viernes, 19 de febrero de 2021

Poemas de amor

Hay rasgos que distinguen de inmediato los libros buenos de los malos. Los malos libros son nueces vanas; como las penas del infierno, colman al lector de carencia y desánimo: querríamos sacarles una pizca de sustancia; por su inteligencia descarriada, no la alcanzaremos nunca. Los libros buenos, en cambio, exuberantes, se desbordan, es decir, ponen al lector ante realidades más o menos lejanas y le hacen entrar en diálogo —no siempre amigable, siempre fructífero— con ellas, para fiesta, perplejidad, inquietud, acicate o dolor. Además, los libros buenos son, desde el principio de los tiempos y avant la lettre, el mejor ejemplo de eso que ahora llaman —perdonen: yo no he sido— la glocalización: o sea, firmemente asentados en lo pequeño y próximo, guardan un mensaje universal.

Lo acabo de corroborar —¡como si hiciera falta!— estos días leyendo Aquí, el último libro de Francisco Caro. Desde la cubierta misma sabemos que es un buen libro y que está hecho con cuidado, primorosamente, sin jactancia: la belleza escueta de la composición, la tipografía y la ilustración de Serna en la primera de cubierta; las excelentes fotos y su disposición en la cuarta; el lomo, con el sello editorial en dos versiones mínimas, muy elegantes, y un número, el 1, signo de determinación y esperanza; las dimensiones y el tacto; el nombre de la editorial…

La editorial se estrena con este libro, que tiene algo de padrinazgo o sombra protectora. En el futuro probablemente nos dará muchas alegrías; ya nos está dando tema de cavilación. Se llama Mahalta. ¿Por qué? Se me ocurren dos razones; quizá tengan algo que ver con la obra inaugural. Por un lado, Majada Alta —huelga precisar que el vulgo en todas partes dice Majalta— es un topónimo corriente: en Piedrabuena, cerca del Bullaque, hay un paraje que se llama así. Por otro, Mahalta remite obvia y directamente a Màrius Torres —y a Lluís Llach, el réprobo—, que era de Lérida. Glocalización, decíamos.

Conjeturas editoriales aparte, Aquí sería un libro formidable aunque se presentara en una de esas desventuradas autoediciones que nos martirizan hoy. Sus poemas —la mayoría leídos en anteriores libros del autor o en el blog—, aquí reunidos y así dispuestos, constituyen no una antología, sino un nuevo libro con identidad propia bien definida: un hermosísimo y muy original testimonio de la poesía amorosa española contemporánea. Y ni estoy exagerando ni equivocándome: los poemas de Aquí son preciosos y, todos todos, poemas de amor.

Se suele entender, de manera harto restrictiva, por poesía amorosa únicamente la que se refiere al amor de la persona amada. Sin embargo, cabe otro amor igual de legítimo y nada excluyente que se extiende a cualquier otra persona, cosa, lugar, experiencia o acontecimiento, grandes o chicos. Lo siente todo el mundo y lo expresan maravillosamente algunos poetas; Caro está entre ellos, y él mismo mienta a Colinas y a Rosillo. No es cuestión de llegar al panteísmo ni de insistir en lo celebratorio, tan de moda; menos aún de revolcarse en el amor pánfilo y feble de los parapoetas: se trata humildemente de, aun sabiendo y teniendo comprobadas las inclemencias, encontrar en las cosas alrededor cuanto ellas puedan tener de hospitalario. Y de constante: el título del libro deja patente la calidad de un amor perdurable. Gracias al prodigio de la poesía Caro trae al aquí y al ahora del poema el amor que le rebosa —la familia pasada y presente, los amigos, la historia, los lugares, la esposa, la poesía…— y nos lo regala bajo la especie de poemas emocionantes —no pocos, emocionantes hasta la lágrima—, que al lector, de por aquí o de cualquier sitio, le sirven también para certificar que Caro es poeta principal de por aquí y de cualquier sitio.

Tampoco creo superfluo anotar dos cosas: bastantes poemas contienen reflexiones explícitas o veladas sobre la poesía —eso que, de manera a veces banal, llaman poéticas—; fíjense en ellas: hallarán que se nos propone una poesía veraz, honrada y modesta, y comprobarán por qué es así y cómo se materializa en los poemas con toda coherencia y nitidez. Fíjense también en la técnica —en el oficio, tan bien aprendido y rectamente practicado como el de tejero o sastre— que se ve palpable en los sonetos o en los haikus: verán qué asombro.

Una maravilla, pues, de Caro y Mahalta. Ojalá y a los dos nos los vayamos encontrando con frecuencia en els meandres, grocs de lliris, verds de pau, de este Bullaque que es la vida: de la font a la mar.

Francisco Caro. Aquí. Mahalta. Ciudad Real. 2020. Doce euros.

jueves, 28 de enero de 2021

Piedras

Creo que lo tengo dicho: llega a casa el paquete de la BAM, busco la navaja —no teman: el embalaje es concienzudo y los ejemplares vienen retractilados—, lo abro, hojeo los libros, e indefectiblemente me acuerdo de Greta Thunberg: qué despilfarro, qué lástima de planeta. Y es que la BAM edita demasiado bien: tapas durísimas, papel satinado de mucho gramaje, deslumbrantes fotos en color, impecables maquetación e impresión, libros que pesan como un cantoral… y, adentro —sálvese el que pueda—, farfolla. Pese a que la diputación es opulenta y rumbosa, tal vez debería considerarlo: ¿por qué vestir todos los libros con igual traje?, ¿por qué no ponerle a cada cual el traje que merezca?, ¿por qué arruinarnos las estanterías?, ¿por qué esquilmar el planeta para nada? Quizá para darnos, por contraste, una alegría de cuando en cuando. Eso es, al menos, lo que ha traído la última remesa: la alegría enorme de Tratado de piedras, el último libro de Teo Serna.

Serna es un artista pulcro, meticuloso, aplicado, inquieto, audaz, de muy alta exigencia, que se desenvuelve estupendamente en numerosos campos —pero no, no diré que es «hombre del Renacimiento»: ya habrá quien lo haya dicho, y con razón—, aunque a mí lo que más me interesa de él es la poesía: Serna es gran poeta y Tratado de piedras, hasta hoy y a mi juicio, el culmen de su producción.

Los cincuenta y un poemas —o cincuenta y una coda, excelente, que es reflexión e inquietud punzante sobre la escritura poética— del libro responden al pie forzado del título. Podría ser un inconveniente, porque la necesidad de acomodar los poemas —y aun los impulsos poéticos antes de concretarse en poemas— al tratado, es decir, a una entidad temática y un molde científicos y rigurosos, acaso concluyera en reiteraciones y fórmulas previsibles. Sin embargo, Serna esquiva el riesgo: logra ofrecer al lector un repertorio unitario y coherente en el conjunto y, al tiempo, diverso y rico en las partes. Supongo que ello se debe, por un lado, a que piedras es plural y, por otro, a que las piedras del poema hablan con su propia voz.

Respecto a lo primero, de entrada, la palabra piedra arrastra connotaciones de peso, dureza, permanencia, imperturbabilidad; ahora, en cuanto se pone en plural —o sea, cuando el hiperónimo se abre en hipónimos abundantes—, acude a la mente un enjambre de variedades y matices en gran medida contradictorios de la contundencia que irreflexivamente le habíamos adjudicado a la piedra; por decirlo llano: todas las piedras son piedra, no la misma piedra. Para sus propósitos, el poeta escoge un amplio surtido de piedras diferentes y las va extendiendo ante el lector con el mimo de un joyero: cada una, parte del conjunto; cada una, sola y preciada. Sobra insistir en que de este despliegue cuidadoso nace un poemario cuyo alcance deriva de la suma de los poemas, y —milagro— supera al de la suma de los poemas.

Respecto a lo segundo, el poeta se sirve de las cualidades y valores que común y convencionalmente se suelen asignar a las distintas clases o formas de presentación de las piedras —varios de muy culta y antiquísima raigambre—, pero añade algo más importante y poéticamente más eficaz: hace que cada piedra —y, en consecuencia, el tono de cada poema— venga individualizada por el papel que juega en el proceso de comunicación. De modo que en unos poemas habla la piedra, en otros se habla de la piedra, en un tercer grupo se habla con la piedra e incluso en unos pocos la piedra no es sino un elemento —cardinal— de la situación en que se produce el acto comunicativo del poema. Y el tono de cada poema depende de ello.

Sin haberlo leído y sin conocer el talento de Serna, cabría pensar que, con tanto trajín, el libro resultase una algarabía de bar: guirigay de conversaciones superpuestas, mezcladas y mutuamente anuladas. No es así, afortunadamente; más bien se encuadra entre las piezas musicales: aunque no entre las fáciles y bonitas; al contrario: insólita y experimental como las de ars sonora que también Serna compone.

Y todo de un gusto exquisito. Por eso me choca la inclusión del glosario —si un glosario no dice más o mejor que la Wikipedia es triste limosna arrojada a lectores perezosos—, y la antiestética disposición de algunas capitulares, cosa en la que Serna no tendrá arte ni parte, desde luego. Pásenlo por alto, amigos lectores.

Teo Serna. Tratado de piedras. Biblioteca de Autores Manchegos. Ciudad Real. 2020. Ocho euros.

sábado, 19 de diciembre de 2020

Macondo

Macondo, desde el pasado día 10 —festividad de la Virgen de Loreto y de santa Eulalia de Mérida, volátiles, huidizas—, es una librería en Almagro. El nombre, nada original, resulta significativo: trasparenta, según creo, la intención de llegar a convertirse en una buena librería literaria.

Aunque la historia del libro y la lectura en Almagro está sin hacer, parece muy improbable que en los últimos ochocientos años alguien haya concebido la descabellada idea de comer tres veces cada día vendiéndoles libros no utilitarios a los almagreños; desde luego, nunca nadie —salvo Francisco Romero: su hazaña, inverosímil, asombrosa, es de alabar por extraordinaria— la ha llevado a la práctica. ¿Asistimos, pues, a un acontecimiento histórico? Los acontecimientos históricos, para periodistas y políticos; a mí me importa indagar qué significa Macondo e insistir en que se trata de una novedad absoluta y un gesto de notable audacia.

Obviamente, una librería es una tienda. En las tiendas se ofrece lo que el tendero, de acuerdo con la propia experiencia, espera vender. Si la tienda dura y prospera es que sacia adecuadamente las demandas del público —devenido en clientela, en parroquia—, se anticipa a ellas e, incluso, las inventa. También obviamente, la librería no es tienda como las demás: primero, porque vende cosas superfluas, de prestigio menguante, en cierto modo excéntricas, y cuyo disfrute requiere adicción; luego, porque en la superfluidad y en la adicción existen grados. Quiero decir que a casi todo el mundo le place que le cuenten historias y que entender determinadas historias apenas precisa entrenamiento; o sea, en cualquier sitio hay mercado para los superventas, pero menos para La muerte de Virgilio o Larva.

El librero veterano conoce a los clientes —quizá criaturas suyas: el gusto se educa— y, en consecuencia, tiene en la librería lo que les apetece o les apetecerá; el que expone libros de pasto en una papelería o en una tienda de artículos de playa, otro tanto. Pero ¿y el librero novato?, ¿el que todavía no ha encontrado a la parroquia?, ¿el que sueña vender géneros que nadie ha vendido antes?

Ese, a nuestros efectos, es el más sugestivo. Cabe intuir que cuando echa a rodar la librería el librero incipiente se mueve entre el suelo firme de lo que se vende en todas partes y el cielo anhelado de su aspiración ideal, y que tal aspiración viene condicionada por la imagen que se ha forjado de sí mismo y, especialmente, la que se ha forjado del lugar en donde monta el negocio.

Empecemos por el final: ¿cómo es la imagen que los libreros de Macondo se han forjado de Almagro y los almagreños? Positiva, optimista, halagüeña: dan por hecho que en Almagro habita un número suficiente de personas cultas que saborean las buenas novelas, no le hacen ascos a la alta divulgación, se atreven con la historiografía rigurosa y con el ensayo solvente… y que están dispuestas a comprarlos en papel y en su librería. De todo eso —bien escogido y presentado en un establecimiento delicioso— hay en Macondo, sin olvidar los superventas dignos. Lo único que aún le falta es poesía: los plúteos de poesía y alrededores, de acceso incómodo para los viejos, no le dejan ni un triste huequecillo al pobre Brines, el último Cervantes, conque al resto…; rebosan, en cambio, de Marwanes, Sastres, Defreds, Aitanas, Galeanos, Coelhos, algún Benedetti y ¡una Dickinson! Se enmendarán.

¿Y cuál es la imagen que se han forjado de sí mismos? La desconozco, claro. Se aprecia a simple vista, eso sí, que aman los libros, son valientes —¡con la que está cayendo!— y que, jovencísimos, confían en las propias fuerzas y en el pueblo.

A partir de aquí empieza un proceso en el que la inclemente realidad y el diálogo entre libreros y público irán ajustando piezas, modulando afanes, contrastando expectativas y desbrozando caminos. Si sale derecho —saldrá: ¿no dicen que la fortuna ayuda a los audaces?, ¿no van a estar los almagreños a la altura?— veremos nacer y crecer una fecunda simbiosis entre Macondo y Almagro que acaso emule a otras ejemplares y envidiables. Ahora bien, si cae Macondo —digo, es un decir—, que no me vengan ya con las ampulosas y habituales flatulencias sobre la cultura almagreña —o sea, sobre la cultura de los almagreños—, que me reiré a carcajada limpia. Escrito queda.

Entre tanto, amigos lectores, les deseo cordialmente unas felices pascuas y un año nuevo apacible. Ojalá y Macondo anuncie tiempos bienaventurados.

Librería Macondo. Feria, 2. 13270 Almagro.

Teléfono: 623 12 49 14

Correo: libreriamacondoalmagro@gmail.com

domingo, 6 de diciembre de 2020

'Cingla'

No debería hablar de Cingla. En la entrada inicial del blog formulé un propósito: «de vez en cuando me detendré en un libro, en un autor, en una editorial de por aquí, cuya repercusión, a mi juicio, no iguale los merecimientos, y hablaré de ellos». Constantino Molina es de por aquí —nació en Pozo Lorente, al sur de la Manchuela, en 1985—, pero goza ya de un reconocimiento, si no a la altura de los méritos, mayor de lo habitual: sus tres libros han obtenido premios y los han publicado editoriales de campanillas que, salvo a Ciudad Real, llegan a todas partes.

Reitero, pues: no debería hablar de Cingla. Pero, olvidando el propósito y desoyendo los avisos del autor, lo haré; porque la poesía —cualquier poesía legítima— es siempre menos conocida de lo que debiera, porque Constantino Molina me gusta mucho, porque la lectura de Cingla quizá no les estorbe a bastantes poetas provinciales, y porque el libro es excelente. Desecho las dos primeras razones —la primera un truismo, la segunda asunto mío—. Paso a las otras.

El entusiasmo de Vox por las provincias me ratifica en la convicción que albergo desde joven: son nefastas; lo es, desde luego, la que me pilla cerca. Hablando de poesía, quizá convenga establecer que la perversidad de la provincia reside en materializar a la perfección cierta figura literaria: la sinécdoque. Por sinécdoque, la capital se expande y apropia del territorio provincial —mero alfoz: se beberá el Bullaque digan lo que quieran en el Robledo—, y lo anula. El fenómeno es tan obvio que la mayor parte de la gente no lo ve: uno de Villanueva de la Fuente o de Anchuras puede afirmar que es de Ciudad Real, ajeno a que tal falacia lo reduce a la condición de siervo manso. En el terreno cultural el hecho, innegable, provoca dos consecuencias funestas: hacia adentro desconoce cuanto no se ubique en el cogollo de la plaza del Pilar; hacia afuera blinda las fronteras provinciales e impide que se mire más allá de la cerca. Salvo, en ambos casos, que medie la bendición o el reconocimiento de Madrid, que entonces los capitalinos se derriten de gusto y lo aporijan. Como corolario inevitable, demasiadas —no todas, gracias a Dios— creaciones elogiadas en la capital de la provincia son provincianas, esto es, arcaicas, inanes, torpes, pero ampulosas y satisfechas de sí mismas.

De ahí que recomiende Cingla: a ver si hubiera alguien dispuesto a saltarse las bardas del corral, a caer en la cuenta de que, como decía don Antonio —un maestro mío—, «hay más mundo que de aquí a Cózar», a ver si alguien se mirara en el espejo… porque Cingla, un libro pensado —sentido— desde la provincia, es cualquier cosa menos provinciano.

En Cingla está el Constantino Molina que conocemos —que conoce cualquiera que lo siga en Facebook—: el humor acerbo y socarrón, la irreverencia, el navajazo sarcástico, el escepticismo, el asombro y la gratitud por los dones elementales del mundo, la identificación con lo marginal o lo mínimo, la inteligencia, las lecturas, la antipatía hacia cualquier forma de solemnidad y de artificio, la huida de los tópicos, la observación aguda… Están el pueblo, el padre, y la escritura limpia, clara y fresca como el agua del aljibe.

No quisiera parecerme a un cura de la palabra, pero decir que la poesía de Molina es toda inmanencia y nada de trascendencia es decir la verdad: abomina de tentaciones espiritualistas y hasta reflexivas, y se regocija —un cura, de la palaba o no, diría bien se refocila— en la pura animalidad.

Desde el primero, declaración de principios, al último, donde remarca pudoroso la coherencia de haberlos mantenido, Cingla nos regala un buen ramillete de poemas memorables que hablan del padre —«Autorretrato con arados verdes», «Diputación provincial», «Cingla», «Basilea»—, el pueblo —«CM-3209», «La vendimia»—, el oficio de poeta —«Metapoético y rural», con dos endecasílabos redondos: En su vuelo, de plomo amenazado, digno de Góngora, y Que ya vuela entre el brillo de escopetas como toda poesía cabal—, una forma peculiar de comunión con la naturaleza —«Mosquito», «Micción marina»—, o lanzan dardos envenenados —«Ornitología divina», «A un experto en la materia»—. Y más: «El sueño de los jabalíes», «Escorpio», «Aljibe», que estremecen, alumbran o levantan alfombras. Todo con voz claramente original y lograda, en la que hay ecos —así ha de ser— de poetas que también me gustan mucho.

O sea, una hermosura.

Constantino Molina. Cingla. Visor. Madrid. 2020. Catorce euros.

domingo, 8 de noviembre de 2020

Prodigios

 A don Alfonso González-Calero

Todavía ocurren prodigios, amigo lector: se lo aseguro. El jueves pasado, cinco exactamente; estos: llovió toda la noche; al levantarme vi un buitre en el tejado del vecino, la primera lavandera en la calle; terminé luego la novela de Chema Fabero que había empezado la tarde anterior; y, tras la siesta, leí poemas de Moga, de Hierro y de Nieto de la Torre. Cuando ocurre un prodigio me asombro y lo agradezco como si aún creyera en la divina providencia; las raras veces que se acumulan tantos vacilo entre creer en la divina providencia o echarme una copa de Peinado 100 Años. El jueves opté por lo segundo.

Copa en mano, vine a lo obvio: unos prodigios lo son más que otros. Es prodigio, y lástima, que el buitre —descaminado, enfermo, peregrino— agonice en un tejado a la vista y ante la indiferencia del mundo; prodigios la lluvia, que regresen las lavanderas —enseguida, el colirrojo del patio—, y que los poetas escriban poemas buenos. Sin embargo —me dará usted la razón, lector amigo— el mayor prodigio es que por aquí haya una novela como Orfidal blues.

Aunque conozco y he alabado unas pocas y muy notables excepciones, la mayoría de las novelas de por aquí me resultan indigestas. No por malas —haylas—, sino porque —acaso inevitablemente: esto es arrabal del suburbio madrileño— nacen con un ramalazo epigonal y una sumisión a las modas excesivamente rebañegos: ahora que remite el turbión de novelas históricas, llegan en diluvio las convencionales naderías de la España vaciada, los ajustes de cuentas familiares, o el heroico pugilato de buenos contra malos en la posguerra de nunca acabar. Novelas ejemplares de filiación meridiana.

Gracias a Dios, Orfidal blues no encaja ahí. Chema Fabero, —que ha practicado la información local en Puertollano, ha ejercido varios oficios teatrales y escrito obras de teatro, y ha publicado Alma breve de los pájaros, un libro, aproximadamente, de aforismos y otro de poemas— vive en Membrilla, periferia de la periferia. Disponía, pues, de las herramientas precisas para amasar algún engrudo de abnegados meloneros a la moda. Si le ha asaltado la tentación, no ha sucumbido; al contrario: en Orfidal blues narra una historia común y eterna —la de la vejez, la decrepitud, la añoranza, la soledad y sus neurosis, las ilusiones o los delirios del amor, su poso amargo—, en un marco temporal definido vagamente —los amenes del siglo pasado—, y en un espacio —Madrid— que apenas es telón de fondo.

Nos sabemos la historia, dirá usted. Claro; lo que no sabrá hasta que la lea es la maestría con que está contada. Se trata de un diario, que abarca del 23 de noviembre —quizá de 1995— al 1 de enero, escrito por alguien que gozó de la celebridad y el éxito, pero que ahora, «a los setenta y cuatro años, casi setenta y cinco», no tiene más que el pasado y la gata Laura. Puesto que un diario puede verse también como un monólogo cuyo público se reduce —por lo pronto: muchos aspiran a más— al propio diarista, lo que Fabero —al fin y al cabo, hombre de teatro— nos ofrece es, en realidad, un monólogo teatral revestido de diario: el lenguaje, sinuoso, zigzagueante —pero propio y certero—, dúctil y culto —pero llano—, pautado de fórmulas que hacen de balizas o jalones; la información, dosificada con habilidad extrema: ya a borbotones, ya mediante la insinuación o el detalle de apariencia nimia; la complicidad con el lector/espectador, buscada mediante coloquialismos, sobrentendidos, guiños o llamadas; el levísimo argumento, que se precipita —es un decir— a partir del 19 de diciembre y se tiñe —otro decir— de trama policial; el protagonista, de un patetismo risible y, no obstante, digno de comprensión y respeto; los personajes secundarios, incluyendo a Laura, perfectamente trazados; el escenario, o sea, la vivienda del protagonista, que comparte con él decrepitud y memoria… todo suena a teatro y al teatro cabría adaptarlo sin dificultad. Y todo, para resumir y volver al principio, es un verdadero prodigio literario —no solo de por aquí— que usted, lector amigo, debería probar. Si quiere.

¿Taras? Escasas y veniales: algún desliz tipográfico —recurrente, eso sí—, dos o tres errores de concordancia provocados, sin duda, por cambios de última hora, un mal entendido que debería ser malentendido… y la catástrofe —general e irremediable, me temo— de que los posesivos, invasores, hayan aniquilado a los artículos, autóctonos.

Y, por lo que me atañe, una observación pertinente. La dedicatoria del libro reza: «A don Pedro Torres, por supuesto». Por supuesto, no soy yo.

Chema Fabero. Orfidal blues. Tandaia. Santiago de Compostela. 2020. Dieciséis euros.

domingo, 11 de octubre de 2020

Verduras de las eras

La otra tarde, en la presentación del libro de Díez Barra, mientras peroraba el exrector don Luis Arroyo —habla mucho, había advertido un amigo—, salí a pasear con Jorge Manrique. Cobijados por la dulzura de la tarde, charlamos de la lluvia —tan poca y ha hecho arrojar los rastrojos—, de que Hermès —sí, hombre: el sitio donde Aznar se abastecía de corbatas— anuncia un bolso mentando a los guarnicioneros, de que la biblioteca universitaria instruye contra el coronavirus en tamil… Recordé las verduras de las eras, las guarniciones, el habla llana y clara de la infancia: me puse nostálgico. Don Jorge, que, eterno, no siente nostalgia de nada, me la espantó con palmaditas en la espalda.

Vuelto a la sala pensé que la nostalgia es pócima —yerba secreta, dijo él— peligrosa. Afecta principalmente a la memoria: la reblandece, la achica; hace creer que en el pasado solo existió, ubérrimo y maravilloso, lo que echamos de menos. Fruto selecto de la nostalgia es la elegía, forma literaria prestigiosísima que debe manejarse con precaución, en dosis homeopáticas, sin sacarla del ámbito natural: de lo contrario hay riesgo seguro de caer en la cursilería y en la mentira.

¿Por qué lo digo? Porque la emoción del libro emocionante de Díez Barra puede parecer, a ojos del lector despistado, elegía en la muerte del mundo de los niños nacidos en los años cincuenta —supongo que huelga añadir «del pasado siglo»—; pero, de ser así, sería también un libro cursi y mentiroso. No lo es, por fortuna. Díez Barra esquiva el peligro manteniendo alerta en todo momento el sentido crítico, y distinguiendo cabalmente entre las personas que malvivían en aquel mundo —por las que siente una infinita ternura— y el mundo mismo: inhóspito —palabra que repite— y radicalmente injusto. Es decir, el autor sabe que la historia no es una fiesta de la que todos vienen contentos, sino un ring en donde los vencedores les ponen la rodilla en el cuello a los vencidos hasta asfixiarlos. Y los vencedores eran aún crudamente despiadados.

No es preciso que les hable de la época ni de las creaciones literarias a las que ha dado lugar. Basta con que nombre dos: una por bien conocida —El camino—, y otra por el parentesco con el libro que nos ocupa —El tiempo hermoso, de Pedro Pablo Novillo, autor, además, del prólogo de este: un prólogo excelente que merecería comentario aparte—. Quienes conozcan estos libros, si no vivieron en los años cincuenta o sesenta del pasado siglo, saben ya por dónde se mueve el de Enrique Díez. Sin embargo, no deben dejar de leerlo. Al menos, por tres razones: se trata de un libro original, muy bien escrito y muy bien enfocado.

Díez Barra, equipado con la sensibilidad de un poeta, el amor de un hijo, la experiencia de un buen lector, la objetividad y el escepticismo de un científico, y un notable talento de escritor, bucea en los recuerdos y «recupera de entre las brumas de la memoria» estas casi cuarenta joyas valiosísimas que nos presenta en otros tantos breves —la mayoría, muy breves— capítulos acompañados de estupendas fotos en blanco y negro.

Lo de las fotos encaja divinamente con la escritura de Díez Barra, que tiene mucho de fotográfica. En sus instantáneas —¿se dice todavía así?— hay documentos sociológicos, cuadros de costumbres, tradiciones familiares, paisajes, hallazgos al paso, expansiones líricas… presentados con pericia deslumbrante y encanto enternecedor, que quizá cuando pretenden dilatarse —o sea, en los capítulos finales, más largos— pierdan algo de intensidad e incluso desciendan a la lengua de palo que gastan en el periodismo, en la universidad, en la política… y que, por desgracia, va camino de empapar el común decir.

Las «fotos» que el libro ofrece están perfectamente datadas en un allí —Balbacil y sus colonias de emigrados— y un entonces —los años sesenta— que son del autor y de toda una generación: la que vio, con el impasible asombro de los niños, esfumarse un mundo —igual que se esfumaban las verduras de las eras— por el que no debemos llorar. Aunque nos estemos haciendo viejos y casi nadie sepa ya qué fueron las verduras de las eras, las guarniciones o las tarjas.

Para más mérito, el libro carece de taras destacables —acaso le sobre el «Vocabulario» final y, con él, cierto apócope que debería ser aféresis— y enseña, muy discretamente, una clara y pertinente lección moral tal vez aprovechable ahora que asistimos al derrumbe estrepitoso de otro mundo: quizá deberíamos mirarnos en el espejo de quienes estaban aquí hace sesenta años. Si ustedes, amigos lectores, quieren leer De allí, de entonces no me dejarán mentir.

Enrique Díez Barra. De allí, de entonces. Almud, Ediciones de Castilla-La Mancha. Toledo. 2020. Doce euros.


domingo, 27 de septiembre de 2020

Iqra

La última vez que estuvimos en Tánger el amigo Abdellatif nos llevó a la nueva biblioteca. Salvo por el sitio y por un par de elementos demasiado obvios y contundentes de la fachada, me gustó; y me gustó más el nombre que le han puesto. Explicó Abdellatif que reproduce lo primero que el arcángel Gabriel le dijo al Profeta; por tanto, el comienzo del Corán, aunque el episodio haya venido a parar luego a la sura 96. Le ordenó: iqra!, o sea, ¡lee! El Profeta, iletrado, no pudo obedecer; de modo que el arcángel echó mano de ciertos métodos expeditivos de la pedagogía tradicional que en nuestros días lo hubieran desacreditado y hasta metido en la cárcel. Ea.

Mientras Abdellatif hablaba recordé que la Biblia también está llena de referencias e invitaciones a la lectura. Choca que, surgidas en tiempos donde el analfabetismo era lo común, las tres grandes religiones monoteístas se fundamenten en el prestigio de un libro. Choca igualmente, y espanta, que a menudo ese libro haya excluido a todos los demás, es decir, que la obligación de leer el libro sagrado haya vetado cualquier otra lectura; incluso, caso extremo, la lectura del libro sagrado en la lengua materna del lector y a su entender: cuestión espinosa en la que acaso no debamos entrar.

Sea como fuere, al concebir el blog que estrena usted en la pantalla, amigo lector, pensé llamarlo Iqra en homenaje a Abdellatif, a Larbi, a Tánger, a los buenos momentos que allí hemos pasado, y con la voluntad firme de volver en cuanto Esto —la mayúscula es forzosa— acabe. El nombre ya estaba pillado: me resigné; recurrí al versículo tercero del primer capítulo del Apocalipsis: Beatus qui legit, bienaventurado el que lee.

¿Bienaventurado el que lee? Habrá quien lo niegue; yo no tengo dudas. Hoy en bastantes lugares del mundo el analfabetismo está desterrado, se lee y se escribe más que nunca; no obstante, quizá por eso mismo, el prestigio del libro y de la lectura no utilitarios ha menguado notablemente; y a los que gastan los ocios leyendo casi nadie los llamaría bienaventurados: más bien friquis o cosas parecidas. ¿Es malo o bueno? Ni lo sé ni me importa: sé que hay muchas maneras de llenar el tiempo, que unas son más atractivas, accesibles o populares que otras, y que cada cual puede y debe hacer lo que le dé la gana. Ahora bien, friqui y todo, queda gente que lee por el mero placer de leer: los bienaventurados. Para ellos —para usted, lector amigo— se imaginó este blog.

Sin embargo… Sin embargo, ¿qué leen los que leen por el mero placer de leer? Me temo que la mayoría lee lo que lee la mayoría: productos de los grandes conglomerados editoriales, debidamente publicitados, y prescritos por prescriptores que comen de prescribir. Eso sí importa, creo. La literatura —y los demás afanes culturales— posee una clara vertiente industrial y un valor económico en el que no es preciso insistir: de la literatura viven numerosos editores, impresores, distribuidores, libreros… y unos pocos escritores. Hacer visibles a los demás, contribuir a que perseveren en la tarea, apoyar a las pequeñas editoriales y librerías son acciones que posibilitan el mantenimiento, siquiera precario, de la bibliodiversidad —tan imprescindible para la cultura como la biodiversidad para la naturaleza— y retrasan el advenimiento de la dictadura unánime y excluyente de los best sellers, buenos o malos, que eso es asunto distinto.

A apoyar la bibliodiversidad, precisamente, viene el blog; con toda la modestia del mundo, consciente de la debilidad de las propias fuerzas y sabiendo de su limitado alcance, pero confiado en conseguir alguna atención: por eso, y no por masoquismo, he añadido el «contador de visitas» ahí arriba, a la derecha. De cuando en cuando —¿una vez al mes?—, me detendré en un libro, en un autor, en una editorial de por aquí, cuya repercusión, a mi juicio, no iguale los merecimientos, y hablaré de ellos.

No soy el arcángel Gabriel, no los conminaré a que lean; pero si leen se lo agradeceré y los juzgaré bienaventurados.