jueves, 19 de enero de 2023

Los toros en Almagro

No me gustan los toros; las pocas veces que me he asomado a la Fiesta su natural crudeza, valga el eufemismo, me ha impedido percibir cuanto en ella hubiera de emoción artística, hasta de simple entretenimiento. Además, estoy convencido de que las corridas son un espectáculo anacrónico que desaparecerá pronto; y no por la animadversión de nadie ni por las —a menudo oportunistas— campañas que promueven su abolición ni por las decisiones políticas que las han prohibido efectivamente en algunos sitios; no: morirán por inanición, porque no se compadecen con los signos de los tiempos ni cuentan con posibilidad de reforma para adaptarse a ellos.
Ahora bien, pese a no gustarme los toros y tener la certeza de que desaparecerán más pronto que tarde, no albergo contra ellos ningún reproche moral; tampoco me apunto a la moda de la cancelación, hoy tan extendida. Lo primero, porque obligaría a desechar todo uso de los animales en provecho de los seres humanos —sea como mascotas, alimento, fuente de materias primas u objeto de estudio y experimentación científica—; lo segundo, porque los toros han desempeñado un papel importantísimo en la cultura —en la vida entera española de los últimos siglos que solo cabe eludir desde la ignorancia o la mala fe.
Críspulo Coronel Zapata es plenamente consciente de ello, y dedica el libro que he leído estos días a identificar y reivindicar tal papel en lo que concierne a Almagro. Quiere eso decir dos cosas. Una: que se trata, por supuesto, de un libro de historia y, en cierto modo —un modo parcial pero decisivo—, de una autobiografía; que tiene tras de sí muchos años de trabajo, de investigación paciente y devota, de conversaciones y entrevistas con cualquiera que pudiera aportar detalles de interés; de transcripción, clasificación y ordenación de los materiales; de escritura y rescritura; de selección fotográfica; de evocación y redacción de experiencias personales, etcétera y etcétera. En este sentido, es LA historia de los toros en Almagro, sin duda ninguna: ahora ya poco debe de quedar por saber. Y dos: que es un libro reivindicativo, pugnaz incluso, como corresponde a quien ama y abraza apasionadamente una causa y siente que no todos comparten el mismo amor ni la abrazan con igual pasión. De ahí que la obra llegue a desprender en ocasiones un aroma, quizás involuntario pero evidente, de melancolía: el que surge de constatar —autor y lector— que los buenos tiempos de la Fiesta han pasado y es muy improbable que vuelvan. Precisamente por esto último, es asimismo un libro oportuno, un libro que viene en el momento oportuno: o sea, justo antes de que se olvide o de que a nadie le interese el papel importantísimo, repito, que han desempeñado los toros en casi toda España y, claro está, en Almagro.
Puestos a dar breve noticia del libro, encuentro en él varios asuntos que serán notables y habrán requerido su tiempo, pero que a mí me interesan poco: la relación de los festejos, por ejemplo. En cambio, otros me han cautivado: lo que más, lo relativo a los aficionados y la afición —el subtítulo de la obra es «Aficionados con solera»—, que es estupendo y muy pertinente.
El lector confirma, en efecto, cómo durante muchos años —tal vez ya no, o ya no en la misma medida— el aficionado a los toros, el Aficionado por antonomasia, era un individuo cuya afición constituía una segunda naturaleza, un elemento primordial de su personalidad: hasta tal punto que lo definía y singularizaba y, en consecuencia, condicionaba la percepción de sí mismo y su lugar en la sociedad. Pero la palabra afición, aparte de designar la atracción de determinados individuos por los toros —los cuales curiosamente antes de la televisión eran inaccesibles para la mayoría la mayor parte del año— designa también al colectivo de los aficionados. Y la Afición así entendida era un grupo de sujetos de toda clase y procedencia social que en este ámbito se reconocían como iguales, poseían rasgos comunes bien marcados —una manera de hablar característica, por ejemplo— y una fraternidad indudable. La Afición, pues, colectivo sin reglas ni jerarquías explícitas, pero perfectamente identificable, funcionaba como marco de socialización y, en muchos momentos, como grupo de presión que era conveniente tener en cuenta. El retrato que Críspulo Coronel Zapata, él mismo aficionado con solera, hace de la afición y los aficionados es magnífico, y para la historia de Almagro acaso muy aprovechable.
En resumen, un libro estupendo. Lástima que la edición no esté a la altura: hubiera merecido otra más profesional. Pero, lo sé de primera mano, eso ni es sencillo ni barato.

Críspulo Coronel Zapata. Coso de la Cuerda. Aficionados con solera (1845-2021). Edición del autor. Sin lugar ni fecha. Veintisiete euros.

2 comentarios:

  1. Crispulo Coronel Zapata21 de enero de 2023, 18:38

    De corazón agradezco tu acertado comentario, propio de una persona demócrata, liberal y respetuosa con las costumbres tradicionales de los pueblos, aunque no las comparta o entienda, en este caso los toros. ¡Ojalá fueran como tú, todos aquellos que llevan por bandera la prohibición de la Tauromaquia!
    Totalmente de acuerdo en que los toros puedan morir por inanición, porque la sociedad les dé la espalda y, a las nuevas generaciones, le traiga al pairo. Como bien dices, es un espectáculo anacrónico, fuera de tiempo, pero mientras el público o consumidor siga pasando por taquilla el futuro no lo veo a corto plazo. Es más bien un deseo ferviente que una opinión. En caso contrario, te diré que los aficionados, o algunos aficionados, lo tenemos asumido y de ser así que la fiesta muera y descanse en paz (Requiescat in pace). Nunca jamás, por una decisión política, auspiciada por grupos o asociaciones antitaurinas, animalistas o de cualquier otra índole, porque entonces, el ser humano, perdería algo aún mucho más valioso: la libertad. Gracias Pedro, de corazón…

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    1. Ha y que darte a ti las gracias por un libro estupendo, hermoso y pertinente.

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