Manuel Gallego
Arroyo. La Casa de María. Almud, ediciones de Castilla-La Mancha.
Toledo. 2021. Quince euros.
jueves, 18 de noviembre de 2021
Grata sorpresa
sábado, 23 de octubre de 2021
Una muestra de polvo (enamorado)
jueves, 14 de octubre de 2021
'En donde resistimos'
Francisco Caro. En
donde resistimos. Hiperión. Madrid. 2021. Diez euros.
lunes, 13 de septiembre de 2021
Cómo destrozar un buen libro
Jesús Villegas Cano.
Bocalinda. Ediciones Puertollano. Puertollano. 2021. Diecinueve euros.
jueves, 19 de agosto de 2021
La Mancha y la Francia
Desde que El Mundo es mundo sus opiniones, y aun las informaciones, me han importado poco: nunca lo he comprado, nunca lo he leído y, si alguna vez me he atrevido a hojearlo —con la natural prevención—, ha sido porque no había otro periódico en varios kilómetros a la redonda; por supuesto, no oigo la Cope ni veo en la tele las tertulias políticas. De modo que hasta el 23 de marzo de 2021, en que Félix de Azúa alababa —se quitaba el sombrero: ¡Chapeau!— en El País su último libro, he vivido tan ricamente sin saber que existía Jorge Bustos.
Alabado por el Azúa de hoy, prologado por el Trapiello de
hoy, un libro del jefe de opinión de El Mundo —autor, encima, de otro
que se llama Vidas cipotudas— no lo hubiera leído jamás. Sin embargo, el
respeto que conservo al Azúa de antes y al Trapiello de antes y la admiración
cateta del rústico por los aristócratas, que saben quiénes fueron y qué
hicieron sus antepasados del siglo XVII —luego resultaría que no, que Jorge Bustos apenas se acordaba de los Bustos infanteños del XVII; de lo que sí se acordaba era del
blasón: un escudo partido, dice; mitad de gules, mitad de soberbies, digo—, me
llevaron a comprarlo.
Lo he leído estos días de mediados de agosto en el pueblo
—más de mil metros de altitud—, a la sombra de la parra, fresquito, a veces
maridándolo con buenos vasos de vino y aceitunas de las que todavía aliña mi
madre. Sin deseárselo a nadie, he pensado en el calor: ¿cómo es que el soletón
de la Mancha condiciona la salud mental y moral de los manchegos y el de Segovia
o el de Francia —descritos más o menos con las mismas palabras— no obra iguales efectos en los segovianos o franceses? ¡A ver si
no va a ser el sol el que produjo a don Quijote!
La debilidad del libro radica ahí; podríamos
haberlo sospechado leyendo el prólogo: bajo la hacina de elogios desliza Trapiello
un par de reticencias que se refieren precisamente a la asechanza de
los tópicos y a la superabundancia de opiniones. Respecto a los tópicos, baste
un ejemplo: en la página 4 Bustos se encomienda a Pla para abominar de ellos,
pero inmediatamente ensarta una ristra de lugares comunes que desborda el resto de la página y la siguiente. En cuanto a las opiniones, se nota que Bustos es
opinador profesional y jefe de opinadores. A lo largo del libro practica el
oficio con una aplicación, una constancia y una rotundidad infatigables; y no
importa que las opiniones sean originales y luminosas —muchas son
brillantísimas: greguerías dignas del mejor Ramón, aforismos que achican a los aforistas más acreditados— o de acarreo —bastantes coinciden
con las que suelen mantener impávidos los taxistas de Madrid—; lo que importa
es que apabullan y derrotan al lector, y lo estragan y lo aburren.
De todas formas, el libro mejora en la segunda parte: a la
altura de Burdeos ya le hemos perdonado al autor las inexactitudes —no pocas:
sobre Puerto Lápice (página 14), sobre la Comuna y los girondinos (página 83), sobre
el «papá de Carlos V» (página 158)—, las malas palabras: «Todo el planeta viene
al Louvre a una sola cosa: a hacerse un selfie con la puta Gioconda»
(página 157)—, la falsa modestia —páginas 109 y 110—, los automatismos
periodísticos —hay «tapetes verdes», alguien «tratando con todas sus fuerzas de
reinventarse»—, la pulsión centralista —más obvia cuanto más involuntariamente expuesta: en
la página 14 se anticipa a Ayuso en aquello de que Madrid es España dentro de
España; ¿de dónde, si no, serán el ayuntamiento o las monjas? De España,
naturalmente—, porque empieza a regalarnos pasajes suculentos, limpios, agudos,
precisos, donde la lengua corre con una maestría y una amenidad deliciosas. Lástima
del epílogo; lo firma en 2020; al lector le da la impresión de que regresa a 2015.
Y es que la primera parte —la «ruta de don Quijote»— la
escribió en 2015, acaso rutinariamente por la efemérides y por ser de encargo, y no va a quedar para
la historia; el sobeteo de la pandemia y sus alrededores del epílogo, tampoco. En
cambio, el viaje a Francia en 2019 de la segunda parte lo emprendería por
iniciativa propia y lo escribiría con la mejor disposición y más inspirado. Yo
compré el libro por lo primero, me alegro de haber encontrado lo segundo: de no
ser así hubiera pedido que me devolvieran los dieciocho euros.
Jorge Bustos.
Asombro y desencanto. Libros del Asteroide. Barcelona. 2021. Dieciocho
euros.
domingo, 18 de julio de 2021
Aliento
Alfonso González-Calero García —así, con los dos apellidos, firma los poemarios: por algo será— necesitó treinta años para publicar el primer libro de poemas —Ida y vuelta, hablamos de él aquí—; solo ha necesitado cuatro para el segundo: este Aliento que lleva acompañándonos un par de meses. Podríamos preguntarnos por qué: ¿porque últimamente, con la jubilación y esas cosas, escribe más?, ¿porque la pandemia u otros acontecimientos desgraciados lo hayan obligado al encierro? Quizá; sin embargo, veo probable que el ritmo de la escritura haya continuado más o menos idéntico —en Ida y vuelta había tantos poemas del año 1994 o del 2002 como en Aliento hay de 2018 o de 2019—, pero que la buena acogida del primero le haya soltado las alas o le haya aminorado el pudor de publicar. Me alegro, desde luego; y me planteo una obviedad que convendría repetir a menudo: no es lo mismo escribir que publicar; lo primero puede hacerlo quien quiera como le dé la gana; lo segundo debería suponer ciertas cautelas; puesto que se publica para hipotéticos lectores habría que tenerlos en cuenta y considerar la calidad: la calidad literaria —poética en este caso—, que no reside en la calidad de la materia prima —lo sublime o vulgar de los sentimientos, emociones o ideas del ciudadano que se pone a escribir le importa un comino al lector—, sino en la de la presentación. Que muchos sedicentes poetas lo ignoren es mera descortesía.
González-Calero García por su parte, hombre educado, conocedor
y respetuoso del asunto que se trae entre manos, se habrá tentado la ropa antes
de ofrecer este libro, sencillo y pulquérrimo, impecablemente editado por Mahalta
—tras Aquí, ¿qué mejor manera de irse asentando?—, que responde
perfectamente al título en varias de las acepciones de palabra tan feraz y
polisémica: en Aliento está la respiración de cada instante —cosa
del individuo, del poeta— y está el aire que permite respirar —cosa
venida de afuera, imprescindible y gratuita—; está también la voluntad de
sobreponerse a las adversidades, de continuar empeñado en la solidaridad; están
el alma y el impulso creativo… Es decir, está la vida, interior y exterior, del
poeta convertida en poemas bien pensados —los poemas no se sienten, que eso, si
es algo, es materia prima en bruto; se piensan y proyectan como
palpables objetos literarios—, bien escritos y de notable calidad.
¿Un diario poético, pues? No lo creo. Entre otras cosas
porque ignoro qué es exactamente un «diario poético» —salvo que se trate de un
truismo: que los poemas se escriben o rescriben un día determinado y que su tema,
de una forma o de otra, es siempre el poeta— y porque, en caso de serlo, lo
sería a la manera de los que no lo parecen. Si es verdad que la mayoría de los
poemas están fechados, incluso que en algunos se precisa el momento del día —o
de la noche: cuánta noche; cabría estudiar los valores de palabras que se
repiten a menudo, noche, sombra, humo, nada, y que juntas remiten a Góngora,
pero no animan al carpe diem: si acaso al ubi sunt? o a la
incertidumbre del futuro—, y que la fecha y el lugar de la escritura acaso permitieran
seguir la biografía del poeta —y agrupar los poemas por ciclos: el elemental
de la pandemia, el de la enfermedad, el de las vacaciones—, da la impresión de
que tales datos valen más para el propio autor —el primer lector, al fin y al
cabo— que para el lector común, que se queda sin saber interpretar determinadas
indicaciones enigmáticas.
Aun así, la datación, puesto que el poeta ha querido
incluirla, no es prescindible: contribuye a entender cabalmente el poema.
Algunas claves son de acceso inmediato a cualquier lector algo atento —por
ejemplo: es imposible leer el primer poema, fechado el 24 de mayo de 2011, sin
pensar en el cataclismo que ocurrió por aquí dos días
antes—; otras, en cambio, se hallan al alcance solo de los más próximos al
autor. De todas formas, marcar el hic et nunc de los poemas muestra por lo
pronto la determinación de anclarse firmemente en el mundo y hermanarse con él
—aunque haya ventanas, o rendijas, abiertas a lo trascendente, en el libro
predomina lo inmanente—; muestra también que, para comprender y comprendernos
en el fluir incontenible de la vida en el tiempo, es forzoso jalonarla.
Podría continuar escarbando en un libro tan rico, pero el
estupendo prólogo de Federico Gallego Ripoll, más lúcido, me disculpa; por
ahora basta invitar a leerlo: un placer intelectual de primer orden.
Alfonso
González-Calero García. Aliento. Mahalta Poesía. Ciudad Real.
2021. Catorce euros.
lunes, 14 de junio de 2021
La obra de don Arcadio Calvo
Aunque quizá se esté
vendiendo bien, creo que no se habla demasiado de un libro ejemplar —al menos
desde cuatro puntos de vista: el autor, el contenido, el proceso de redacción y
la propia aparición como libro— que se ha publicado recientemente: las Crónicas
de Almagro, de don Arcadio Calvo Gómez.
Cuando en los primeros
embates de la pandemia sucumbió al dichoso coronavirus, escribí: «Don Arcadio
Calvo Gómez era un hombre íntegro, educado, laborioso, de maneras exquisitas,
con un sentido del humor fino, inteligente y nada ácido, cuyo trato resultaba
un auténtico gusto. Desempeñó en Madrid honradamente la carrera laboral, y tuvo
la suerte —merecidísima— de que sus cualidades fueran reconocidas de modo
unánime. Pero estoy seguro de que todos esos rasgos y vicisitudes palidecían,
en la propia percepción, frente a otro que él consideraba el primero y esencial
de su identidad: la condición de almagreño. Don Arcadio Calvo fue un almagreño
plenamente consciente, que se sentía unido al pueblo no tanto en su concreta
materialización actual, sino sobre todo en cuanto entidad espiritual que
permanece en el tiempo y es depositaria de atributos muy valiosos, los cuales,
por alguna clase de prodigio, impregnan de manera natural a los que aquí nacen.
Acaso haya gentes modernas y prácticas a quienes esta concepción
esencialista de Almagro les pueda resultar anticuada y hasta desdeñable. A él,
en cambio, lo llevó a la historia».
Efectivamente, conocemos
a ciudadanos —en Almagro abundan— con una concepción reaccionaria de la
historia que se asienta en dos pilares tan sólidos como falaces —quién sabe si
ponzoñosos—: el «glorioso pasado» a partir del cual solo ha habido —y habrá—
decadencia, y el orgullo satisfecho de pertenecer a aquella estirpe mítica
forjadora del «glorioso pasado» —sin reconocer nunca, claro está, la obvia
imposibilidad de ponerse a su mitificada altura—. La obra de don Arcadio eludió
tales riesgos a base de honradez intelectual. Él, que no era historiador ni de
formación ni de profesión, se tomó la historia muy en serio, con absoluto
rigor, y prestó atención únicamente a la realidad de los hechos según la huella
que han dejado en los documentos. «Se convirtió, pues, en paciente y minucioso
explorador de archivos, y vio compensada la aplicación con hallazgos
fundamentales para el mejor conocimiento del pasado —en consecuencia, del
presente— del pueblo y sus habitantes». El ayuntamiento, durante la alcaldía de
Luis Maldonado, supo apreciarlo y lo nombró cronista oficial, cargo meramente
honorífico que él se tomó como una responsabilidad cívica —cabría escribir
patriótica si la patria no estuviera tan zarandeada— y que desempeñó con
innegable pulcritud.
Don Arcadio fue dando
a la luz los hallazgos de manera dispersa en revistas no especializadas y
últimamente en la página web del ayuntamiento. Solo una vez publicó, muy
dignamente, en una revista científica. Es decir, quizá nunca se
planteara escribir un libro ni siquiera publicar en forma de libro la
compilación de sus trabajos. Estamos, en consecuencia, ante un libro que nunca
quiso serlo.
Que podamos tenerlo
entre las manos se debe al tesón de Javier Alcaide y de Eustaquio Jiménez,
amigos que han querido rendirle el mejor de los homenajes. Ellos han rastreado
meticulosos las revistas en que don Arcadio escribió, han rescatado los
artículos, han corregido las erratas, los han agrupado por temas y nos los
ofrecen en un volumen manejable que lo mismo puede leerse seguido que
utilizarse como libro de consulta. La edición, costeada por el ayuntamiento y
la diputación, se vende a precio moderado.
Don Arcadio Calvo era
hombre modesto, pero no ignoraba la importancia y el valor de
su trabajo, cada vez más depurado a medida que iba mejorando la pericia
investigadora e historiográfica. Por eso estoy convencido de que le hubiera
satisfecho verlo en las librerías. A la familia —especialmente a la viuda, que
tanto lo apoyó— también le habrá complacido, y a quienes lo apreciábamos, y a
los almagreños sensibles, y a cuantos en cualquier parte tengan un mínimo
interés por la historia.
No estaría mal que
alguien tomara el relevo y se empleara con el mismo entusiasmo y dedicación en iluminarnos el pasado. Tampoco estaría mal que alguien —¿el mismo?, ¿otro?, ¿un equipo bien
coordinado?— se embarcara en la tarea de redactar un manual dirigido al público
culto no especialista, que contara lo que sabemos y lo que no sabemos de
la historia del Almagro, la pusiera en relación con los contextos, derribara
mitos y no se fijara solo en lo ilustre y glorioso.
Celebremos
las Crónicas de Almagro y felicitemos a quienes lo han hecho posible.
Arcadio Calvo Gómez. Crónicas de Almagro. Recopilación y edición, Eustaquio Jiménez Puga y Javier Alcaide Azcona; portada e ilustraciones, Manuel Vargas Sanroma. Ayuntamiento de Almagro y Diputación Provincial de Ciudad Real. Almagro. 2020. Veinte euros.