; se trata de una crítica docta que ejercen rigurosamente personas de gran formación y se encamina tanto a enjuiciar como a orientar al lector común. Desgraciadamente, crítica tan encopetada apenas repara en los libros «de por aquí». Por contra se ejercen hoy profusamente, sobre todo en el universo digital, otros tipos de crítica más o menos limpios: la crítica propagandística de editoriales y autores; la crítica mafiosa que vende alabanzas y chantajea con censuras; la crítica olímpica de quien se cree muy por encima del libro; la crítica banal que aplaude cualquier cosa; la crítica usurera que presta elogios para cobrarlos luego, etcétera y etcétera. Ninguna de ellas practico: la primera porque me sobrepasa, el resto porque las prohíbe mi religión. Lo que yo intento es, gozosa, desinteresada y limpiamente, dar cuenta lo mejor que sé de lecturas que me han gustado e invitar al prójimo a que se sume a la fiesta, sin ocultarle los peros, siempre chicos, que se cuelen de polizones.
Por último, y lo siento, no logro evitar en ocasiones otra crítica, ingrata pero a mi entender  saludable: la crítica derogatoria, pugnaz y vandálica —eso he dicho— que nace de una decepción —nunca del afán justiciero— y que será tanto más áspera cuanto más grande la decepción. A lo mejor no está bien vista en estas tierras; sin embargo, creo, es precisa, útil y legítima: la ejerceríamos en un restaurante, en un concierto, en el fútbol: ¿por qué no en el libro?
Huelga decir que la crítica derogatoria —todas— debe apoyarse en hechos y que los hechos han de ser contundentes, irrefutables por sí solos. Tampoco es preciso decir que se puede —se debe— discrepar de mi valoración de los hechos, y hasta justificarlos, pero, si son ciertos —lo son, lo son—, está feo eludirlos mediante juicios de intenciones.
Y ahí seguiremos, si Dios nos da salud, porque no sabemos jugar al dominó.

lunes, 15 de agosto de 2022

Duelos y quebrantos que no se comen

    Se sabe: el objetivo elemental y explícito de los relatos que los seres humanos vienen contándose desde hace miles de años —primero de forma oral, luego también por escrito y hoy sobre todo mediante imágenes que emanan de pantallas— es entretener. Pero muchos, consciente o no el autor, lo sobrepasan: dan informaciones sobre diversos ámbitos de la vida, transmiten ideas y valores, previenen de peligros, incitan a obrar de cierta manera, instruyen y educan en definitiva. Ahí está el Quijote, por ejemplo, al que se le han hecho decir infinitas cosas, razonables o extravagantes. Ahora bien, estoy convencido de que, al menos en el oyente, lector o espectador común, la eficacia instructiva y educadora del relato será mayor cuanto más entretenido: el Quijote es de nuevo un buen ejemplo.
    ¿Por qué empiezo descubriendo el Mediterráneo? Porque la novela que leo es entretenida pero no se queda en el mero entretenimiento, y porque —se ve ya en el título— encuentra en el Quijote una de sus principales referencias. Me atrevería a afirmar, si la palabra no estuviera tan percudida, que la novela de Ana Girón es apasionante: por el argumento, por los personajes, por la técnica y por la entidad de la escritura misma.
    El argumento es un mosaico de historias de la Guerra y la Posguerra que terminan confluyendo en un sórdido asunto de plena actualidad informativa concretado a modo de compendio y paradigma —acaso por motor de toda ella— en el tramo final de la novela. Integran cada historia peripecias diversas, algunas violentas, otras enternecedoras, no pocas triviales, bien ensambladas —sin que a la autora le sobren ni le falten piezas— y dosificadas con destreza para producir expectación e intriga: desde la primera página mantienen el interés del lector.
    Los personajes, atractivos, bien dibujados, con personalidades y caracteres definidos y distintos, comparten un rasgo: la ambivalencia moral, que no siempre es depravación o cinismo, sino simple, y humanísima, adaptabilidad. No hay buenos ni malos; en mayor o menor grado, todos actúan en ocasiones rectamente y en ocasiones son capaces de la perfidia absoluta o de la cruda hipocresía. El lector no se lo reprocha, tal vez porque de alguna forma se reconoce en ellos: al fin y al cabo, no hay por el mundo tantas personas de una pieza, menos aún si han sobrevivido a las atrocidades de la guerra y a las indignidades que suelen seguirla.
    La técnica novelística es primorosa y —la autora no alardea— discreta. Los dos tiempos en que sucede la novela —la Guerra y la Posguerra suavizada de los años cincuenta— se alternan en los sucesivos capítulos, de modo que el lector, además de ver a los personajes en dos momentos diferentes de su existencia, ve también con suma nitidez y perfecta naturalidad el sucederse de causas y efectos que explican la forja de sus personalidades, la naturaleza de sus comportamientos y el atarse y desatarse de la trama.
    Y la novela está muy bien escrita. Quiero decir que, aunque no sea una «novela del lenguaje», el lenguaje se cuida, se adapta a lo que requieren los personajes y la trama, resulta atractivo y, a efectos de la comunicación, muy eficiente. Brilla mucho la calidad de la escritura —del estilo— en los paisajes escabrosos: las acciones y emociones aparecen vivamente retratados, pero el lector no encuentra allí morbo ni regodeo ni excesos de ninguna clase.
    En resumen: una historia bien contada y entretenida, una excelente novela. Pero, como recordaba arriba y ocurre en todas las buenas novelas, hay más: el clima de la Guerra y la Posguerra, una mirada escéptica sobre los seres humanos y, por encima, un mensaje de aliento y perseverancia, nada ingenuo, para habitar aquí con cierta dignidad.
    Duelos y quebrantos es la primera novela de Ana Girón; sus cualidades provendrán, seguramente, del talento natural, de las lecturas, que se revelan abundantes y atentas, y de la condición profesional de psicóloga. Sin duda, tales ingredientes, cuidados con esmero, harán que su prometedora carrera literaria nos dé en el futuro otras alegrías.
    Y para los almagreños la novela tiene un atractivo añadido: buena parte de ella se desarrolla en Almagro. Un Almagro «novelizado», no real; en cualquier caso con elementos y detalles —algunos extraordinariamente precisos— para hacerlo verosímil, que es lo único que se precisa en este tipo de novelas. Los almagreños deben agradecérselo, porque, habiendo podido situar la acción en cualquier sitio, Girón, andaluza, eligió Almagro, y eso es una señal obvia de amor.
    ¿Cómo podrían agradecérselo? Comprando y leyendo la novela. En Macondo la venden (y en Amazon).

Ana Girón. Duelos y quebrantos. Amazon. Wroclaw. 2022. Veinte euros.

viernes, 15 de julio de 2022

Pulcro brillo de cal

    Conozco a José Carlos Sánchez Galán —ojo: no confundir con José Ignacio Sánchez Galán, el que nos llamó tontos, cuya única poesía es, seguramente, la de acumular dinero—. Si no lo conociera, yo nunca hubiera leído este libro: lo saca Círculo Rojo, una editorial a la que profeso particular aversión. Pero los prejuicios, he de reconocerlo, al tiempo que hacen la vida cómoda nos la recortan considerablemente: en este caso me hubieran vedado un libro valioso que viene, además, prologado por Rosa Navarro Durán, lo cual ya es un aval bien importante.
    Estos dos hechos —que el libro lo publique Círculo Rojo y que Navarro Durán firme el prólogo— dicen bastante sobre el autor y su manera de entender y estar en la poesía.
    El primero remite a su discreción: Sánchez Galán vive alejado de la vida literaria y de sus pompas y vanidades; si ha recurrido a Círculo Rojo habrá sido por evitarse el engorro de buscar un editor de renombre y porque confía en que el valor del libro, él solo, lo haga llegar a los lectores que de verdad lo merezcan. No creo que le importe, pues, el escasísimo eco de la publicación en los medios provinciales, que a saber con qué criterio hablan de algunas cosas e ignoran otras.
    El segundo declara, por un lado, que se acoge a los mejores —la prologuista lo es, indudablemente— y en ellos hallará el lector al que aspira. Por otro, que estamos ante una poesía culta, afirmada en los clásicos, con referencias constantes a autores y obras —no solo literarias: hay también música y cine en este libro— muy bien leídos y muy bien aprovechados. Precisamente por ello no se trata de una obra pedante: las lecturas no se exhiben para abrumar al lector; antes al contrario: el poeta se apoya en ellas para mejor decir lo que debe decirse y para proclamar que lo que debe decirse es lo que se ha vivido, o sea, en buena medida, lo que se ha leído.
    Lo que se ha vivido es, claro está, lo que se recuerda: vivir es un camino en donde la acción de recordar y la fábrica de recuerdos se imbrican inextricablemente en un proceso cuya conclusión, fatal, quedará solo en el recuerdo de otros, en la lectura de otros. De ahí que la memoria sea desde el título el componente principal del libro, y que en la memoria quepan todos los asuntos de la existencia, banales o no, todos traídos con la misma dignidad, todos igualados. La memoria se asocia a la cal. Hay un poema —de los mejores— que recuerda a la madre enjalbegando; se llama «La cal y la memoria»; de él nace, supongo, el título del poemario: La cal de la memoria. Conviene reflexionar sobre la sutil diferencia —que, en cuanto al grado de abstracción, es un abismo—entre uno y otro, y leer el libro a su luz. Que lo haga el lector si le parece. A mí me basta aquí con distinguir la cal como concreta y trivial materia, común en ciertos tiempos y lugares, que el poeta evoca asociada a la madre, y la cal como símbolo universal: la cal es limpieza, blancura deslumbrante, protección, pero la cal hierve al contacto con el agua, y corroe, y destruye.
    Por lo demás, desde el punto de vista meramente formal, es el libro de alguien que conoce el oficio: porque ha leído mucho y porque se ha ejercitado en él tenaz y riguroso. Ninguna de las dos cosas es frecuente: conviene destacarlas. Que ha leído mucho obedece no tanto al oficio con que Sánchez Galán gana el sustento —es profesor de literatura en Almagro— como a la vocación que da sentido y articula su vida, una vida de lector. El poemario, abundante en referencias y citas —explícitas o intertextuales— de autores y obras clásicas y de hoy, en castellano o en otras lenguas, siempre pertinentes, está armado a base de endecasílabos blancos, la mayoría estupendos. Es decir, técnicamente poco hay que reprocharle.
    Y conviene mencionar algo que, por lo que llevo dicho, quizá el lector no se espere: el sentido del humor, verdaderamente agudo en ocasiones, y la ironía, casi nunca ácida: ambos facilitan un eficaz y oportuno distanciamiento. Quienes se dediquen a la enseñanza encontrarán poemas casi hilarantes en los que se incrustan unos cuantos inventos verbales muy afortunados.
    Resumiendo: un buen libro que merecería difusión y buenos lectores. ¿Los tendrá? Ojalá: hablaría bien de la cofradía de lectores de por aquí. La edición, prejuicios fuera, es impecable.

José Carlos Sánchez Galán. La cal de la memoria. Círculo Rojo. Almería. 2022. Once euros.

domingo, 19 de junio de 2022

Un libro honrado

    Todos los lectores que conozco están llenos de prejuicios y manías: escogen o descartan los libros que van a leer por razones ajenas al libro mismo. A mí también me pasa —a medida que me hago viejo, cada vez más—, pero no es el momento de hacer aquí la lista completa de los extravagantes criterios que determinan mi biografía lectora. Valga como simple ejemplo que, en circunstancias normales, yo nunca hubiera leído este libro: por la portada, entre ingenua y kitsch, y por el título, más ingenuo aún.
    No obstante, poco después de la presentación en la biblioteca de Almagro le pregunté por él a Francisco Romero, el editor. Me contestó: «Es un libro honrado». Sin saber con entera precisión lo que quería decir, se lo compré. Lo he leído estos días y no me queda otro remedio que darle la razón: es un libro honrado.
    En la literatura actual abundan sobremanera los libros tramposos: libros cuyos autores, en lugar de estar atentos al libro mientras lo escriben, están pendientes de cualquier truco extraliterario que les pueda dar notoriedad. A estos autores, irrespetuosos con el libro y con los potenciales lectores, les acaban saliendo libros malos, claro; sin embargo, a veces, sorprendentemente, sí alcanzan la notoriedad. En el mundo de la poesía, que ahora disfruta de difusión muy notable, los libros tramposos abundan, quizá porque al parecer apenas exige esfuerzo y porque cualquier indocumentado sensible se cree capaz de ganar el Premio Espasa —ojo: algunos lo ganan—. A muchos no deja de espantarnos la notoriedad lograda por ciertos libros y autores mediante procedimientos similares al timo de la estampita —y al llamado Esquema Ponzi; luego lo explicamos—, salvo que echemos mano de la acreditada propensión humana a dejarse engañar.
    Este libro no engaña. Contiene poemas mejorables, bastantes poemas malos y unos cuantos poemas muy malos: bien por ignorar que la poesía debe pasarse siempre por cedazo sutil y no por criba de garbanzos, bien porque nadie le ha hecho ver que no se puede publicar todo lo que se escribe, que eso va siempre en perjuicio del autor. Sin embargo, cabe también interpretar la falta de autocrítica como rasgo de humildad genuina, de inocencia, de candorosa humildad. El libro, en efecto, es cándido, humilde, llano; toca los asuntos esenciales de la vida —el dolor por la muerte de una persona muy querida, la nostalgia de la infancia, el amor y sus achaques, los hijos, la complacencia, la maravilla o la estupefacción ante los fenómenos de la naturaleza, los mínimos y dulces placeres cotidianos, la desazón ante determinados comportamientos— y lo hace con un lenguaje natural, sencillo en la sintaxis y nada rebuscado en el léxico —aunque ocasionalmente incurra en la lengua de palo de la televisión o de la psicología de revista femenina—, que discurre con la familiaridad de las conversaciones entre amigos y que no pretende causar admiración en el lector sino dejar constancia de un limpio y emocionado existir. Se adivina, además, un buen bagaje de lecturas —quizá no en todas las ocasiones bien seleccionadas— que le permiten a la autora esquivar los riesgos más obvios y peligrosos de este tipo de poesía tan pegada a lo biográfico.
    Por todo ello, el libro se sostiene con dignidad y sin alardes y lleva al lector, a poco que olvide los recelos iniciales y abandone los impulsos hipercríticos, a un territorio acogedor y afín en el que no se siente incómodo. Ahí radica precisamente su mayor mérito; por eso lleva razón el editor cuando lo califica de honrado: una honradez inconsciente de sí misma a la que le repugna instintivamente cualquier forma de hipocresía, de adorno, de exhibicionismo, de engolamiento o de artificio. Poesía popular en el sentido más genuino del término.
    Lógicamente yo no soy nadie para dar consejos; sin embargo, creo que Téllez debería seguir escribiendo sin perder ninguna de las virtudes que ya tiene y procurando corregir las taras que en este libro han lastrado su escritura. Un camino adecuado para ello es leer mucho, corregir mucho, rescribir a menudo y tirar a la papelera cuanto sea peso muerto y no ala.
    La edición, quitando algún despiste de concordancia (págs. 15 y 44), alguna ultracorrección (pág. 21), alguna ausencia o sobra de tildes y comas (págs. 66, 82, 85, 100) y un exceso de puntos suspensivos, es buena. Lástima que en la página 84 se haya colado una falta de ortografía garrafal; no por la falta en sí, sino porque le da al poema un significado desconcertante. Cuestiones, en todo caso, menores viendo lo que suele verse en libros de este tipo.

Concepción Téllez Robledo. Sentimientos: Huellas de una vida. Libros del Villar. Almagro. 2021.

miércoles, 18 de mayo de 2022

Nueva novela de Vinuesa

     Hay viejos que chochean, algunos que en la vejez se redimen de una existencia crápula y otros que, caricaturas de lo que fueron, la echan a perder. Como ya puedo apuntarme a los viajes del Imserso, no seré yo quien los juzgue; menos todavía quien deje de admirar lo bueno que hicieron cuando la vida les fue más propicia, aunque ellos se arrepientan de lo que acaso consideren pecados de juventud. Por eso, leo todavía a Savater y tengo a Vargas Llosa en el altar de los novelistas predilectos y de los ensayistas más estimulantes. ¿Qué hoy desvaría y suelta sandeces a la menor oportunidad? El que esté libre de pecado que tire la primera piedra. Yo no. Estos días de atrás, sin ir más lejos, he vuelto a leer La verdad de las mentiras; a pesar de ser un libro de circunstancias, resulta luminoso: por mucho que se encenague alabando a Bolsonaro, Vargas no caerá del pedestal.
    Me ha traído a La verdad de las mentiras la nueva novela de José Vicente Vinuesa, cuyo título —El baile del embustero— es una invitación ineludible, acaso involuntaria, hacia el maestro hispano-peruano.
    Vinuesa vive en Almagro; se gana la vida de profesor en el instituto de Bolaños; lleva publicadas cuatro novelas, y a la escritura se entrega con perseverancia y vocación. Ignoro cuántos almagreños sabrán de su existencia y cuántos lo habrán leído; un puñado, me temo. Estoy seguro, sin embargo, de que leerlo no es perder el tiempo; por el contrario: es asomarse a la buena literatura o, como poco, a la tentativa de la buena literatura.
    ¿Y cuál es la buena literatura? Obviamente, la que aspira a sobrepasar el mero entretenimiento y se plantea el reto de llegar a las verdades esenciales del ser humano mediante los artificios, incontables y ubérrimos, de la ficción. O sea, la que alcanza la verdad apoyada en las mentiras. A muchos les parecerá sencillo —abundan los escritores temerarios—, pero es arduo y trabajoso, porque no se trata solo de idear personajes e integrarlos en un argumento: se trata de que los personajes, el argumento, la estructura y la forma de presentárnoslos encajen a la perfección, arrebaten al lector hasta integrarlo en su universo y le digan algo que no puede ser dicho de otra manera o mejor dicho que de otra manera.
    Cualquiera que aspire a novelista y desee usar legítimamente el nombre de escritor ha de enfrentarse a la prueba habiéndose preparado para ella concienzudamente; es decir, habiéndose familiarizado con quienes antes que él la superaron, los novelistas que abrieron caminos o los alzaron a la perfección, desde las epopeyas antiguas a las audacias del siglo XX.
    Vinuesa lo intenta. Nos pone delante un libro complejo y difícil, que tiene, claro, rasgos comunes con las tres novelas que habíamos leído, pero que resulta mucho más ambicioso y audaz. Con las novelas anteriores la nueva tiene en común la multitud de personajes y su naturaleza proteica, el papel decisivo de la música tanto en lo inmediatamente visible como en lo estructural, y el sexo —o sea, las escenas de contenido sexual, a menudo heterodoxas— muy bien contado y nada gratuito; tiene también el lenguaje, entre coloquial y barroco, no siempre acabado de pulir, y otros detalles que el lector familiarizado percibirá enseguida.
    Eso, que parecería conducirnos amablemente a un mundo familiar, salta inopinadamente por los aires puesto que en El baile del embustero —libro ambicioso y audaz, repito— casi nada es lo que aparenta: el lector cree estar ante una intriga de carácter detectivesco dirigida a esclarecer varias muertes —la del protagonista incluida—, pero a partir del capítulo 6 —verdadero parteaguas de la novela, cuya disposición, a base de microrrelatos engarzados mediante un procedimiento inequívocamente musical, rescata el pasado remoto de los protagonistas y anticipa su incierto futuro— todo se desbarata y concluye en un delirio frenético que primero desconcierta y luego atrapa al lector de manera fascinante. Una maravilla para quienes accedan a entrar en el juego, digo, en el baile.
    Es verdad que, tal vez porque le falte trabajo reposado de edición, la novela no es redonda, que el lector emerge de ella con la sensación de haber andado muy cerca pero de no haber cumplido por entero lo que prometía: unos cuantos descuidos, no pocas faltas de ortografía y algún desfallecimiento estilístico lo han impedido.
    Ahora bien, Vinuesa anda por el buen camino y la novela merece la pena. Ojalá y todas las que se publican por aquí subieran tan alto.

José Vicente Vinuesa. El baile del embustero. Editorial Verbum. Madrid. 2021. Veinte euros.

miércoles, 20 de abril de 2022

Leyendo a Martínez Carrión

    Francisco Martínez Carrión es periodista de larga trayectoria e inquieto agitador cultural; es también un hombre de notable curiosidad intelectual y un enamorado de su pueblo. La combinación de tales rasgos ha cristalizado casi necesariamente en este libro.
    Como buen periodista, Martínez Carrión sabe elegir certeramente de entre los innumerables acontecimientos que se producen en el mundo aquellos que interesarán al lector; y, una vez elegidos, es capaz de presentárselos de manera atractiva, eludiendo las tentaciones demagógicas, chabacanas o pueriles en que incurren tantos periodistas de hoy. Como hombre curioso y enamorado de su pueblo, ha buceado en su historia y ha leído cuanto se ha publicado sobre ella, ya en artículos académicos, en libros, o en gacetillas insignificantes. Y como agitador cultural, ha querido recopilar y poner a disposición de sus .paisanos, con herramientas de buen periodista y estilo de buen escritor, una parte de lo que le ha ido pareciendo relevante. Primero lo hizo en la prensa y en las redes sociales y ahora lo hace en forma de libro bajo los auspicios del ayuntamiento.
    El libro es una miscelánea de hechos, personajes, anécdotas o reflexiones, agrupados por afinidad temática, que puede leerse de corrido o a salto de mata y, desde luego, siempre con interés, placer y aprovechamiento: está escrito pulcramente, resulta ameno, los capítulos son breves, las ilustraciones pertinentes y viene mondo de engolamiento. Un libro estupendo, pues, en el que encuentro muy pocas taras y de escasa entidad. La única que cabría señalar es, si acaso, que el autor no cite las fuentes de lo que cuenta, sobre todo cuando lo que cuenta es controvertido: sé que no estamos ante un trabajo científico, pero no sobraría.
    Es así mismo un libro que da que pensar —los libros buenos dan que pensar—: a mí, sobre la historiografía local en general y sobre la de Almagro en particular.
    Cuando, hace ya años, acudía al Montiel Medieval, un evento que se ha consolidado y goza de excelente salud, me chocaba la profusión de elegantes damas y caballeros, y la ausencia de pastores, gañanes, criados, mendigos… Así, por desgracia, suele ser la historiografía local: muestra un glorioso pasado en donde reinaba la armonía y en donde las únicas desgracias eran fruto de inevitables desastres sobrehumanos, pérfidas vilezas o del orden natural de las cosas; por supuesto, apenas había pobres —o eran generosamente socorridos por los ricos—, tampoco mujeres, malhechores ni nada que oscureciera el brillo de la gloria. O sea, la historiografía local suele reparar solo en la cúspide lustrosa de la pirámide: allí lucen, en alegre comandita, los poderosos, los opulentos y quienes legitiman el poder y la opulencia. ¿Porque los de arriba han dejado mayor huella documental o por ideología del historiógrafo? Por las dos cosas: la primera confesable, la segunda implícita, y hasta ignorada, muchas veces. De ahí que la historiografía local casi nunca descontente a nadie: corrobora la ideología dominante.
    Del libro de Martínez Carrión —porque lo tengo entre las manos— extraigo dos ejemplos mínimos. Uno: hagan la lista de apellidos que aparecen; bien pocos sobreviven hoy en Almagro. ¿Qué significa? Sin descartar otras posibilidades, entre ellas el fornicio extraconyugal, que los almagreños ilustres del pasado poco o nada tienen que ver con los almagreños actuales; es decir, la historiografía local ordinaria —hay excepciones: escasas— será historia de Almagro, de acuerdo, pero no de los almagreños: es lógico que a estos apenas les interese. Y dos: hablando de la construcción de San Agustín se nos dice que «jesuitas y agustinos se disputaron con evidente avaricia la herencia del rico indiano» Melchor de Figueroa. ¿Cómo se hizo rico don Melchor en el Perú? ¿Le tocó la lotería? No: obviamente, las riquezas salieron del lomo de los indios. Y, generalizando, con el sudor de los pobres almagreños se levantaron los palacios, iglesias y conventos que hoy constituyen nuestro rico patrimonio. ¿No andará ahí, por decir algo, la causa del desapego hacia el convento de las calatravas, siendo como fue la orden de Calatrava la mayor máquina exprimidora de almagreños que ha existido jamás? Quién sabe.
    Naturalmente, no estoy poniéndole pegas al libro de Martínez Carrión, excelente, reitero, y cuyo propósito es restringido y diáfano. Estoy apuntando simplemente que, como escribía Walter Benjamin en la séptima Tesis de filosofía de la historia, «hay que pasarle a la historia el cepillo a contrapelo» teniendo bien presente que «jamás se da un documento de cultura sin que lo sea a la vez de la barbarie». A ver si alguien se atreviera a escribir una historia local de la gente poco importante. A ver si los historiadores historicistas dejaran de simpatizar siempre con el vencedor.

Francisco J. Martínez Carrión. Almagro. Hechos y personajes para una historia inédita. Ayuntamiento de Almagro. Almagro. 2022. Veinte euros.

viernes, 18 de marzo de 2022

Camporredondo, «filósofa» almagreña

    Como voy a hablar enseguida de una alumna aventajada de Pero Grullo —leo: Agua ya congelada / por frío intenso / es lo que comúnmente / se llama hielo; recuerdo de inmediato: Y Pero Grullo / a la mano cerrada / llamaba puño— no estará de más empezar con una perogrullada. Abundan las cosas triviales en sí mismas cuya capacidad de señalar otras importantes obliga a considerarlas: basta pensar en los síntomas, nimios a menudo, de muchos males graves.
  Algo de eso hay en este libro de la almagreña María Camporredondo, que Almud publicó hace unos meses. La obra es una nadería desechable, pero puesta en su contexto da pistas excelentes sobre ciertos rasgos, no precisamente halagüeños, de la sociedad española del siglo XVIII.
  Por ejemplo, sobre el estado y la enseñanza de la filosofía y de las ciencias. Cuando vivió Camporredondo ya habían pasado por este mundo gentes como Copérnico, Galileo, Descartes, Newton o Leibnitz. Pues bien, en cuanto a la filosofía, nuestra autora se queda en la escolástica más apolillada y, en cuanto a la ciencia, no pasa de Aristóteles. ¿Tiene la culpa ella? Creo que no: salvo contadas excepciones, así era España en aquellos tiempos, así eran sus doctos, sus universidades.
    Sí estaba al día Camporredondo en lo que se refiere al folclore y a la poesía popular. Sabemos que desde finales del siglo XVI la seguidilla fue con diferencia la forma preferida por la poesía popular de toda España —no solo de la Mancha: tiene poco sentido a este respecto hablar de seguidilla manchega—. Oiría seguidillas en la calle, en los salones, en el teatro; probablemente las cantara y bailara: la seguidilla entonces estaba en todas partes. Ningún español, por adusto que fuera, podía sustraerse a su encanto. No es raro, pues, que Camporredondo se atreviera a escribirlas; lo raro, y hasta extravagante, es que las usara para un tratado de divulgación filosófica.
   ¿Por qué lo hizo? En primer lugar porque le gustaban: se nota que las conoce bien, que está al tanto de sus convenciones y usos, y de vez en cuando le salen deliciosas. Pero, desde luego, Camporredondo no es poeta ni siquiera versificadora medianamente hábil: Miguel Hernández usó idéntica estrofa —la llamada seguidilla compuesta— para las Nanas de la cebolla, un asunto tan ajeno en principio a las seguidillas como la divulgación filosófica, y las diferencias son evidentes.
    Lo hizo también, según dice, para acercar la filosofía a «hombres, mujeres y niños» y para que «niños y niñas» —sí: «niños y niñas»; antes no era preciso, ahora es obligado—, aprendiendo estas seguidillas de memoria, estén familiarizados con la filosofía cuando andando el tiempo tengan que aprenderla en latín. Dudo que lo consiguiera, la verdad. Las sutilezas del Doctor Sutil pasadas por la trituradora de Camporredondo se convierten en un galimatías plagado de latinajos difícilmente accesible —no digamos atractivo— para sus expresos destinatarios. A ella, que no parece tonta, tal inconveniente no se le debía escapar.
    Insisto: ¿por qué lo hizo, en realidad? Pienso que el verdadero motivo —lo demás son pretextos— es reivindicar su condición de mujer instruida: demostrar que es capaz de la hazaña, darles a roer cebolla a los doctos «que me afirmaban era imposible» y desacreditar otras vulgarizaciones —¿cuáles?: la frase es enigmática y merecería investigación— «que, desnudas de lo puro, se visten de colorado».
    O sea, no extraña y es de agradecer que el libro se incluya en la Biblioteca Añil Feminista de la editorial, porque Camporredondo —a su manera y con no pocas limitaciones: se casó con su tío; quizá no libremente ni por amor— lo era avant la lettre, al menos en lo intelectual: de ahí que se apresure a emparejarse con las «mujeres grandes [que] han escrito en nuestra España dando muy bien a entender […] la solícita aplicación a los estudios y la despejada claridad  de sus entendimientos», y aun presuma de haber ido un paso adelante.
    Al acabar el libro el lector se queda con ganas de saber más de esta mujer inteligente, culta, buena representante de las mujeres de una determinada clase social del momento y cuya peripecia vital tanta información podría darnos sobre el Almagro dieciochesco. Camporredondo nació aquí y aquí vivió: ¿no habrá ningún historiador almagreño que se atreva a indagar?
    La edición, supongo, ha corrido a cargo de don Santiago Arroyo Serrano, «miembro del Grupo de Investigación Reconocido del Hispanismo Filosófico de la Universidad de Salamanca»: mera faena de aliño; acaso el libro no dé para más. Hubiéramos esperado, por la lejanía de Escoto al «lector medio» de hoy, notas aclaratorias imprescindibles y, pues moderniza la ortografía —aproximadamente: hay, y no es lo único, un «varón de Ginosa» disparatado—, que hubiera modernizado así mismo la puntuación.

María Camporredondo. Tratado philosóphico-poético escótico. Almud, ediciones de Castilla-la Mancha. Toledo. 2021. Quince euros.

jueves, 10 de febrero de 2022

Alejandra, buena hija y buen libro

    El poema 1 de Alejandra, una licencia poética afirma que la poesía es una pajarita de las nieves andando despreocupada por la yerba. La imagen es buena, pero la intención pedagógica y la rotundidad que la preceden encierran un peligro: acaso determinados lectores tomen la afirmación literalmente y, ahora que todavía quedan, lloren de emoción ante la primera lavandera que se les atraviese.
    No hablo por hablar: característica fundamental de los nuevos —y malos— poetas y de sus abundantes —y malos— seguidores es creer que cualquier cosa es poesía siempre que ellos la sientan como tal y nos la digan desaliñadamente.
    Horcajada, aunque joven, huye de la grey de los poetas nuevos; más bien es un poeta genuino, dotado de evidente talento que él se encarga de pulir mediante la lectura, cosa que se nota enseguida: bastaría con reparar en el nombre de la hija, que es el del libro. Se trata, pues, de un poeta vocacional entregado a la escritura como el jardinero al jardín o el hortelano a la huerta: busca cuidadosamente, con aplicación y mimo, el mejor poema posible, porque sabe que el poema es un fruto, un producto, sin el cual la poesía no existe. El afán constante de lograr el buen poema también se nota enseguida; entre otras cosas, porque el poeta, consciente de su ocupación, se encarga de recordárnoslo en todo momento con los hechos y a menudo con los dichos en este su último libro.
    El poemario viene precedido de un prólogo, inusual pero oportuno, de Felipe Zapico, y se compone de tres secciones. La primera, dos poemas —o uno dividido en dos partes— en prosa encabezados por números romanos. La segunda, treinta y cinco poemas breves numerados con cifras árabes; el 30 y el 32, en prosa. La tercera, la única con título —«La rabia»—, tiene seis poemas brevísimos sin numeración.
    Dice el editor en la nota, bastante deslucida, de la cuarta de cubierta que Alejandra «es un libro acerca de uno de esos amores que se desmoronan». Creo que se equivoca, que puede inducir a error a los lectores poco atentos: quizá —y enlazo con el principio—, si el libro contara la biografía de Horcajada, la definición vendría bien; pero es un libro de poemas: la biografía de un poeta no es materia poética ni, mucho menos, poesía; si acaso, un magma prepoético a partir del cual el poeta ha debido componer —con inspiración y técnica— los poemas que conforman el libro.
    Al poemario, desde luego, no le cuadra —o no le cuadra por completo— la etiqueta del editor. De una parte, porque la sección inicial entera y los treinta y un primeros poemas de la segunda se refieren a un amor conyugal y paterno feliz; de otra —lo principal—, porque los diez poemas restantes son de una delicadeza tan exquisita y abordan el desmoronamiento con tanta destreza poética, con tan eficaz lirismo, que incluso el último, admirable, brillantísimo, terrible, elude con maestría el dramatismo de trazo grueso.
    Es decir, Alejandra debe leerse y entenderse a partir de sus propios códigos, ricos, hábilmente organizados, poderosos, los cuales acaban articulando un lenguaje poético fascinante, maduro, personal, de calidad innegable, con muy escasos desfallecimientos y ninguna concesión a las modas ni a los gustos que dominan la triste poesía mayoritaria de hoy. Eso significa, claro está, que el lector, mientras ejerce de lector, no precisa conocer la vida de Horcajada y, de conocerla, la puede olvidar sin remordimientos: el libro se explica por sí solo, y con elocuencia diáfana.
    Y es un deleite leerlo: en él he encontrado numerosos versos y un buen manojo de poemas excelentes, algunos memorables. O sea, confirma lo que muchos —todos salvo el establishment cultural, me atrevo a pensar— sabíamos: que Horcajada es probablemente el mejor poeta joven de por aquí —y uno de los mejores si olvidamos lo de joven—. Que insista en algunos mínimos vicios no rebaja en absoluto la afirmación aunque me hagan —a mí— incómoda la lectura. Señalo tres vicios: las caídas en el lenguaje automático —«problemas financieros», «aspectos importantes de la vida», y más—; la superabundancia de adjetivos antepuestos, no siempre epítetos, característica de la poesía escolar —un destacado poeta pueril hablaba hace semanas del níveo fíleo o del novio folio o del níveo folio, ya no recuerdo—; y la presencia —aquí solo una vez— del pretérito anterior, que Horcajada suele prodigar y cuyos beneficios se me escapan.
    De la edición —aparte lo apuntado más arriba, algún descuido con las comas y que se le haya perdido el poema 15— poco que decir: es buena.

Jesús Miguel Horcajada. Alejandra, una licencia poética. Baile del Sol. Tegueste. 2021. Diez euros.

viernes, 21 de enero de 2022

«Anillos sin dedos, relojes sin muñecas»

    Digámoslo pronto: este es uno de los mejores libros literarios publicados por alguien relacionado con Almagro en años, o sea, en siglos. Lleva tiempo conmigo en la mesita de noche; lo he ido leyendo a pequeños sorbos antes de dormir mientras esperaba que la intelligentsia local diera señales de que el libro existe. Nada. Podríamos pensar que el silencio obedece a la funesta coincidencia entre la publicación y el estallido de la pandemia; me atrevo a dudarlo: el libro salió a la luz varios meses antes, y la experiencia certifica que la comunidad lectora de por aquí, rutinaria y enclenque, no suele pararse en libros así.
      Y ¿qué tiene el libro que lo haga excelente y a la vez indigesto para los lectores de por aquí? Se me ocurren varias cosas: la autora, el tema, el género, el estilo…
   La autora es Karim Taylhardat; vive en Almagro desde hace décadas; cobija el talento y la producción intelectual bajo un manto de discreción absoluta: habrá almagreños que se crucen con ella sin sospechar que se cruzan con una escritora de verdad. Da lo mismo: aunque la discreción sea una virtud de prestigio menguante y ni quite ni ponga calidad literaria, siempre será mejor para la salud mental que el exhibicionismo impúdico.
    El libro trata de la guerra. De la guerra en general, si bien se escribió —lo dice la propia autora— con ocasión del centenario de la Gran Guerra y recordándola. Como otros buenos libros de este tipo, se detiene en los horrores que la guerra causa en la gente y en las cosas corrientes y pequeñas; no presta atención a las grandes ideas ni a los grandes hombres; mucho menos, a los héroes. Es a este respecto un libro desesperanzado y pesimista: el estado natural de la convivencia humana es la guerra; lo que llamamos paz no es sino otra forma de guerra o, como mucho, un breve descanso entre dos guerras; del Paleolítico a hoy. El título, en su voluntaria ambigüedad, lo certifica: ¿«la guerra tuvo razón» porque la llevaba o por una causa que la justificase? Por las dos cosas, obviamente.
   En cuanto al género, el libro también muestra ambigüedad voluntaria. A primera vista se compone de sesenta y tantos relatos breves —dos páginas el que más— sobre los desastres de la guerra. Pero lo relatado es tan poco, los personajes tan evanescentes y el lenguaje tan denso que bien podríamos hablar de poemas en prosa. Acentúan la condición poética del libro los títulos de cada uno de los «capítulos», los cuales, vistos en el índice y leídos como tal, forman por sí solos un poema, y no malo. Y contribuyen a ella los collages que van debajo de cada título. Son de Taylhardat y rebasan la función de meras ilustraciones.
     El estilo, así mismo, se compadece mejor con la poesía que con la narración: el lenguaje, aparentemente común, de léxico nada extraordinario, enseguida nos sacude con significados no unívocos, imágenes de gran potencia y metáforas sutiles engarzadas en una sintaxis de engañosa simplicidad cuyo fluir se ve interrumpido frecuentemente por las extrañas voces que se cuelan entre paréntesis. Las voces ironizan, refutan, interpelan, constatan, o subrayan el discurso principal y lo dotan, mediante procedimiento tan sencillo —en apariencia—, de una cualidad movediza y sugerente. No se sabe de quién son las voces entre paréntesis —un estupendo recurso cuya eficacia se reforzaría con una puntuación ortodoxa— ni a quién se dirigen, pero el lector a veces se reconoce en ellas, a veces se siente tentado a descartarlas y siempre debe tomarlas en consideración.
     Resumiendo: si fuera joven me atrevería a calificar al libro —por el asunto, por las ideas que rezuma y porque para los jóvenes de ahora es el adjetivo elogioso por antonomasia— de «brutal». No caeré en la tentación, sin embargo: la ternura, la simpatía hacia los damnificados —sean personas, animales, cosas—, el pudor con que huye de lo melodramático, y el protagonismo de lo insignificante me hacen pensar, pese a la brutalidad de la guerra, que el adjetivo resulta completamente inadecuado: el libro es la suma delicadeza.
    La guerra tuvo razón viene prologado por Luis Alberto de Cuenca, lo cual no es poco, y está editado —con algún gazapo que otro— por Huerga & Fierro. Ojalá y alguna editorial de por aquí se anime a tomar el relevo y consiga que a Taylhardat se le preste la atención que merece.

Karim Taylhardat. La guerra tuvo razón. Huerga & Fierro. Madrid. 2019. Dieciocho euros.

lunes, 13 de diciembre de 2021

Jardinería superior

    No quisiera verme en la cofradía de Pablo Casado, el orador que pilla una imagen y, aunque sea brillante, tanto la soba, la estruja y la gasta que al cabo, para sonrojo propio y vergüenza ajena, la deja percudida e inservible. Sin embargo, cuando vi Jardín botánico, el último libro de Gallego Ripoll, pensé que los jardines son un producto cultural mucho más sofisticado que la vivienda, la ropa o la cocina; que la jardinería aventaja a la agricultura en la senda de la humanización porque se halla exenta de cualquier afán utilitario —de utilidad inmediata, quiero decir— y se encamina directamente a la belleza, útil también, por supuesto, pero no de manera inmediata; se me ocurrió que, al menos en esto —en lo de la belleza y la utilidad— la jardinería es semejante a la literatura o, más en concreto, a la poesía; y que el jardín botánico, al añadir la curiosidad por el conocimiento de lo exótico, valdría para ilustrar cierto tipo de poesía reflexiva e indagatoria, alejada de la comunicación frívola… En fin: andaba yo resbalando por el terraplén de Casado, y hubiera caído si, afortunadamente, abrir el libro no me hubiera llevado ipso facto a otro sitio bastante menos trivial.
    Jardín botánico es un libro estupendo, complejo, hondo, difícil. Se organiza, efectivamente, como un jardín por cuyas partes —la verja, el sendero, la umbría, el laberinto, el arboreto, el estanque— va paseando el lector desde el «Propósito» inicial, que no es un mero deseo, hasta el «Alegato» final —buen guiño a Francisco Caro y su patio—, donde el propósito se recoge y ratifica sobrepasado, trascendido. En medio, lo que imaginábamos paseo deleitable y ligero enseguida se torna camino iniciático por lo trascendente, no hacia lo trascendente. La distinción es necesaria, porque para el poeta lo trascendente no es algo afuera o por encima del hombre y del mundo, sino la comunicación del hombre con el mundo. Tal comunicación —más bien fusión— provoca en el lector el estremecimiento de lo sagrado, el cual, lógicamente, tampoco tiene mucho que ver con la religión —ni siquiera con la religiosidad— entendida convencionalmente; por el contrario: se relaciona con un fondo más antiguo que está encontrando en nuestro atormentado presente una nueva vitalidad; podríamos llamarlo, con las debidas cautelas, panteísmo o, si se antoja mucho, animismo. El libro es, pues, hondo: toca cuestiones esenciales que afectan a lo que somos y a nuestra relación con la naturaleza en un tiempo en que esta se deteriora irremediablemente.
    Es complejo, así mismo. Quiero decir que, estando como está ahora la poesía, alguien podría temerse una lección de ecologismo barato, de recetas de autoayuda, empatía o cosas parecidas. Nada de eso: ni en el fondo ni en la forma. En Jardín botánico encontramos la complejidad misteriosa, inefable, de los místicos —un poema se llama «Sefirot»—, su oscuro saber luminoso y verdadero ubicado en un plano distinto del de la razón y la ciencia. Encontramos igualmente —consecuencia inevitable— una postura ética, un modo de vida, muy exigente que no nace, es obvio, de nadie superior ni se expresa en mandamientos formularios y coercitivos; ni siquiera nace de un compromiso personal explícito: nace de saberse parte de un todo, ya lo he dicho, sagrado, acaso no bien comprendido ni inserto por completo en la tradición occidental —otro poema se llama «Iwakura»—.
    Y Jardín botánico es difícil. Si hemos visto que el fondo es complejo, la forma también lo es. No, claro está, a la manera de los tratados filosóficos, sino por razones meramente poéticas. La poesía es —incluso para quienes proclaman lo contrario— un lenguaje especial, capaz de expresar lo inexpresable, o sea, lo que el lenguaje común no puede expresar. Lo hace, por supuesto, por procedimientos poéticos; esto es, con códigos propios cuya comprensión no elude el enigma ni el misterio y requiere aprendizaje. En el caso de Gallego Ripoll, el dominio del lenguaje poético alcanza aquí su mejor nivel: ceñido al asunto y a la intención, sabe convertir en alta poesía —pienso, por ejemplo, en «Ailanto»— lugares comunes de datación antiquísima que en manos de cualquier otro hubieran resultado insustanciales o frívolos. Para comprobar la maestría del poeta basta leer un pequeño ramillete: «Propósito», «Un sencillo consejo», «Riar», «Peristilo», «Flor de jacarandá», «Laberinto en el claro del bosque» o el formidable romance endecha de «Certeza»… Ahora bien: sería imperdonable no leer —y releer— completo este libro excelente que proporciona goce verbal, emoción, e incita a la reflexión: poesía útil y bella, si es que las dos cosas no han de ir necesariamente juntas.
    Además, Jardín botánico está editado de maravilla —la cubierta de es un acierto innegable— por Cuadernos de la Errantía. Muchas gracias, Raúl y la compaña: ojalá se consolide el proyecto.

Federico Gallego Ripoll. Jardín botánico. Cuadernos de la Errantía. Madrid. 2021. Quince euros.

jueves, 18 de noviembre de 2021

Grata sorpresa

Coinciden ahora en las librerías —en las que coincidan, que no serán tantas— dos buenas novelas de autores manzanareños. De una, Bocalinda, he hablado; de la otra, esta, en edición más misericordiosa —sin alcanzar la excelencia: ahí quedan el uso anárquico de las mayúsculas, el baile en tierra de nadie de los puntos suspensivos, los despistados guiones que deberían ser rayas, los vocativos desnudos, una falta de ortografía de las que se le escapan al corrector del Word en la página 136, algún laísmo—, también quiero hablar porque, si no redonda, es notable y, además, bastante significativa en el panorama literario de por aquí.
Conozco a Gallego gracias a los blogs, que lo muestran como un hombre culto, de amplias lecturas y variados intereses, y como un profesor concienzudo, riguroso, superador del molde de lo convencional; y había leído el poemario que le publicó la BAM. Sin embargo, pensaba que la poesía era agua pasada —ni está en Cántiga ni en Poetas con luz ambiente, y mira que faltan pocos—, ignoraba su faceta de narrador y, desde luego, no esperaba llegar a encontrármelo en una novela sorprendente y gratísima como esta.
¿Por qué me ha sorprendido? No por la trama, aunque esté bien construida y dispuesta; aunque las distintas fases y los episodios que las constituyen se dirijan sabiamente —si bien de manera sinuosa— hacía el violento final, algo así como el trueno gordo en el que se compendian, explotan y dejan al lector deslumbrado y boquiabierto todas las piezas que el novelista había ido colocando diestramente a lo largo del libro.
Tampoco me han sorprendido los personajes: a la mayoría, principales y secundarios, los tenemos vistos desde el siglo XIX o antes: el poderoso déspota, la cónyuge apocada y doliente, el heredero crápula y desgraciado, la sirvienta abnegada, la beata cotilla, el poeta gorrón… Ello no quita, y habla a favor de su destreza, para que Gallego los caracterice muy atinadamente y actúe sobre sus rasgos estereotipados como mejor conviene a los objetivos e intereses del libro. Y no quita, creo, para que los lectores de Manzanares puedan jugar, quizá, a identificar personas de carne y hueso tras ciertos nombres y figuras que a los forasteros nos escaparán.
Ni me ha sorprendido la recreación de ambientes, que es maravillosa: en La Casa de María vive todo el Manzanares del siglo XX —desde las elegantes y lujosas casas burguesas de principios del siglo a los pisos, con pretensiones o sin ellas, del desarrollismo y los amenes de la misma centuria; de los pubs a las ermitas; del lupanar a la iglesia; de la agricultura arcaica al polígono industrial— y allí podemos ver los sueños de grandeza y las frustraciones de una agrociudad —el tecnicismo es de Gallego— que no ha llegado a ciudad ni ha acabado de parecerse a los espejos en que se miraba.
Menos aún me ha sorprendido la historia externa —la local y la de afuera—, marco de la frustración y el estallido de los sueños, que, pese —acaso gracias— a la sobriedad espartana en los medios, el autor refleja de forma eficacísima y certera.
Podría seguir desmenuzando el libro a base de lo que no me ha causado sorpresa, pero la reseña, docta e iluminadora, de Fernando Gómez Redondo publicada en Abc —y replicada por González-Calero en el número 484 del benemérito Libros y nombres de Castilla-La Mancha— me libra de intentarlo.
Paso, pues, a lo que me ha sorprendido. Tres cosas: la técnica novelística, la calidad de la prosa y el «Prólogo a modo de reclamo, o sobre el Neovelismo manchego».
La técnica la analiza estupendamente Gómez Redondo: a él me remito; solo diré que es audaz y se parece poco a la balumba de noveluchas ramplonas, lineales, rastrojadas, decimonónicas, de por aquí.
La prosa es brillante, unas veces ubérrima, flexible y delicada, y otras escueta, contundente y áspera, según corresponda, pero siempre de una calidad inaudita para lo que se estila: original, nunca oficinesca, rutinaria ni desgalichada; una delicia.
En cuanto al prólogo, merecería estudio detallado. Por ahora basta apuntar que, aun destilando vagones de refinada ironía, se me hace superfluo. No obstante, lo decía al principio, es muy significativo: si Gallego ha sentido la necesidad de incluirlo para explicar la novela y buscarle patronos será porque tiene escasa fe en la pericia de los potenciales lectores, es decir, porque recela de que La Mancha sea tierra fértil en donde su novela arraigue y se difunda. A lo peor lleva razón.

Manuel Gallego Arroyo. La Casa de María. Almud, ediciones de Castilla-La Mancha. Toledo. 2021. Quince euros.