lunes, 21 de noviembre de 2022

Emocionantes moras

 Sabor de moras en agosto es un libro excelente: debería dar que hablar. Me temo, sin embargo, que por aquí pasará inadvertido. Manuela Temporelli, la autora, aunque nacida en Madrid, procede de Alcázar y vive permanentemente en Cinco Casas desde hace muchos años años; es cierto que sus quehaceres profesionales y poéticos han estado orientados a Madrid; pero también es cierto que por aquí pocos se han enterado de su existencia: por poner dos ejemplos —los pongo solo por su valor de síntoma y por la extraordinaria generosidad de ambas empresas—, no figura en Cántiga, y para entonces Temporelli ya había publicado Cuaderno de Budapest, que tuvo notable difusión, ni Galanes la ha retratado todavía. Claro es que ni Fernández ni Galanes tienen la culpa, ni Temporelli es la única invisible: por el contrario, la culpa está bien repartida y los invisibles abundan. Pero a los lectores corriente estas cosas nos traen sin cuidado: no pretendemos arreglar el mundo, nos basta con leer buenos libros.
    Este lo es, indudablemente. Se divide en tres partes —«Un poco de locura en primavera», «Voy a volver a mí» y «Mayo y Darío»— y un epílogo dedicado a Guadalupe Grande Aguirre. El libro entero también está dedicado a Guadalupe Grande Aguirre —así, con los dos apellidos»—. Si reparamos en que bajo la dedicatoria va una confesión —«Ignoraba que se pudiera morir tres veces»—, que hay un poema dedicado a Juan Carlos Mestre y que Mestre firma el paratexto de la contraportada, podemos hacernos una idea de a quiénes se encomienda la autora.
    Un lector desatento o apresurado podría pensar que las tres partes nada tienen que ver entre sí. Estaría equivocado. Sabor de moras en agosto, como todo libro de poesía digno del nombre, pretende abarcar un mundo; en este caso, el mundo en tanto que estructura social, económica, política… donde habitan y padecen los seres humanos. Pues bien, cada parte del libro se para, de lo más grande a lo más pequeño, en una de las tres capas en que el mundo puede perfectamente dividirse: la primera, en lo general o global; la segunda, en lo personal y social próximo; la tercera, en lo familiar doméstico. Y hay una nítida coherencia poética, moral e ideológica entre las tres. Veámoslo.
    «Un poco de locura en primavera» es un solo poema que se desarrolla en quince secciones. Hablan, sí, de locura y primavera: pero ni la locura es enfermedad mental ni la primavera estación del año. La locura es, por emplear una expresión célebre, el «malestar en la cultura», es decir, la alienación inevitable que produce vivir en un mundo inhóspito, en un mundo enfermo; la primavera es la remota esperanza, colándose por algunas rendijas, de que el mundo sane. Es, pues, entre otras cosas, un poema político, pero no es un poema de explícito contenido político ni guarda un átomo de demagogia: es un poema de altísima calidad lírica, donde se alternan formas muy distintas —del endecasílabo blanco al versículo, la prosa aforística o la lamentación de aire bíblico— creando en el lector un desasosiego emocionado que revive la locura del mundo, su ordenado desorden que enferma, mediante un lenguaje y con unos recursos de gran poeta. Me atrevo a afirmar que leer este magnífico poema, uno de los mejores que yo he leído últimamente, es para el lector la primavera.
    «Voy a volver a mí» reúne trece poemas referidos al ámbito personal de la autora y su mundo social cercano: los amigos muertos y vivos, los recuerdos, las circunstancias que la han hecho ser quien es, la dichosa pandemia… Los unen los ojos y la voz de la poeta, pero su vínculo estructural es más tenue. De todas formas, la calidad lírica sigue alta y algunos de los poemas —Llamadme Ismael, que no es lo que parece, 2020, Postguerra— son muy buenos.
    «Mayo y Darío» está centrado en los nietos. Es un tema delicado: se presta, y más en estos tiempos, al tópico, a la blandenguería y, lo que es peor, a presumir heroica y ridículamente de algo que a los abuelos se nos da hecho. Temporelli esquiva los riesgos apoyándose en tres pilares: el magnífico poema inicial —que lleva una nana en seguidillas, como las de Hernández—, el último —Testamento, un romancillo muy bien disimulado— y que el resto sean glosas a lo dicho por los niños.
    Un gran libro, reitero, cuyo valor no merman algunos mínimos deslices. Señalo tres: un «deshechos» (pág. 20) que acaso debería ser «desechos», un «adjuro» (pág. 42) que debería ser «abjuro», y una mejor redacción —quizá una coma fuera suficiente— en el final del segundo párrafo del epilogo. Poca cosa.

Manuela Temporelli. Sabor de moras en agosto. Bartleby Editores. Madrid. 2022. Trece euros.

viernes, 14 de octubre de 2022

Teresa de Ávila

Mañana se cumplen cuatrocientos cuarenta años del entierro de Teresa de Jesús en Alba de Tormes. Había muerto en el mismo pueblo el día anterior, 4 de octubre —no me he equivocado: en 1582 el día siguiente al 4 de octubre fue el 15 de octubre—, y la enterraron deprisa y corriendo para que no les arrebataran el cadáver. Se lo arrebataron, lo trocearon, lo repartieron por medio mundo.
Pero eso para mi propósito carece de importancia. Como carece de importancia que la santa esté de moda —el libro superventas de Cristina Morales, la novela de Sender reeditada, el affaire de Paco Becerra—; o que acaso haya sido la persona de mayor intimidad con Dios —signifiquen Dios e intimidad lo que signifiquen— a lo largo de la historia. A mí lo que me importa esta mañana, aparte su condición de escritora formidable —en la estela de san Agustín y dejando abierto el camino a no pocas escritoras recientes—, de mujer extraordinaria, es haber dado pie a algo que puede calificarse, sin mentir ni exagerar, como auténtico prodigio en estas tierras. Me refiero a La agonía de Teresa de Ávila, la plaquette de Fernando José Carretero ilustrada —un decir: es mucho— por Teo Serna que publicó Perico Simón hace unos meses: una hermosura.
Celebro el día de santa Teresa leyéndola. Leyéndola no, en realidad: sintiéndola y emocionándome. Se trata de un objeto precioso, de un artefacto —en el sentido etimológico del término: hecho con destreza— en cuya materialización han confluido tres personas de maestría bien acreditada: el poeta Carretero, el también poeta, pero aquí artista plástico, Serna y el impresor Simón. En estos tiempos de ediciones tan descuidadas que merecerían multa, el resultado es, repito, un milagro que ha de quedar obligatoriamente como hito.
Puesto que en el blog doy cuenta de lecturas, pasaré ahora por alto los trabajos de Serna y de Simón para centrarme en el poema de Carretero que da título a la plaquette. Son poco más de cien versos tipográficamente separados, casi exactamente por la mitad, en dos partes. En ellos Teresa, a punto de morir, se dirige a sor Ana de San Bartolomé, asistente, amiga, hija espiritual y continuadora de su obra. Momento dramático el de la agonía que precede a la muerte; en él quienes acompañan al moribundo guardan silencio; es lo que hace en el poema sor Ana de San Bartolomé, de modo que Teresa, Ana mediante, se dirige directamente al lector, y le habla, gracias al talento de Carretero, con una enorme eficacia comunicativa, en donde la tensión dramática, vestida de serenidad y cercanía efusiva, se traduce en genuina emoción poética.
¿Qué le dice la santa a sor Ana, qué le dice al lector? Sabemos que el poema tipográficamente está dividido en dos partes, pero, sin entrar en demasiadas precisiones, estructuralmente cada una se divide a su vez en otras dos: podemos contar, pues, cuatro partes. En la primera, una vez puestos en situación, Teresa muestra el muy humano y comprensible miedo a la muerte y escudriña el sentido de la vida. En la segunda repasa la suya propia en cuanto se refiere a su relación con los demás: la vida fatigosa de una mujer activa que tropieza a menudo con dificultades, pero que encuentra apoyo en los humildes. La tercera empieza con la misma invocación a sor Ana con que empezó la primera; es también un repaso a la propia vida, ahora desde dentro y ligada a las estaciones del año —una vida en un año: desde las «suavidades del otoño» hasta la «quietud emboscada de las noches de agosto», o sea, desde la siembra a la cosecha—. La cuarta es frenesí, éxtasis, consumación o aniquilación, la muerte o el reposo que halla la mariposa en la hoguera, imagen bellísima y simple con la se cierra el poema. Esta cuarta parte es formidable, tremenda, un torrente verbal sin signos de puntuación —ni punto final siquiera: claro— que maravilla y conmueve.
Pero todo el poema lo es verdaderamente: el verso largo, solemne, eufónico, culto, y, al tiempo, sobrio, grave, directo; la abundancia de imágenes y metáfora brillantes; los ecos de la escritura de la santa; la cercanía al lector a través de la amiga… Sabíamos que Carretero era poeta exquisito; por si hacía falta, lo confirmamos.
Gracias, pues, Fernando José, por el gozo inagotable de leer el poema, de sentirlo entre las manos.

Fernando José Carretero. La agonía de Teresa de Ávila. Imagen digital de Teo Serna. Diseño e impresión de Perico Simón. La Zúa. Cuenca. 2022.

martes, 13 de septiembre de 2022

'Bocalinda': un año del lío

Bocalinda es una buena novela, bien pensada, bien compuesta y bien escrita, que debió de llegar a manos del editor en forma de borrador avanzado. El editor quizá la consideró versión definitiva y la publicó desaliñadamente pensando que nadie repararía en ello. Hoy hace un año enumeré aquí bastantes gazapos; enseguida el editor y la claque, sin negarlos, saltaron tal que granizo en albarda contra el atrevimiento como si les hubieran mentado a la madre. En ediciones sucesivas han corregido algunos de los traspiés —no porque yo los señalara, sino porque eran evidentes—, pero no han tocado otros muchos, de los cuales me atrevo a decir dos, marcadores inmediatos de las ediciones catetas: vocativos desamparados de comas y palabras partidas al tuntún a final de renglón. Qué se le va a hacer.
Sin embargo, aquella reacción virulenta me ha dado qué pensar acerca de este blog, mero entretenimiento de un jubilado ocioso que no sabe jugar al dominó. Tal vez convenga precisar algunas cosas:
Bots aparte, ven cada entrada alrededor de doscientas personas; el blog alcanza, pues, divulgación muy limitada. Pero quiero creer —de varios lo sé fehacientemente— que los doscientos visitantes asiduos, sobre generosos, son inteligentes, cultos, buenos lectores y de agudo espíritu crítico. Lo primero —que haya escaso público— permite libertades; lo segundo —el público selecto— obliga a evitar las tonterías. Con la espuela de la libertad y el bocado del respeto a los lectores gobierno este jamelgo.
Teniendo en cuenta que el blog trata de libros «de por aquí» y que el mundo de los libros en general está lleno de gentes pagadas de sí mismas y susceptibles, acaso debiera proponerme no pisar demasiados callos. No lo haré; a los habitantes del «mundo del libro», en principio —en principio— no les debo nada; les he comprado el producto, lo he leído a conciencia —bien o mal es otro asunto— y con buena disposición: en paz estamos.
Cuando digo que leo con buena disposición quiero decir también que no soy masoquista ni a estas alturas de la vida estoy para perder el tiempo: espero que los libros resulten placenteros y provechosos, y me satisface hallar un buen libro y hablar bien de él. Pero, obviamente, no me chupo el dedo ni deseo parecer más tonto de lo que soy alabando libros que no lo merecen: espíritu crítico y defensa de los derechos del consumidor.
El espíritu crítico expresado verbalmente se convierte en crítica. En numerosos órdenes de la vida la crítica está institucionalizada y es profesional. En el de los libros, lo mismo; se trata de una crítica docta que ejercen rigurosamente personas de gran formación y se encamina tanto a enjuiciar como a orientar al lector común. Desgraciadamente, crítica tan encopetada apenas repara en los libros «de por aquí». Por contra se ejercen hoy profusamente, sobre todo en el universo digital, otros tipos de crítica más o menos limpios: la crítica propagandística de editoriales y autores; la crítica mafiosa que vende alabanzas y chantajea con censuras; la crítica olímpica de quien se cree muy por encima del libro; la crítica banal que aplaude cualquier cosa; la crítica usurera que presta elogios para cobrarlos luego, etcétera y etcétera. Ninguna de ellas practico: la primera porque me sobrepasa, el resto porque las prohíbe mi religión. Lo que yo intento es, gozosa, desinteresada y limpiamente, dar cuenta lo mejor que sé de lecturas que me han gustado e invitar al prójimo a que se sume a la fiesta, sin ocultarle los peros, siempre chicos, que se cuelen de polizones.
Por último, y lo siento, no logro evitar en ocasiones otra crítica, ingrata pero a mi entender  saludable: la crítica derogatoria, pugnaz y vandálica —eso he dicho— que nace de una decepción —nunca del afán justiciero— y que será tanto más áspera cuanto más grande la decepción. A lo mejor no está bien vista en estas tierras; sin embargo, creo, es precisa, útil y legítima: la ejerceríamos en un restaurante, en un concierto, en el fútbol: ¿por qué no en el libro?
Huelga decir que la crítica derogatoria —todas— debe apoyarse en hechos y que los hechos han de ser contundentes, irrefutables por sí solos. Tampoco es preciso decir que se puede —se debe— discrepar de mi valoración de los hechos, y hasta justificarlos, pero, si son ciertos —lo son, lo son—, está feo eludirlos mediante juicios de intenciones.
Y ahí seguiremos, si Dios nos da salud, porque no sabemos jugar al dominó.

lunes, 15 de agosto de 2022

Duelos y quebrantos que no se comen

    Se sabe: el objetivo elemental y explícito de los relatos que los seres humanos vienen contándose desde hace miles de años —primero de forma oral, luego también por escrito y hoy sobre todo mediante imágenes que emanan de pantallas— es entretener. Pero muchos, consciente o no el autor, lo sobrepasan: dan informaciones sobre diversos ámbitos de la vida, transmiten ideas y valores, previenen de peligros, incitan a obrar de cierta manera, instruyen y educan en definitiva. Ahí está el Quijote, por ejemplo, al que se le han hecho decir infinitas cosas, razonables o extravagantes. Ahora bien, estoy convencido de que, al menos en el oyente, lector o espectador común, la eficacia instructiva y educadora del relato será mayor cuanto más entretenido: el Quijote es de nuevo un buen ejemplo.
    ¿Por qué empiezo descubriendo el Mediterráneo? Porque la novela que leo es entretenida pero no se queda en el mero entretenimiento, y porque —se ve ya en el título— encuentra en el Quijote una de sus principales referencias. Me atrevería a afirmar, si la palabra no estuviera tan percudida, que la novela de Ana Girón es apasionante: por el argumento, por los personajes, por la técnica y por la entidad de la escritura misma.
    El argumento es un mosaico de historias de la Guerra y la Posguerra que terminan confluyendo en un sórdido asunto de plena actualidad informativa concretado a modo de compendio y paradigma —acaso por motor de toda ella— en el tramo final de la novela. Integran cada historia peripecias diversas, algunas violentas, otras enternecedoras, no pocas triviales, bien ensambladas —sin que a la autora le sobren ni le falten piezas— y dosificadas con destreza para producir expectación e intriga: desde la primera página mantienen el interés del lector.
    Los personajes, atractivos, bien dibujados, con personalidades y caracteres definidos y distintos, comparten un rasgo: la ambivalencia moral, que no siempre es depravación o cinismo, sino simple, y humanísima, adaptabilidad. No hay buenos ni malos; en mayor o menor grado, todos actúan en ocasiones rectamente y en ocasiones son capaces de la perfidia absoluta o de la cruda hipocresía. El lector no se lo reprocha, tal vez porque de alguna forma se reconoce en ellos: al fin y al cabo, no hay por el mundo tantas personas de una pieza, menos aún si han sobrevivido a las atrocidades de la guerra y a las indignidades que suelen seguirla.
    La técnica novelística es primorosa y —la autora no alardea— discreta. Los dos tiempos en que sucede la novela —la Guerra y la Posguerra suavizada de los años cincuenta— se alternan en los sucesivos capítulos, de modo que el lector, además de ver a los personajes en dos momentos diferentes de su existencia, ve también con suma nitidez y perfecta naturalidad el sucederse de causas y efectos que explican la forja de sus personalidades, la naturaleza de sus comportamientos y el atarse y desatarse de la trama.
    Y la novela está muy bien escrita. Quiero decir que, aunque no sea una «novela del lenguaje», el lenguaje se cuida, se adapta a lo que requieren los personajes y la trama, resulta atractivo y, a efectos de la comunicación, muy eficiente. Brilla mucho la calidad de la escritura —del estilo— en los paisajes escabrosos: las acciones y emociones aparecen vivamente retratados, pero el lector no encuentra allí morbo ni regodeo ni excesos de ninguna clase.
    En resumen: una historia bien contada y entretenida, una excelente novela. Pero, como recordaba arriba y ocurre en todas las buenas novelas, hay más: el clima de la Guerra y la Posguerra, una mirada escéptica sobre los seres humanos y, por encima, un mensaje de aliento y perseverancia, nada ingenuo, para habitar aquí con cierta dignidad.
    Duelos y quebrantos es la primera novela de Ana Girón; sus cualidades provendrán, seguramente, del talento natural, de las lecturas, que se revelan abundantes y atentas, y de la condición profesional de psicóloga. Sin duda, tales ingredientes, cuidados con esmero, harán que su prometedora carrera literaria nos dé en el futuro otras alegrías.
    Y para los almagreños la novela tiene un atractivo añadido: buena parte de ella se desarrolla en Almagro. Un Almagro «novelizado», no real; en cualquier caso con elementos y detalles —algunos extraordinariamente precisos— para hacerlo verosímil, que es lo único que se precisa en este tipo de novelas. Los almagreños deben agradecérselo, porque, habiendo podido situar la acción en cualquier sitio, Girón, andaluza, eligió Almagro, y eso es una señal obvia de amor.
    ¿Cómo podrían agradecérselo? Comprando y leyendo la novela. En Macondo la venden (y en Amazon).

Ana Girón. Duelos y quebrantos. Amazon. Wroclaw. 2022. Veinte euros.

viernes, 15 de julio de 2022

Pulcro brillo de cal

    Conozco a José Carlos Sánchez Galán —ojo: no confundir con José Ignacio Sánchez Galán, el que nos llamó tontos, cuya única poesía es, seguramente, la de acumular dinero—. Si no lo conociera, yo nunca hubiera leído este libro: lo saca Círculo Rojo, una editorial a la que profeso particular aversión. Pero los prejuicios, he de reconocerlo, al tiempo que hacen la vida cómoda nos la recortan considerablemente: en este caso me hubieran vedado un libro valioso que viene, además, prologado por Rosa Navarro Durán, lo cual ya es un aval bien importante.
    Estos dos hechos —que el libro lo publique Círculo Rojo y que Navarro Durán firme el prólogo— dicen bastante sobre el autor y su manera de entender y estar en la poesía.
    El primero remite a su discreción: Sánchez Galán vive alejado de la vida literaria y de sus pompas y vanidades; si ha recurrido a Círculo Rojo habrá sido por evitarse el engorro de buscar un editor de renombre y porque confía en que el valor del libro, él solo, lo haga llegar a los lectores que de verdad lo merezcan. No creo que le importe, pues, el escasísimo eco de la publicación en los medios provinciales, que a saber con qué criterio hablan de algunas cosas e ignoran otras.
    El segundo declara, por un lado, que se acoge a los mejores —la prologuista lo es, indudablemente— y en ellos hallará el lector al que aspira. Por otro, que estamos ante una poesía culta, afirmada en los clásicos, con referencias constantes a autores y obras —no solo literarias: hay también música y cine en este libro— muy bien leídos y muy bien aprovechados. Precisamente por ello no se trata de una obra pedante: las lecturas no se exhiben para abrumar al lector; antes al contrario: el poeta se apoya en ellas para mejor decir lo que debe decirse y para proclamar que lo que debe decirse es lo que se ha vivido, o sea, en buena medida, lo que se ha leído.
    Lo que se ha vivido es, claro está, lo que se recuerda: vivir es un camino en donde la acción de recordar y la fábrica de recuerdos se imbrican inextricablemente en un proceso cuya conclusión, fatal, quedará solo en el recuerdo de otros, en la lectura de otros. De ahí que la memoria sea desde el título el componente principal del libro, y que en la memoria quepan todos los asuntos de la existencia, banales o no, todos traídos con la misma dignidad, todos igualados. La memoria se asocia a la cal. Hay un poema —de los mejores— que recuerda a la madre enjalbegando; se llama «La cal y la memoria»; de él nace, supongo, el título del poemario: La cal de la memoria. Conviene reflexionar sobre la sutil diferencia —que, en cuanto al grado de abstracción, es un abismo—entre uno y otro, y leer el libro a su luz. Que lo haga el lector si le parece. A mí me basta aquí con distinguir la cal como concreta y trivial materia, común en ciertos tiempos y lugares, que el poeta evoca asociada a la madre, y la cal como símbolo universal: la cal es limpieza, blancura deslumbrante, protección, pero la cal hierve al contacto con el agua, y corroe, y destruye.
    Por lo demás, desde el punto de vista meramente formal, es el libro de alguien que conoce el oficio: porque ha leído mucho y porque se ha ejercitado en él tenaz y riguroso. Ninguna de las dos cosas es frecuente: conviene destacarlas. Que ha leído mucho obedece no tanto al oficio con que Sánchez Galán gana el sustento —es profesor de literatura en Almagro— como a la vocación que da sentido y articula su vida, una vida de lector. El poemario, abundante en referencias y citas —explícitas o intertextuales— de autores y obras clásicas y de hoy, en castellano o en otras lenguas, siempre pertinentes, está armado a base de endecasílabos blancos, la mayoría estupendos. Es decir, técnicamente poco hay que reprocharle.
    Y conviene mencionar algo que, por lo que llevo dicho, quizá el lector no se espere: el sentido del humor, verdaderamente agudo en ocasiones, y la ironía, casi nunca ácida: ambos facilitan un eficaz y oportuno distanciamiento. Quienes se dediquen a la enseñanza encontrarán poemas casi hilarantes en los que se incrustan unos cuantos inventos verbales muy afortunados.
    Resumiendo: un buen libro que merecería difusión y buenos lectores. ¿Los tendrá? Ojalá: hablaría bien de la cofradía de lectores de por aquí. La edición, prejuicios fuera, es impecable.

José Carlos Sánchez Galán. La cal de la memoria. Círculo Rojo. Almería. 2022. Once euros.

domingo, 19 de junio de 2022

Un libro honrado

    Todos los lectores que conozco están llenos de prejuicios y manías: escogen o descartan los libros que van a leer por razones ajenas al libro mismo. A mí también me pasa —a medida que me hago viejo, cada vez más—, pero no es el momento de hacer aquí la lista completa de los extravagantes criterios que determinan mi biografía lectora. Valga como simple ejemplo que, en circunstancias normales, yo nunca hubiera leído este libro: por la portada, entre ingenua y kitsch, y por el título, más ingenuo aún.
    No obstante, poco después de la presentación en la biblioteca de Almagro le pregunté por él a Francisco Romero, el editor. Me contestó: «Es un libro honrado». Sin saber con entera precisión lo que quería decir, se lo compré. Lo he leído estos días y no me queda otro remedio que darle la razón: es un libro honrado.
    En la literatura actual abundan sobremanera los libros tramposos: libros cuyos autores, en lugar de estar atentos al libro mientras lo escriben, están pendientes de cualquier truco extraliterario que les pueda dar notoriedad. A estos autores, irrespetuosos con el libro y con los potenciales lectores, les acaban saliendo libros malos, claro; sin embargo, a veces, sorprendentemente, sí alcanzan la notoriedad. En el mundo de la poesía, que ahora disfruta de difusión muy notable, los libros tramposos abundan, quizá porque al parecer apenas exige esfuerzo y porque cualquier indocumentado sensible se cree capaz de ganar el Premio Espasa —ojo: algunos lo ganan—. A muchos no deja de espantarnos la notoriedad lograda por ciertos libros y autores mediante procedimientos similares al timo de la estampita —y al llamado Esquema Ponzi; luego lo explicamos—, salvo que echemos mano de la acreditada propensión humana a dejarse engañar.
    Este libro no engaña. Contiene poemas mejorables, bastantes poemas malos y unos cuantos poemas muy malos: bien por ignorar que la poesía debe pasarse siempre por cedazo sutil y no por criba de garbanzos, bien porque nadie le ha hecho ver que no se puede publicar todo lo que se escribe, que eso va siempre en perjuicio del autor. Sin embargo, cabe también interpretar la falta de autocrítica como rasgo de humildad genuina, de inocencia, de candorosa humildad. El libro, en efecto, es cándido, humilde, llano; toca los asuntos esenciales de la vida —el dolor por la muerte de una persona muy querida, la nostalgia de la infancia, el amor y sus achaques, los hijos, la complacencia, la maravilla o la estupefacción ante los fenómenos de la naturaleza, los mínimos y dulces placeres cotidianos, la desazón ante determinados comportamientos— y lo hace con un lenguaje natural, sencillo en la sintaxis y nada rebuscado en el léxico —aunque ocasionalmente incurra en la lengua de palo de la televisión o de la psicología de revista femenina—, que discurre con la familiaridad de las conversaciones entre amigos y que no pretende causar admiración en el lector sino dejar constancia de un limpio y emocionado existir. Se adivina, además, un buen bagaje de lecturas —quizá no en todas las ocasiones bien seleccionadas— que le permiten a la autora esquivar los riesgos más obvios y peligrosos de este tipo de poesía tan pegada a lo biográfico.
    Por todo ello, el libro se sostiene con dignidad y sin alardes y lleva al lector, a poco que olvide los recelos iniciales y abandone los impulsos hipercríticos, a un territorio acogedor y afín en el que no se siente incómodo. Ahí radica precisamente su mayor mérito; por eso lleva razón el editor cuando lo califica de honrado: una honradez inconsciente de sí misma a la que le repugna instintivamente cualquier forma de hipocresía, de adorno, de exhibicionismo, de engolamiento o de artificio. Poesía popular en el sentido más genuino del término.
    Lógicamente yo no soy nadie para dar consejos; sin embargo, creo que Téllez debería seguir escribiendo sin perder ninguna de las virtudes que ya tiene y procurando corregir las taras que en este libro han lastrado su escritura. Un camino adecuado para ello es leer mucho, corregir mucho, rescribir a menudo y tirar a la papelera cuanto sea peso muerto y no ala.
    La edición, quitando algún despiste de concordancia (págs. 15 y 44), alguna ultracorrección (pág. 21), alguna ausencia o sobra de tildes y comas (págs. 66, 82, 85, 100) y un exceso de puntos suspensivos, es buena. Lástima que en la página 84 se haya colado una falta de ortografía garrafal; no por la falta en sí, sino porque le da al poema un significado desconcertante. Cuestiones, en todo caso, menores viendo lo que suele verse en libros de este tipo.

Concepción Téllez Robledo. Sentimientos: Huellas de una vida. Libros del Villar. Almagro. 2021.

miércoles, 18 de mayo de 2022

Nueva novela de Vinuesa

     Hay viejos que chochean, algunos que en la vejez se redimen de una existencia crápula y otros que, caricaturas de lo que fueron, la echan a perder. Como ya puedo apuntarme a los viajes del Imserso, no seré yo quien los juzgue; menos todavía quien deje de admirar lo bueno que hicieron cuando la vida les fue más propicia, aunque ellos se arrepientan de lo que acaso consideren pecados de juventud. Por eso, leo todavía a Savater y tengo a Vargas Llosa en el altar de los novelistas predilectos y de los ensayistas más estimulantes. ¿Qué hoy desvaría y suelta sandeces a la menor oportunidad? El que esté libre de pecado que tire la primera piedra. Yo no. Estos días de atrás, sin ir más lejos, he vuelto a leer La verdad de las mentiras; a pesar de ser un libro de circunstancias, resulta luminoso: por mucho que se encenague alabando a Bolsonaro, Vargas no caerá del pedestal.
    Me ha traído a La verdad de las mentiras la nueva novela de José Vicente Vinuesa, cuyo título —El baile del embustero— es una invitación ineludible, acaso involuntaria, hacia el maestro hispano-peruano.
    Vinuesa vive en Almagro; se gana la vida de profesor en el instituto de Bolaños; lleva publicadas cuatro novelas, y a la escritura se entrega con perseverancia y vocación. Ignoro cuántos almagreños sabrán de su existencia y cuántos lo habrán leído; un puñado, me temo. Estoy seguro, sin embargo, de que leerlo no es perder el tiempo; por el contrario: es asomarse a la buena literatura o, como poco, a la tentativa de la buena literatura.
    ¿Y cuál es la buena literatura? Obviamente, la que aspira a sobrepasar el mero entretenimiento y se plantea el reto de llegar a las verdades esenciales del ser humano mediante los artificios, incontables y ubérrimos, de la ficción. O sea, la que alcanza la verdad apoyada en las mentiras. A muchos les parecerá sencillo —abundan los escritores temerarios—, pero es arduo y trabajoso, porque no se trata solo de idear personajes e integrarlos en un argumento: se trata de que los personajes, el argumento, la estructura y la forma de presentárnoslos encajen a la perfección, arrebaten al lector hasta integrarlo en su universo y le digan algo que no puede ser dicho de otra manera o mejor dicho que de otra manera.
    Cualquiera que aspire a novelista y desee usar legítimamente el nombre de escritor ha de enfrentarse a la prueba habiéndose preparado para ella concienzudamente; es decir, habiéndose familiarizado con quienes antes que él la superaron, los novelistas que abrieron caminos o los alzaron a la perfección, desde las epopeyas antiguas a las audacias del siglo XX.
    Vinuesa lo intenta. Nos pone delante un libro complejo y difícil, que tiene, claro, rasgos comunes con las tres novelas que habíamos leído, pero que resulta mucho más ambicioso y audaz. Con las novelas anteriores la nueva tiene en común la multitud de personajes y su naturaleza proteica, el papel decisivo de la música tanto en lo inmediatamente visible como en lo estructural, y el sexo —o sea, las escenas de contenido sexual, a menudo heterodoxas— muy bien contado y nada gratuito; tiene también el lenguaje, entre coloquial y barroco, no siempre acabado de pulir, y otros detalles que el lector familiarizado percibirá enseguida.
    Eso, que parecería conducirnos amablemente a un mundo familiar, salta inopinadamente por los aires puesto que en El baile del embustero —libro ambicioso y audaz, repito— casi nada es lo que aparenta: el lector cree estar ante una intriga de carácter detectivesco dirigida a esclarecer varias muertes —la del protagonista incluida—, pero a partir del capítulo 6 —verdadero parteaguas de la novela, cuya disposición, a base de microrrelatos engarzados mediante un procedimiento inequívocamente musical, rescata el pasado remoto de los protagonistas y anticipa su incierto futuro— todo se desbarata y concluye en un delirio frenético que primero desconcierta y luego atrapa al lector de manera fascinante. Una maravilla para quienes accedan a entrar en el juego, digo, en el baile.
    Es verdad que, tal vez porque le falte trabajo reposado de edición, la novela no es redonda, que el lector emerge de ella con la sensación de haber andado muy cerca pero de no haber cumplido por entero lo que prometía: unos cuantos descuidos, no pocas faltas de ortografía y algún desfallecimiento estilístico lo han impedido.
    Ahora bien, Vinuesa anda por el buen camino y la novela merece la pena. Ojalá y todas las que se publican por aquí subieran tan alto.

José Vicente Vinuesa. El baile del embustero. Editorial Verbum. Madrid. 2021. Veinte euros.