jueves, 18 de noviembre de 2021

Grata sorpresa

Coinciden ahora en las librerías —en las que coincidan, que no serán tantas— dos buenas novelas de autores manzanareños. De una, Bocalinda, he hablado; de la otra, esta, en edición más misericordiosa —sin alcanzar la excelencia: ahí quedan el uso anárquico de las mayúsculas, el baile en tierra de nadie de los puntos suspensivos, los despistados guiones que deberían ser rayas, los vocativos desnudos, una falta de ortografía de las que se le escapan al corrector del Word en la página 136, algún laísmo—, también quiero hablar porque, si no redonda, es notable y, además, bastante significativa en el panorama literario de por aquí.
Conozco a Gallego gracias a los blogs, que lo muestran como un hombre culto, de amplias lecturas y variados intereses, y como un profesor concienzudo, riguroso, superador del molde de lo convencional; y había leído el poemario que le publicó la BAM. Sin embargo, pensaba que la poesía era agua pasada —ni está en Cántiga ni en Poetas con luz ambiente, y mira que faltan pocos—, ignoraba su faceta de narrador y, desde luego, no esperaba llegar a encontrármelo en una novela sorprendente y gratísima como esta.
¿Por qué me ha sorprendido? No por la trama, aunque esté bien construida y dispuesta; aunque las distintas fases y los episodios que las constituyen se dirijan sabiamente —si bien de manera sinuosa— hacía el violento final, algo así como el trueno gordo en el que se compendian, explotan y dejan al lector deslumbrado y boquiabierto todas las piezas que el novelista había ido colocando diestramente a lo largo del libro.
Tampoco me han sorprendido los personajes: a la mayoría, principales y secundarios, los tenemos vistos desde el siglo XIX o antes: el poderoso déspota, la cónyuge apocada y doliente, el heredero crápula y desgraciado, la sirvienta abnegada, la beata cotilla, el poeta gorrón… Ello no quita, y habla a favor de su destreza, para que Gallego los caracterice muy atinadamente y actúe sobre sus rasgos estereotipados como mejor conviene a los objetivos e intereses del libro. Y no quita, creo, para que los lectores de Manzanares puedan jugar, quizá, a identificar personas de carne y hueso tras ciertos nombres y figuras que a los forasteros nos escaparán.
Ni me ha sorprendido la recreación de ambientes, que es maravillosa: en La Casa de María vive todo el Manzanares del siglo XX —desde las elegantes y lujosas casas burguesas de principios del siglo a los pisos, con pretensiones o sin ellas, del desarrollismo y los amenes de la misma centuria; de los pubs a las ermitas; del lupanar a la iglesia; de la agricultura arcaica al polígono industrial— y allí podemos ver los sueños de grandeza y las frustraciones de una agrociudad —el tecnicismo es de Gallego— que no ha llegado a ciudad ni ha acabado de parecerse a los espejos en que se miraba.
Menos aún me ha sorprendido la historia externa —la local y la de afuera—, marco de la frustración y el estallido de los sueños, que, pese —acaso gracias— a la sobriedad espartana en los medios, el autor refleja de forma eficacísima y certera.
Podría seguir desmenuzando el libro a base de lo que no me ha causado sorpresa, pero la reseña, docta e iluminadora, de Fernando Gómez Redondo publicada en Abc —y replicada por González-Calero en el número 484 del benemérito Libros y nombres de Castilla-La Mancha— me libra de intentarlo.
Paso, pues, a lo que me ha sorprendido. Tres cosas: la técnica novelística, la calidad de la prosa y el «Prólogo a modo de reclamo, o sobre el Neovelismo manchego».
La técnica la analiza estupendamente Gómez Redondo: a él me remito; solo diré que es audaz y se parece poco a la balumba de noveluchas ramplonas, lineales, rastrojadas, decimonónicas, de por aquí.
La prosa es brillante, unas veces ubérrima, flexible y delicada, y otras escueta, contundente y áspera, según corresponda, pero siempre de una calidad inaudita para lo que se estila: original, nunca oficinesca, rutinaria ni desgalichada; una delicia.
En cuanto al prólogo, merecería estudio detallado. Por ahora basta apuntar que, aun destilando vagones de refinada ironía, se me hace superfluo. No obstante, lo decía al principio, es muy significativo: si Gallego ha sentido la necesidad de incluirlo para explicar la novela y buscarle patronos será porque tiene escasa fe en la pericia de los potenciales lectores, es decir, porque recela de que La Mancha sea tierra fértil en donde su novela arraigue y se difunda. A lo peor lleva razón.

Manuel Gallego Arroyo. La Casa de María. Almud, ediciones de Castilla-La Mancha. Toledo. 2021. Quince euros.

sábado, 23 de octubre de 2021

Una muestra de polvo (enamorado)

    La poesía es una emoción estética nacida de la confluencia —a veces delicada, a veces áspera, a veces diáfana, a veces incierta, nunca trivial— entre sonido y sentido que se produce durante la lectura del poema y es susceptible de renovarse —y mejorar— en lecturas o evocaciones posteriores. El poema, por su parte, es un objeto literario cuyo origen, en Occidente, se remonta a Homero. «Debe haber, en el más pequeño poema de un poeta, algo por lo que se advierta que ha existido Homero», escribió Ricardo Reis. Desde Homero a hoy la poesía nunca había olvidado la fuente. Ahora, sin embargo, hay poetas que, en lugar de recordar que existió Homero, se empeñan en recordar que Paulo Coelho —y otros de la cuerda— goza de buena salud.
    La boca vacía de Maurizio Coccolo no se inscribe en la secta de los coelhos. Los poemas que lo componen, quizá cronológicamente próximos y nacidos de un similar impulso creativo, se alinean con la genuina poesía que nace en Homero y recorre después los cauces de Breton, Bukowski, Caeiro, Álvaro de Campos, Cioran —poeta legítimo, sí—, Juan de la Cruz, Genet, Giorno, Efraín Huerta, el Neruda de las dos primeras Residencias, Vallejo, Verlaine… Es decir, se trata de poemas donde la confluencia entre sonido y sentido ni es trivial ni inmediata. Antes al contrario, es áspera, ardua y trabajosa, fecunda asimismo y, aunque polisémica, escasamente ambigua: trasmite la nítida conciencia de un mundo en extinción cuya caducidad irremediable se acepta no con resignación, sino con el consuelo —estoico o cínico, según— de revivir, poesía mediante, la antigua pujanza, efímera, es verdad, pero auténtica. Más aún, con alegría: «En la tristeza de lo perdido va implícita la alegría de lo que nos queda por perder», escribió el poeta el otro día en Facebook refiriéndose a ‘Malaquías de Irlanda’.
    Tienen, pues, los poemas un incuestionable aire elegíaco que de ningún modo los acerca a Sánchez Rosillo, el elegíaco por antonomasia de la poesía española contemporánea. No obstante, Fabero rubricaría los versos del poeta murciano: «Si escribes un poema y no es de amor, / más vale que no escribas o que rompas lo escrito». Todos los poemas de La boca vacía de Maurizio Coccolo son poemas de amor: amor a un tiempo, a unos sitios, a unas personas, a unos accidentes de la biografía, a unos libros… de cuya vigencia no cabe dudar porque la proclama una muestra de polvo.
    Si el sentido del libro es vigoroso, igual puede afirmarse del sonido. La ortografía, la puntuación, el léxico, la sintaxis y aun la disposición tipográfica son plenamente ortodoxos y hasta convencionales: no se permite Fabero ahí, en lo fácil, audacia ninguna. En cambio, se empeña en lo difícil: en las asociaciones insólitas de las que saltan chispas incendiarias, en las metáforas brillantes, en las imágenes preñadas de sugerencias. El poeta hace fluir estos materiales en versos sinuosos, de apariencia balbuciente, en donde la lengua se detiene, vuelve sobre sus pasos, se contradice irresoluta, se repite, o se despeña rauda por vericuetos inesperados. Tal manera de decir, rara vez asertiva —seamos modernos—, más bien perpleja, vacilante, como de andar a tientas o en estados alterados de la consciencia, propicia un clima nebuloso y escéptico que, sin excluir la lucidez, toma distancias frente a los lugares y rutinas comunes: acaso no estorbe volver a uno de los grandes poemas del siglo XX, Passagem das Horas, de Álvaro de Campos, que Fabero cita expresamente, acaso el yo lírico —seamos pedantes— de La boca vacía se sienta a menudo tão real como uma metáfora.
En cualquier caso, el lector durante la lectura de La boca vacía de Maurizio Coccolo siente la realidad, la verdad de las metáforas. Leer el poemario de Fabero es sumergirse en la poesía y salir empapado; la poesía lo impregna todo, está en todas partes, todo lo ilumina, es el asunto que prevalece sobre cualquier otro y obra el milagro de trasfigurar cualquier asunto en asunto poético. Además, la poesía es perenne, eterna, sólida, el único asidero inconmovible mientras alrededor cunde la ruina. No es poco entre tantos escombros.
    En fin, La boca vacía de Maurizio Coccolo es un libro grande de un poeta grande; de un escritor grande, en realidad, pues Fabero también cultiva la novela y al teatro. Personalmente tengo la convicción de que sus méritos no han alcanzado el reconocimiento que merecen. Ojalá y las cosas cambien; el hecho de que Mahalta, una editorial que será grande, se haya fijado en él permite aventurarlo.

Chema Fabero. La boca vacía de Maurizio Coccolo. Mahalta. Ciudad Real. 2021. Catorce euros.


jueves, 14 de octubre de 2021

'En donde resistimos'

    Que Francisco Caro se halla en estado de gracia es una realidad incuestionable: en los últimos años ha publicado un buen puñado de libros —y obtenido un buen puñado de premios— de los que, si no se puede decir que cada uno sea mejor que el anterior, sí cabe afirmar que alcanzan, todos, un nivel muy cercano a la excelencia. Puesto que el fenómeno es raro, y más entre autores «de por aquí», debemos congratularnos y agradecérselo.
    Podemos preguntarnos también, desde la tribuna de meros espectadores, de aficionados rasos, cómo es que algunos poetas vuelan tan alto mientras que otros, omnipresentes en las redes, atentos a cualquier oportunidad de promoción, no logran sino arrastrarse por el suelo. Dejando aparte el talento —la gracia que el cielo da o niega caprichoso—, la diferencia radicará seguramente en el lenguaje: todo buen poeta se construye un lenguaje propio —un escalón por encima del estilo propio—, inconfundible, que es, así mismo, una manera original de enfrentarse al mundo —de estar en el mundo— y de expresarlo. Eso se consigue aplicándose a la técnica, afinándola con lecturas en el diálogo incesante con otros poetas, delimitando humildemente el territorio —salvo los monstruos de la naturaleza nadie lo abarca todo— y ocupando en él una posición sustentada en cierta manera, peculiar, rigurosa y responsable, de mirar y obrar, es decir, en una actitud ética. Una vez conseguido el lenguaje, el poeta lo cultivará sin desmayo y sin rutina; de lo contrario caerá en la banalidad o, lo que es peor, se convertirá en epígono de sí mismo.
    El último libro de Caro —este: En donde resistimos— es un compendio exquisito de lo dicho: reconocemos a primera vista el lenguaje —el ideolecto— privativo, cuyos constituyentes y trabazón nos sabemos de sobra y, pese a ello, nunca deja de maravillarnos; encontramos huellas innumerables de lecturas: ecos sabiamente injeridos, poetas entrañablemente recordados, poetas conversados, prosistas muy cercanos a la poesía, y algunos de los santos patrones; aparecen varios de sus tópicos —entiéndase en sentido etimológico— favoritos; el agua en diversas formas —a veces símbolo, a veces material y palpable felicidad—; otras artes; los fogonazos característicos de sus definiciones certeras que para sí quisieran bastantes conspicuos aforistas. Pero estoy convencido de que los materiales y recursos enumerados sirven En donde resistimos, sobre todo y más que en otros libros, para transparentar y hacer que resplandezca —sin necesidad de mencionarla, que no es Caro poeta de abstracciones—, discreta y contundente, la actitud ética: respecto al amor, respecto a la poesía, respecto al mundo.
    Sería aceptable y legítimo, creo, poner el título del poemario —desde luego, aunque con riesgos, más nítido que el provisional con que se presentó al premio València— en aposición con el del poemario anterior: Aquí en donde resistimos. Nos quedaría entonces, por si fuera preciso, evidente la actitud del poeta, su sitio en el mundo. El deíctico marca el locus poetæ, que no es solo un lugar en el espacio, sino preferiblemente el bagaje, las armas y las compañías que fortifican al poeta y le permiten resistir… acompañado; la primera persona del plural no es, ni mucho menos, gratuita: el poeta resiste con —y gracias a— otros: el necesario refugio del amor de la amada, en primer lugar, que lo fortalece y reconforta, que no se confunde con él, pero forma con él un nosotros delicado e invencible; la amistad; la gente con quien se compadece; la poesía —lumbre y luz siempre en riesgo de apagarse, siempre encendida—; la naturaleza, los libros…
    Signo de los tiempos, la actitud de resistencia tiene en el libro dos caras: una que podríamos llamar general, metafísica, que es la de saberse por naturaleza frágil y perecedero —deleble, dice Ella terminante—, y aun así sentirse afiliado con dignidad insumisa a la permanencia solidaria y, en lo posible, feliz; la otra, inusitada, terrible y, confiemos, transitoria, es la pandemia, que no se nombra nunca y cuya presencia resulta, por eso precisamente, todavía más aciaga. Sitiado desde la cuna, sitiado ahora fuertemente y sin piedad por el virus, el poeta se afirma en su posición y nos trasmite —y nos alienta— de diversas y bellísimas formas la resolución de resistir, pero en plural: con el amor, con la poesía, con nosotros.
    Por otra parte, entre los sesenta y seis de En donde resistimos hay un buen ramillete de poemas memorables —literalmente: de los que conviene aprender de memoria y recitarse en silencio cuando convenga—, perfectos, que el lector descubrirá enseguida.
    Un libro, pues, espléndido, sin tacha, que vale bastante más de lo que cuesta.

Francisco Caro. En donde resistimos. Hiperión. Madrid. 2021. Diez euros.

lunes, 13 de septiembre de 2021

Cómo destrozar un buen libro

Los viejos gruñones me disgustan: procuro no enfadarme. A veces, sin embargo, es imposible: todo se desmorona alrededor, el mundo camina derecho y deprisa hacia el abismo. Lo he comprobado en primera persona —así lo dicen: ignoro qué quieren decir— recientemente: el sábado estuve de boda; los días de antes leí Bocalinda. A la boda me dejaron entrar porque el padre de la novia es amigo desde que jugábamos al gua en la placeta de la iglesia; es cierto que yo, pueblerino endomingado, desentonaba entre tanto traje de mil euros, tanto vestido fashion, tanta pamela. Ea: los españoles de ahora son elegantes y finos; les indigna que alguien lleve chanclas y calcetines, que no entienda la carta del restaurante. En cambio, se permiten echar —esa es la palabra— a las librerías un insulto como este, que es el paradigma de la mala educación, una ordinariez de celulosa, y a nadie le importa. ¿Ves la tremenda subversión de los valores? ¿Están justificados los gruñidos de los viejos? ¿No querrías que un meteorito se precipitara contra el planeta y nos fuéramos todos a hacer gárgaras?
—Exageras. ¿Acaso es este primer producto desmedrado de la industria editorial?
—En la mayoría de las ediciones chapuceras el libro no merece más; aquí sí.
—Explícate.
—Cualquier libro precisa edición literaria y edición de imprenta. Bocalinda carece de las dos: nadie parece haber leído el original, nadie ha corregido las pruebas…
—En los «Agradecimientos» pone lo contrario.
—Los autores suelen ser, a este respecto, de un optimismo candoroso. Si alguien hubiera leído el original no hallaríamos faltas de ortografía imperdonables —«gravó un número» (pág. 69), «quinqualleros» (pág. 191)—; no habría repeticiones exasperantes de palabras; no tropezaríamos con machaconas e involuntarias rimas de rap —en la página 293, por ejemplo, pero son legión—; no se hubieran colado solecismos ni muletillas modernas como los «supuestamente» o los «de libro» que andan por ahí; no se amontonarían los demostrativos, que entorpecen la prosa, en lugar de los artículos; se evitarían las onomatopeyas pueriles… Y, si alguien hubiera corregido las pruebas, los vocativos vendrían entre comas, las tildes estarían siempre en su sitio, las palabras se cortarían bien al final del renglón —en cada página varias se cortan al tuntún—, no se vacilaría entre comillas —horror de comillas: más feas que Picio— y cursiva, no habría comillas superfluas, se puntuaría correctamente, correctamente aparecerían los nombres extranjeros —«Gabras», «Aragón» (pág. 39), «Lindkelin» (pág. 69)—; sobre todo, usarían la raya, no el guion, a su debido tiempo y la combinarían bien con los demás signos: en Bocalinda, un desbarajuste que saca de quicio al santo Job… En fin: he leído el libro lápiz en mano: no hay página que no contenga abundantes marcas e innumerables exabruptos. ¿Cómo osan vender un libro así?, ¿cómo se aprecian tan poco?, ¿cómo ofenden la dignidad de cuantos, de Gutenberg a hoy, se han dedicado a imprimir libros? ¿Cómo se atreverá Jesús Villegas a corregir los gazapos de los alumnos?
—Exageras —insiste el amigo.
—En lo que se refiere a la editorial, ni pizca. En cambio, el pobre Jesús Villegas es una víctima; el autor no puede estar en todo: bastante hace con pensar la historia, trazar los personajes, recopilar información, estudiar, escribir… El resto es trabajo de edición, pésima en este caso.
—Pero el libro es bueno…
—Ya has visto, por decirlo de manera delicada, que es perfunctorio. Si hubiera gozado de una edición mínimamente profesional, sería estupendo.
—¿Por qué?
—Porque tiene los ingredientes de la mejor novela negra, y bien cocinados: un argumento cuyas piezas encajan de maravilla; un desarrollo medido y sin grietas; unos personajes atractivos y caracterizados eficazmente; las oportunas dosis de violencia e intriga; una recreación de lugares, tiempos y ambientes documentada y expuesta de forma atrayente, aunque en ocasiones demasiado prolija. Y, salvo por las manchas editoriales que nos atormentan, la escritura es muy digna.
—Entonces lo uno redime a lo otro, ¿no? Además, ¿qué te importa?
—Quizás haya lectores a quienes le dé lo mismo una edición pulcra que otra descuidada; a muchos la incuria editorial nos resulta insufrible, hasta nos parecen una ofensa personal. Y una estafa.
—¿Estafa?
—He pagado lo que se paga por el buen género, me dan mercancía averiada: ¿es estafa o no es estafa? Y pienso también en el prestigio de la literatura de por aquí: ¿quién la va a tomar en serio? Por supuesto, ningún lector de ley.
—¿Hay remedio?
—Para la editorial, lo dudo. Para Villegas, buscarse una que dé la talla: todavía quedan.

Jesús Villegas Cano. Bocalinda. Ediciones Puertollano. Puertollano. 2021. Diecinueve euros.


jueves, 19 de agosto de 2021

La Mancha y la Francia

Desde que El Mundo es mundo sus opiniones, y aun las informaciones, me han importado poco: nunca lo he comprado, nunca lo he leído y, si alguna vez me he atrevido a hojearlo —con la natural prevención—, ha sido porque no había otro periódico en varios kilómetros a la redonda; por supuesto, no oigo la Cope ni veo en la tele las tertulias políticas. De modo que hasta el 23 de marzo de 2021, en que Félix de Azúa alababa —se quitaba el sombrero: ¡Chapeau!— en El País su último libro, he vivido tan ricamente sin saber que existía Jorge Bustos.

Alabado por el Azúa de hoy, prologado por el Trapiello de hoy, un libro del jefe de opinión de El Mundo —autor, encima, de otro que se llama Vidas cipotudas— no lo hubiera leído jamás. Sin embargo, el respeto que conservo al Azúa de antes y al Trapiello de antes y la admiración cateta del rústico por los aristócratas, que saben quiénes fueron y qué hicieron sus antepasados del siglo XVII —luego resultaría que no, que Jorge Bustos apenas se acordaba de los Bustos infanteños del XVII; de lo que sí se acordaba era del blasón: un escudo partido, dice; mitad de gules, mitad de soberbies, digo—, me llevaron a comprarlo.

Lo he leído estos días de mediados de agosto en el pueblo —más de mil metros de altitud—, a la sombra de la parra, fresquito, a veces maridándolo con buenos vasos de vino y aceitunas de las que todavía aliña mi madre. Sin deseárselo a nadie, he pensado en el calor: ¿cómo es que el soletón de la Mancha condiciona la salud mental y moral de los manchegos y el de Segovia o el de Francia —descritos más o menos con las mismas palabras— no obra iguales efectos en los segovianos o franceses? ¡A ver si no va a ser el sol el que produjo a don Quijote!

La debilidad del libro radica ahí; podríamos haberlo sospechado leyendo el prólogo: bajo la hacina de elogios desliza Trapiello un par de reticencias que se refieren precisamente a la asechanza de los tópicos y a la superabundancia de opiniones. Respecto a los tópicos, baste un ejemplo: en la página 4 Bustos se encomienda a Pla para abominar de ellos, pero inmediatamente ensarta una ristra de lugares comunes que desborda el resto de la página y la siguiente. En cuanto a las opiniones, se nota que Bustos es opinador profesional y jefe de opinadores. A lo largo del libro practica el oficio con una aplicación, una constancia y una rotundidad infatigables; y no importa que las opiniones sean originales y luminosas —muchas son brillantísimas: greguerías dignas del mejor Ramón, aforismos que achican a los aforistas más acreditados— o de acarreo —bastantes coinciden con las que suelen mantener impávidos los taxistas de Madrid—; lo que importa es que apabullan y derrotan al lector, y lo estragan y lo aburren.

De todas formas, el libro mejora en la segunda parte: a la altura de Burdeos ya le hemos perdonado al autor las inexactitudes —no pocas: sobre Puerto Lápice (página 14), sobre la Comuna y los girondinos (página 83), sobre el «papá de Carlos V» (página 158)—, las malas palabras: «Todo el planeta viene al Louvre a una sola cosa: a hacerse un selfie con la puta Gioconda» (página 157)—, la falsa modestia —páginas 109 y 110—, los automatismos periodísticos —hay «tapetes verdes», alguien «tratando con todas sus fuerzas de reinventarse»—, la pulsión centralista —más obvia cuanto más involuntariamente expuesta: en la página 14 se anticipa a Ayuso en aquello de que Madrid es España dentro de España; ¿de dónde, si no, serán el ayuntamiento o las monjas? De España, naturalmente—, porque empieza a regalarnos pasajes suculentos, limpios, agudos, precisos, donde la lengua corre con una maestría y una amenidad deliciosas. Lástima del epílogo; lo firma en 2020; al lector le da la impresión de que regresa a 2015.

Y es que la primera parte —la «ruta de don Quijote»— la escribió en 2015, acaso rutinariamente por la efemérides y por ser de encargo, y no va a quedar para la historia; el sobeteo de la pandemia y sus alrededores del epílogo, tampoco. En cambio, el viaje a Francia en 2019 de la segunda parte lo emprendería por iniciativa propia y lo escribiría con la mejor disposición y más inspirado. Yo compré el libro por lo primero, me alegro de haber encontrado lo segundo: de no ser así hubiera pedido que me devolvieran los dieciocho euros.

Jorge Bustos. Asombro y desencanto. Libros del Asteroide. Barcelona. 2021. Dieciocho euros.


domingo, 18 de julio de 2021

Aliento

Alfonso González-Calero García —así, con los dos apellidos, firma los poemarios: por algo será— necesitó treinta años para publicar el primer libro de poemas —Ida y vuelta, hablamos de él aquí—; solo ha necesitado cuatro para el segundo: este Aliento que lleva acompañándonos un par de meses. Podríamos preguntarnos por qué: ¿porque últimamente, con la jubilación y esas cosas, escribe más?, ¿porque la pandemia u otros acontecimientos desgraciados lo hayan obligado al encierro? Quizá; sin embargo, veo probable que el ritmo de la escritura haya continuado más o menos idéntico —en Ida y vuelta había tantos poemas del año 1994 o del 2002 como en Aliento hay de 2018 o de 2019—, pero que la buena acogida del primero le haya soltado las alas o le haya aminorado el pudor de publicar. Me alegro, desde luego; y me planteo una obviedad que convendría repetir a menudo: no es lo mismo escribir que publicar; lo primero puede hacerlo quien quiera como le dé la gana; lo segundo debería suponer ciertas cautelas; puesto que se publica para hipotéticos lectores habría que tenerlos en cuenta y considerar la calidad: la calidad literaria —poética en este caso—, que no reside en la calidad de la materia prima —lo sublime o vulgar de los sentimientos, emociones o ideas del ciudadano que se pone a escribir le importa un comino al lector—, sino en la de la presentación. Que muchos sedicentes poetas lo ignoren es mera descortesía.

González-Calero García por su parte, hombre educado, conocedor y respetuoso del asunto que se trae entre manos, se habrá tentado la ropa antes de ofrecer este libro, sencillo y pulquérrimo, impecablemente editado por Mahalta —tras Aquí, ¿qué mejor manera de irse asentando?—, que responde perfectamente al título en varias de las acepciones de palabra tan feraz y polisémica: en Aliento está la respiración de cada instante —cosa del individuo, del poeta— y está el aire que permite respirar —cosa venida de afuera, imprescindible y gratuita—; está también la voluntad de sobreponerse a las adversidades, de continuar empeñado en la solidaridad; están el alma y el impulso creativo… Es decir, está la vida, interior y exterior, del poeta convertida en poemas bien pensados —los poemas no se sienten, que eso, si es algo, es materia prima en bruto; se piensan y proyectan como palpables objetos literarios—, bien escritos y de notable calidad.

¿Un diario poético, pues? No lo creo. Entre otras cosas porque ignoro qué es exactamente un «diario poético» —salvo que se trate de un truismo: que los poemas se escriben o rescriben un día determinado y que su tema, de una forma o de otra, es siempre el poeta— y porque, en caso de serlo, lo sería a la manera de los que no lo parecen. Si es verdad que la mayoría de los poemas están fechados, incluso que en algunos se precisa el momento del día —o de la noche: cuánta noche; cabría estudiar los valores de palabras que se repiten a menudo, noche, sombra, humo, nada, y que juntas remiten a Góngora, pero no animan al carpe diem: si acaso al ubi sunt? o a la incertidumbre del futuro—, y que la fecha y el lugar de la escritura acaso permitieran seguir la biografía del poeta —y agrupar los poemas por ciclos: el elemental de la pandemia, el de la enfermedad, el de las vacaciones—, da la impresión de que tales datos valen más para el propio autor —el primer lector, al fin y al cabo— que para el lector común, que se queda sin saber interpretar determinadas indicaciones enigmáticas.

Aun así, la datación, puesto que el poeta ha querido incluirla, no es prescindible: contribuye a entender cabalmente el poema. Algunas claves son de acceso inmediato a cualquier lector algo atento —por ejemplo: es imposible leer el primer poema, fechado el 24 de mayo de 2011, sin pensar en el cataclismo que ocurrió por aquí dos días antes—; otras, en cambio, se hallan al alcance solo de los más próximos al autor. De todas formas, marcar el hic et nunc de los poemas muestra por lo pronto la determinación de anclarse firmemente en el mundo y hermanarse con él —aunque haya ventanas, o rendijas, abiertas a lo trascendente, en el libro predomina lo inmanente—; muestra también que, para comprender y comprendernos en el fluir incontenible de la vida en el tiempo, es forzoso jalonarla.

Podría continuar escarbando en un libro tan rico, pero el estupendo prólogo de Federico Gallego Ripoll, más lúcido, me disculpa; por ahora basta invitar a leerlo: un placer intelectual de primer orden.

Alfonso González-Calero García. Aliento. Mahalta Poesía. Ciudad Real. 2021. Catorce euros.

lunes, 14 de junio de 2021

La obra de don Arcadio Calvo

Aunque quizá se esté vendiendo bien, creo que no se habla demasiado de un libro ejemplar —al menos desde cuatro puntos de vista: el autor, el contenido, el proceso de redacción y la propia aparición como libro— que se ha publicado recientemente: las Crónicas de Almagro, de don Arcadio Calvo Gómez.

Cuando en los primeros embates de la pandemia sucumbió al dichoso coronavirus, escribí: «Don Arcadio Calvo Gómez era un hombre íntegro, educado, laborioso, de maneras exquisitas, con un sentido del humor fino, inteligente y nada ácido, cuyo trato resultaba un auténtico gusto. Desempeñó en Madrid honradamente la carrera laboral, y tuvo la suerte —merecidísima— de que sus cualidades fueran reconocidas de modo unánime. Pero estoy seguro de que todos esos rasgos y vicisitudes palidecían, en la propia percepción, frente a otro que él consideraba el primero y esencial de su identidad: la condición de almagreño. Don Arcadio Calvo fue un almagreño plenamente consciente, que se sentía unido al pueblo no tanto en su concreta materialización actual, sino sobre todo en cuanto entidad espiritual que permanece en el tiempo y es depositaria de atributos muy valiosos, los cuales, por alguna clase de prodigio, impregnan de manera natural a los que aquí nacen. Acaso haya gentes modernas y prácticas a quienes esta concepción esencialista de Almagro les pueda resultar anticuada y hasta desdeñable. A él, en cambio, lo llevó a la historia».

Efectivamente, conocemos a ciudadanos —en Almagro abundan— con una concepción reaccionaria de la historia que se asienta en dos pilares tan sólidos como falaces —quién sabe si ponzoñosos—: el «glorioso pasado» a partir del cual solo ha habido —y habrá— decadencia, y el orgullo satisfecho de pertenecer a aquella estirpe mítica forjadora del «glorioso pasado» —sin reconocer nunca, claro está, la obvia imposibilidad de ponerse a su mitificada altura—. La obra de don Arcadio eludió tales riesgos a base de honradez intelectual. Él, que no era historiador ni de formación ni de profesión, se tomó la historia muy en serio, con absoluto rigor, y prestó atención únicamente a la realidad de los hechos según la huella que han dejado en los documentos. «Se convirtió, pues, en paciente y minucioso explorador de archivos, y vio compensada la aplicación con hallazgos fundamentales para el mejor conocimiento del pasado —en consecuencia, del presente— del pueblo y sus habitantes». El ayuntamiento, durante la alcaldía de Luis Maldonado, supo apreciarlo y lo nombró cronista oficial, cargo meramente honorífico que él se tomó como una responsabilidad cívica —cabría escribir patriótica si la patria no estuviera tan zarandeada— y que desempeñó con innegable pulcritud.

Don Arcadio fue dando a la luz los hallazgos de manera dispersa en revistas no especializadas y últimamente en la página web del ayuntamiento. Solo una vez publicó, muy dignamente, en una revista científica. Es decir, quizá nunca se planteara escribir un libro ni siquiera publicar en forma de libro la compilación de sus trabajos. Estamos, en consecuencia, ante un libro que nunca quiso serlo.

Que podamos tenerlo entre las manos se debe al tesón de Javier Alcaide y de Eustaquio Jiménez, amigos que han querido rendirle el mejor de los homenajes. Ellos han rastreado meticulosos las revistas en que don Arcadio escribió, han rescatado los artículos, han corregido las erratas, los han agrupado por temas y nos los ofrecen en un volumen manejable que lo mismo puede leerse seguido que utilizarse como libro de consulta. La edición, costeada por el ayuntamiento y la diputación, se vende a precio moderado.

Don Arcadio Calvo era hombre modesto, pero no ignoraba la importancia y el valor de su trabajo, cada vez más depurado a medida que iba mejorando la pericia investigadora e historiográfica. Por eso estoy convencido de que le hubiera satisfecho verlo en las librerías. A la familia —especialmente a la viuda, que tanto lo apoyó— también le habrá complacido, y a quienes lo apreciábamos, y a los almagreños sensibles, y a cuantos en cualquier parte tengan un mínimo interés por la historia.

No estaría mal que alguien tomara el relevo y se empleara con el mismo entusiasmo y dedicación en iluminarnos el pasado. Tampoco estaría mal que alguien —¿el mismo?, ¿otro?, ¿un equipo bien coordinado?— se embarcara en la tarea de redactar un manual dirigido al público culto no especialista, que contara lo que sabemos y lo que no sabemos de la historia del Almagro, la pusiera en relación con los contextos, derribara mitos y no se fijara solo en lo ilustre y glorioso.

Celebremos las Crónicas de Almagro y felicitemos a quienes lo han hecho posible.

Arcadio Calvo Gómez. Crónicas de Almagro. Recopilación y edición, Eustaquio Jiménez Puga y Javier Alcaide Azcona; portada e ilustraciones, Manuel Vargas Sanroma. Ayuntamiento de Almagro y Diputación Provincial de Ciudad Real. Almagro. 2020. Veinte euros.