jueves, 19 de agosto de 2021

La Mancha y la Francia

Desde que El Mundo es mundo sus opiniones, y aun las informaciones, me han importado poco: nunca lo he comprado, nunca lo he leído y, si alguna vez me he atrevido a hojearlo —con la natural prevención—, ha sido porque no había otro periódico en varios kilómetros a la redonda; por supuesto, no oigo la Cope ni veo en la tele las tertulias políticas. De modo que hasta el 23 de marzo de 2021, en que Félix de Azúa alababa —se quitaba el sombrero: ¡Chapeau!— en El País su último libro, he vivido tan ricamente sin saber que existía Jorge Bustos.

Alabado por el Azúa de hoy, prologado por el Trapiello de hoy, un libro del jefe de opinión de El Mundo —autor, encima, de otro que se llama Vidas cipotudas— no lo hubiera leído jamás. Sin embargo, el respeto que conservo al Azúa de antes y al Trapiello de antes y la admiración cateta del rústico por los aristócratas, que saben quiénes fueron y qué hicieron sus antepasados del siglo XVII —luego resultaría que no, que Jorge Bustos apenas se acordaba de los Bustos infanteños del XVII; de lo que sí se acordaba era del blasón: un escudo partido, dice; mitad de gules, mitad de soberbies, digo—, me llevaron a comprarlo.

Lo he leído estos días de mediados de agosto en el pueblo —más de mil metros de altitud—, a la sombra de la parra, fresquito, a veces maridándolo con buenos vasos de vino y aceitunas de las que todavía aliña mi madre. Sin deseárselo a nadie, he pensado en el calor: ¿cómo es que el soletón de la Mancha condiciona la salud mental y moral de los manchegos y el de Segovia o el de Francia —descritos más o menos con las mismas palabras— no obra iguales efectos en los segovianos o franceses? ¡A ver si no va a ser el sol el que produjo a don Quijote!

La debilidad del libro radica ahí; podríamos haberlo sospechado leyendo el prólogo: bajo la hacina de elogios desliza Trapiello un par de reticencias que se refieren precisamente a la asechanza de los tópicos y a la superabundancia de opiniones. Respecto a los tópicos, baste un ejemplo: en la página 4 Bustos se encomienda a Pla para abominar de ellos, pero inmediatamente ensarta una ristra de lugares comunes que desborda el resto de la página y la siguiente. En cuanto a las opiniones, se nota que Bustos es opinador profesional y jefe de opinadores. A lo largo del libro practica el oficio con una aplicación, una constancia y una rotundidad infatigables; y no importa que las opiniones sean originales y luminosas —muchas son brillantísimas: greguerías dignas del mejor Ramón, aforismos que achican a los aforistas más acreditados— o de acarreo —bastantes coinciden con las que suelen mantener impávidos los taxistas de Madrid—; lo que importa es que apabullan y derrotan al lector, y lo estragan y lo aburren.

De todas formas, el libro mejora en la segunda parte: a la altura de Burdeos ya le hemos perdonado al autor las inexactitudes —no pocas: sobre Puerto Lápice (página 14), sobre la Comuna y los girondinos (página 83), sobre el «papá de Carlos V» (página 158)—, las malas palabras: «Todo el planeta viene al Louvre a una sola cosa: a hacerse un selfie con la puta Gioconda» (página 157)—, la falsa modestia —páginas 109 y 110—, los automatismos periodísticos —hay «tapetes verdes», alguien «tratando con todas sus fuerzas de reinventarse»—, la pulsión centralista —más obvia cuanto más involuntariamente expuesta: en la página 14 se anticipa a Ayuso en aquello de que Madrid es España dentro de España; ¿de dónde, si no, serán el ayuntamiento o las monjas? De España, naturalmente—, porque empieza a regalarnos pasajes suculentos, limpios, agudos, precisos, donde la lengua corre con una maestría y una amenidad deliciosas. Lástima del epílogo; lo firma en 2020; al lector le da la impresión de que regresa a 2015.

Y es que la primera parte —la «ruta de don Quijote»— la escribió en 2015, acaso rutinariamente por la efemérides y por ser de encargo, y no va a quedar para la historia; el sobeteo de la pandemia y sus alrededores del epílogo, tampoco. En cambio, el viaje a Francia en 2019 de la segunda parte lo emprendería por iniciativa propia y lo escribiría con la mejor disposición y más inspirado. Yo compré el libro por lo primero, me alegro de haber encontrado lo segundo: de no ser así hubiera pedido que me devolvieran los dieciocho euros.

Jorge Bustos. Asombro y desencanto. Libros del Asteroide. Barcelona. 2021. Dieciocho euros.


domingo, 18 de julio de 2021

Aliento

Alfonso González-Calero García —así, con los dos apellidos, firma los poemarios: por algo será— necesitó treinta años para publicar el primer libro de poemas —Ida y vuelta, hablamos de él aquí—; solo ha necesitado cuatro para el segundo: este Aliento que lleva acompañándonos un par de meses. Podríamos preguntarnos por qué: ¿porque últimamente, con la jubilación y esas cosas, escribe más?, ¿porque la pandemia u otros acontecimientos desgraciados lo hayan obligado al encierro? Quizá; sin embargo, veo probable que el ritmo de la escritura haya continuado más o menos idéntico —en Ida y vuelta había tantos poemas del año 1994 o del 2002 como en Aliento hay de 2018 o de 2019—, pero que la buena acogida del primero le haya soltado las alas o le haya aminorado el pudor de publicar. Me alegro, desde luego; y me planteo una obviedad que convendría repetir a menudo: no es lo mismo escribir que publicar; lo primero puede hacerlo quien quiera como le dé la gana; lo segundo debería suponer ciertas cautelas; puesto que se publica para hipotéticos lectores habría que tenerlos en cuenta y considerar la calidad: la calidad literaria —poética en este caso—, que no reside en la calidad de la materia prima —lo sublime o vulgar de los sentimientos, emociones o ideas del ciudadano que se pone a escribir le importa un comino al lector—, sino en la de la presentación. Que muchos sedicentes poetas lo ignoren es mera descortesía.

González-Calero García por su parte, hombre educado, conocedor y respetuoso del asunto que se trae entre manos, se habrá tentado la ropa antes de ofrecer este libro, sencillo y pulquérrimo, impecablemente editado por Mahalta —tras Aquí, ¿qué mejor manera de irse asentando?—, que responde perfectamente al título en varias de las acepciones de palabra tan feraz y polisémica: en Aliento está la respiración de cada instante —cosa del individuo, del poeta— y está el aire que permite respirar —cosa venida de afuera, imprescindible y gratuita—; está también la voluntad de sobreponerse a las adversidades, de continuar empeñado en la solidaridad; están el alma y el impulso creativo… Es decir, está la vida, interior y exterior, del poeta convertida en poemas bien pensados —los poemas no se sienten, que eso, si es algo, es materia prima en bruto; se piensan y proyectan como palpables objetos literarios—, bien escritos y de notable calidad.

¿Un diario poético, pues? No lo creo. Entre otras cosas porque ignoro qué es exactamente un «diario poético» —salvo que se trate de un truismo: que los poemas se escriben o rescriben un día determinado y que su tema, de una forma o de otra, es siempre el poeta— y porque, en caso de serlo, lo sería a la manera de los que no lo parecen. Si es verdad que la mayoría de los poemas están fechados, incluso que en algunos se precisa el momento del día —o de la noche: cuánta noche; cabría estudiar los valores de palabras que se repiten a menudo, noche, sombra, humo, nada, y que juntas remiten a Góngora, pero no animan al carpe diem: si acaso al ubi sunt? o a la incertidumbre del futuro—, y que la fecha y el lugar de la escritura acaso permitieran seguir la biografía del poeta —y agrupar los poemas por ciclos: el elemental de la pandemia, el de la enfermedad, el de las vacaciones—, da la impresión de que tales datos valen más para el propio autor —el primer lector, al fin y al cabo— que para el lector común, que se queda sin saber interpretar determinadas indicaciones enigmáticas.

Aun así, la datación, puesto que el poeta ha querido incluirla, no es prescindible: contribuye a entender cabalmente el poema. Algunas claves son de acceso inmediato a cualquier lector algo atento —por ejemplo: es imposible leer el primer poema, fechado el 24 de mayo de 2011, sin pensar en el cataclismo que ocurrió por aquí dos días antes—; otras, en cambio, se hallan al alcance solo de los más próximos al autor. De todas formas, marcar el hic et nunc de los poemas muestra por lo pronto la determinación de anclarse firmemente en el mundo y hermanarse con él —aunque haya ventanas, o rendijas, abiertas a lo trascendente, en el libro predomina lo inmanente—; muestra también que, para comprender y comprendernos en el fluir incontenible de la vida en el tiempo, es forzoso jalonarla.

Podría continuar escarbando en un libro tan rico, pero el estupendo prólogo de Federico Gallego Ripoll, más lúcido, me disculpa; por ahora basta invitar a leerlo: un placer intelectual de primer orden.

Alfonso González-Calero García. Aliento. Mahalta Poesía. Ciudad Real. 2021. Catorce euros.

lunes, 14 de junio de 2021

La obra de don Arcadio Calvo

Aunque quizá se esté vendiendo bien, creo que no se habla demasiado de un libro ejemplar —al menos desde cuatro puntos de vista: el autor, el contenido, el proceso de redacción y la propia aparición como libro— que se ha publicado recientemente: las Crónicas de Almagro, de don Arcadio Calvo Gómez.

Cuando en los primeros embates de la pandemia sucumbió al dichoso coronavirus, escribí: «Don Arcadio Calvo Gómez era un hombre íntegro, educado, laborioso, de maneras exquisitas, con un sentido del humor fino, inteligente y nada ácido, cuyo trato resultaba un auténtico gusto. Desempeñó en Madrid honradamente la carrera laboral, y tuvo la suerte —merecidísima— de que sus cualidades fueran reconocidas de modo unánime. Pero estoy seguro de que todos esos rasgos y vicisitudes palidecían, en la propia percepción, frente a otro que él consideraba el primero y esencial de su identidad: la condición de almagreño. Don Arcadio Calvo fue un almagreño plenamente consciente, que se sentía unido al pueblo no tanto en su concreta materialización actual, sino sobre todo en cuanto entidad espiritual que permanece en el tiempo y es depositaria de atributos muy valiosos, los cuales, por alguna clase de prodigio, impregnan de manera natural a los que aquí nacen. Acaso haya gentes modernas y prácticas a quienes esta concepción esencialista de Almagro les pueda resultar anticuada y hasta desdeñable. A él, en cambio, lo llevó a la historia».

Efectivamente, conocemos a ciudadanos —en Almagro abundan— con una concepción reaccionaria de la historia que se asienta en dos pilares tan sólidos como falaces —quién sabe si ponzoñosos—: el «glorioso pasado» a partir del cual solo ha habido —y habrá— decadencia, y el orgullo satisfecho de pertenecer a aquella estirpe mítica forjadora del «glorioso pasado» —sin reconocer nunca, claro está, la obvia imposibilidad de ponerse a su mitificada altura—. La obra de don Arcadio eludió tales riesgos a base de honradez intelectual. Él, que no era historiador ni de formación ni de profesión, se tomó la historia muy en serio, con absoluto rigor, y prestó atención únicamente a la realidad de los hechos según la huella que han dejado en los documentos. «Se convirtió, pues, en paciente y minucioso explorador de archivos, y vio compensada la aplicación con hallazgos fundamentales para el mejor conocimiento del pasado —en consecuencia, del presente— del pueblo y sus habitantes». El ayuntamiento, durante la alcaldía de Luis Maldonado, supo apreciarlo y lo nombró cronista oficial, cargo meramente honorífico que él se tomó como una responsabilidad cívica —cabría escribir patriótica si la patria no estuviera tan zarandeada— y que desempeñó con innegable pulcritud.

Don Arcadio fue dando a la luz los hallazgos de manera dispersa en revistas no especializadas y últimamente en la página web del ayuntamiento. Solo una vez publicó, muy dignamente, en una revista científica. Es decir, quizá nunca se planteara escribir un libro ni siquiera publicar en forma de libro la compilación de sus trabajos. Estamos, en consecuencia, ante un libro que nunca quiso serlo.

Que podamos tenerlo entre las manos se debe al tesón de Javier Alcaide y de Eustaquio Jiménez, amigos que han querido rendirle el mejor de los homenajes. Ellos han rastreado meticulosos las revistas en que don Arcadio escribió, han rescatado los artículos, han corregido las erratas, los han agrupado por temas y nos los ofrecen en un volumen manejable que lo mismo puede leerse seguido que utilizarse como libro de consulta. La edición, costeada por el ayuntamiento y la diputación, se vende a precio moderado.

Don Arcadio Calvo era hombre modesto, pero no ignoraba la importancia y el valor de su trabajo, cada vez más depurado a medida que iba mejorando la pericia investigadora e historiográfica. Por eso estoy convencido de que le hubiera satisfecho verlo en las librerías. A la familia —especialmente a la viuda, que tanto lo apoyó— también le habrá complacido, y a quienes lo apreciábamos, y a los almagreños sensibles, y a cuantos en cualquier parte tengan un mínimo interés por la historia.

No estaría mal que alguien tomara el relevo y se empleara con el mismo entusiasmo y dedicación en iluminarnos el pasado. Tampoco estaría mal que alguien —¿el mismo?, ¿otro?, ¿un equipo bien coordinado?— se embarcara en la tarea de redactar un manual dirigido al público culto no especialista, que contara lo que sabemos y lo que no sabemos de la historia del Almagro, la pusiera en relación con los contextos, derribara mitos y no se fijara solo en lo ilustre y glorioso.

Celebremos las Crónicas de Almagro y felicitemos a quienes lo han hecho posible.

Arcadio Calvo Gómez. Crónicas de Almagro. Recopilación y edición, Eustaquio Jiménez Puga y Javier Alcaide Azcona; portada e ilustraciones, Manuel Vargas Sanroma. Ayuntamiento de Almagro y Diputación Provincial de Ciudad Real. Almagro. 2020. Veinte euros.

viernes, 14 de mayo de 2021

Prólogos

Cuando el alcalde se retiró los correligionarios le prepararon un homenaje: banquete, placa, discursos, la rutina. El discurso, obligado, del secretario general del partido fue muy elogioso; tanto que produjo sarpullidos en los más susceptibles, o sea, en quienes se ofenden por las alabanzas al prójimo: a otro día un preboste de la facción disidente —siempre hay facción disidente— respiró por la herida: «Anoche te pasaste». El secretario general, armado de la lógica cazurra e implacable de los pueblos, le contestó: «Hombre, que era un homenaje: no le iba a llamar hijueputa». Con los prólogos pasa lo mismo: ningún prologuista llama hijueputa al prologado.

Salvo los prólogos hermenéuticos, que se afanan meticulosamente en la autopsia de un libro o se lo dan triturado a lectores que no pueden mascarlo —prólogos imprescindibles, pues, o al menos convenientes, escritos por especialistas encaramados al púlpito de la debida distancia científica—, o los prólogos donde el propio autor ofrece explicaciones pertinentes para la cabal comprensión del libro —y, en consecuencia, son parte del libro—, el resto de los prólogos suele quedar en trámite insoslayable y fastidioso como el discurso del secretario general: encomiásticos, hasta desmesuradamente encomiásticos, pero —luego, amigo lector, te enseño unos cuantos de por aquí cerca— protocolarios, desganados y a menudo escritos de mero compromiso y al tuntún. El lector, que está en el secreto, se los salta sin remordimiento o pasa por ellos a escape, preguntándose por qué determinados autores los piden y los aceptan complacidos. Quizá Cervantes hallara la explicación.

Gracias a Dios, hay excepciones. De vez en cuando el autor, que busca compañía, ánimo, protección, aval o acaso la seguridad de no estar cometiendo una imprudencia, encuentra todo eso; y el lector, una guía sabia y amable para moverse por el libro: miel sobre hojuelas. Obviamente, tal conjunción se presenta solo si el prologuista —pendiente del libro, no del autobombo— es lector perspicaz, atento y generoso y si el libro lo merece.

Ocurre con Entre tú y el mar, el poemario de Alfredo Jesús Sánchez Rodríguez que prologa Fernando José Carretero. El prólogo de Carretero es breve, contenido en los elogios, preciso e iluminador. Cumple la función de abrir de par en par la puerta al texto igual que le descubrimos a un amigo algo que nos gusta y que sabemos que le va a gustar: sin gestos excesivos, afectuosa, sencilla y llanamente. De modo que el lector, que por firmarlo quien lo firma sí ha leído el prólogo, entra al libro con el interés que merece y se mueve por él confirmando las apreciaciones del prologuista.

Entre ellas, y por quedarme en la forma —que, no hace falta repetirlo, en poesía es el fondo—, el versículo breve y ágil —«sin ser volandero»—, entreverado de endecasílabos «de impecable factura»; las metáforas «de un surrealismo matizado»; los símbolos «cargados de significación»; la sintaxis «límpida»; el léxico «diáfano», que no rehúye las «voces inusuales»… Juntos los mimbres por mano del autor, constituyen un «todo fluido», alejado de la «quejosa sensiblería pueril» y de «esa descolorida musa cogitabunda que transita con tediosa insistencia lugares ya vistos». Con esto está —y muy bien— dicho todo; yo no podría mejorarlo: no lo intentaré.

Entonces, ¿para qué el sermón? Para dejar constancia, por si a alguien le sirve, de algunas cosas. Que me ha parecido más sólida la primera parte —«Entre tú»—, que sí se ajusta a lo dicho por Carretero punto por punto, que la segunda —«Entre el mar»—, más convencional, mucho más apagada verbalmente y más forzada, como si algunos poemas, acaso descartados en otro momento o sitio, se hubieran recogido aquí por caridad. Que, frente a ciertas grandilocuencias vacías que hemos leído últimamente, el libro es de una modestia franciscana; es decir, grande en sus pequeñas virtudes: la compostura, la sobriedad, el recato, el respeto a la lengua… Que la edición de Lastura —nos tiene acostumbrados, afortunadamente— es impecable, cosa de agradecer en tiempos malhadados donde triunfa el desaliño. Que con Entre tú y el mar Sánchez, del que habíamos leído algún libro y al que hemos oído muchas veces, se ha hecho definitivamente un hueco entre los poetas de la tierra; no es poco, creo. Y que, a diferencia de otros libros de los que he hablado, este se encuentra fácilmente en cualquier librería.

Alfredo Jesús Sánchez Rodríguez. Entre tú y el mar. Lastura. Madrid. 2021. Doce euros.

sábado, 17 de abril de 2021

El rústico que fue a ver al rey

Siendo de pueblo chico, he profesado desde niño beata devoción por la ciudad y acatamiento dócil de sus preferencias, muy especialmente cuando llegaban en letras de molde. Más a menudo de lo confesable he sentido también la incómoda y siempre acallada sospecha de que el rey era un hombre como el resto y de que acaso lo que en los suplementos culturales elogiaban liebre fuera gato sarnoso; pero de tan desagradable reconcomio, amigos, les hablaré luego si se tercia. De modo que era leer en un periódico de Madrid —y en el Lanza— las virtudes tal libro o tal película y tragármelos con ansia aunque no hallara la maestría por ningún lado y consiguientemente quedara certificada la propia insolvencia para apreciar excelsitudes que los de la capital veían de continuo. Ahí sigo; me asomo a la vejez y no escarmiento: lo que viene en Babelia o El Cultural es las tablas de la ley, dogma que creo a pie juntillas. ¿Redimirá esto penas del purgatorio?

El caso es que, en cuanto leí la reseña —insípida, convencional y parafrástica, pero alabanciosa— de Túa Blesa en El Cultural del 15 de marzo de 2021 —González-Calero la replicó en el boletín 470 el 27 de marzo—, le encargué a Macondo el último libro de Manuel Juliá. Madre se llama. Lo he leído de un tirón, y después he picoteado en él en ratos perdidos. Tal vez porque aún recordaba vivamente «Un pañuelo mojado en saliva», el estupendo artículo de Karmele Jaio en el Babelia del 2 de abril, no me ha entusiasmado: será —yo, no el libro— por cateto. Trataré de resumir, no obstante, de dónde nace la falta de entusiasmo.

Desde luego, Madre no es un libro malo a la manera de tanto desdichado engendro semianalfabeto de Ciudad Real y provincia; al contrario: se nota que el autor es hombre culto y de lecturas abundantes, bien enterado de lo que se lleva. Y ahí surge el primer escollo: Madre es un libro epigonal, es decir, recorre sendas que han transitado —y lo que te rondaré, morena— innumerables escritores en los últimos años. Que sea epigonal no significa necesariamente que carezca de sustancia: significa tan solo que ya lo hemos leído, pesado lastre que pone al autor en el compromiso de medirse con otros e intentar superarlos. Supera a pocos.

A ello se suma que, acaso inevitablemente por tratar de lo que trata —casi todo el mundo tiene padre y madre, muchos los queremos o los hemos querido, nos duele la pérdida, los recordamos, etcétera—, al libro lo acecha el riesgo de resbalar en los tópicos. Resbala, y hasta cae, demasiadas veces —el álbum de fotos, mirarse en el espejo y ver al padre, el colacao, el arrepentimiento de no haber dicho esto o aquello, el abandono de la casa— porque no hay vigor literario que lo sostenga.

La endeblez literaria quizá derive de que Madre se nos aparece en álgara —en el pueblo la palabra es esdrújula, sí—, poco pensado y madurado. El autor confiesa en el epílogo que lo escribió a tientas, ignorando la estructura, el tono, el contenido: ¿que salía novela?, novela; ¿que salía poemario?, poemario. Algún malpensado se acordará del dicho popular: si con barbas, san Antón; si no, la Purísima Concepción. Incluso un glorioso san Sebastián al que conocimos cuando todavía era ciruelo y cuyos milagros, por eso mismo, apenas nos conmueven.

Se acentúa la idea de precipitación —de atolondramiento en ocasiones—, al tropezar a cada paso con lamentables descuidos ortográficos —tildes, signos de puntuación, mayúsculas— y sintácticos, con expresiones muy percudidas del lenguaje municipal o periodístico, con gazapos tan obvios como los clavicordios de la página 30, o una afirmación inverosímil —aunque sea verídica— en las páginas 62 y 63 o, en esta misma página, las declinaciones. Es difícil que el lector, distraído por ruidos tan molestos, se mantenga atento. Culpa de la editorial, claro: publicado por una que fue de campanillas, Madre sufre un estropicio que no sería capaz de empeorar ni siquiera el punto rojo más zarrapastroso ni la autoedición más indigente. Lástima.

¿Todo es malo, pues? No; hay cosas buenas —ciertas estampas costumbristas, algún poema— y, con aplicación, podría haber llegado a libro digno. Pero hablamos del libro que hemos leído, no del que al autor le hubiera gustado escribir —y al lector leer— ni de sus sentimientos —comunes y corrientes, nobilísimos—; cabe preguntarse, entonces, si la madre alienta en Madre. Creo que no; en Madre hallamos anécdotas sabidas y cultura, o sea, retórica. Diga lo que diga Túa Blesa.

Manuel Juliá. Madre. Hiperión. Madrid. 2021. Quince euros.


domingo, 21 de marzo de 2021

Poesía en todas partes

La poesía, que es espíritu, como el Espíritu ubi vult spirat: lo he comprobado de nuevo hace un rato. No he podido ir a Madrid a la cosa del Retiro —y quería: a ver si Aaarón García Peña habla igual que en la radio—, así que para celebrar el Día Internacional de la Poesía esta maña bien temprano he peregrinado al Pinar de los Poetas.

Almagro, por empeño del pertinaz y benemérito Luis Molina, tiene un Pinar de los Poetas. Aunque un amigo irreverente afirma que los dos elementos del sintagma son hipérboles, a mí me gusta: hay buenos poemas, un estupendo mural de Eusebio Loro, incluso el sitio es un poema —¿se acuerdan?: Aquí está permitido…—.

Las musas me han recompensado la visita con el poema de la foto; alguien lo ha fijado allí cerca, en un contenedor de papel:


Me he acordado de Bécquer, de la rima IV concretamente. Acertó Bécquer en que siempre habrá poesía —he aquí la muestra—, pero pecó de pesimismo en la reserva. «Pierde cuidado, querido vate, por mucha poesía que haya —he estado a punto de gritarle a la ultratumba; me he reprimido por si pasaba gente—, siempre habrá más poetas: innumerables poetas víricos, plagas voladoras de poetas, poetas cabalieres a cascoporro; resucita y verás». Por eso, frente a tanto poeta sedicente que lo es solo por pregonarlo de sí mismo y recibir —en préstamo con intereses usurarios— la aceptación de sus semejantes, emociona el gesto de este poeta humilde que ignora la propia excelencia, pega el poema en los márgenes del recinto sagrado y oculta el nombre tras de un número telefónico.

El poema es sublime. En él hallamos, en confusión tomada de óxido, el acabamiento y caducidad de toda grandeza, un ubi sunt? melancólico que llora en idéntico y mezquino vertedero los rutilantes símbolos de la modernidad —soberbios automóviles ya decrépitos, forzudas baterías de cuyo añejo vigor queda apenas la ponzoña, exangües los alados botes de redbul, agrias las proletarias latas de cerveza, cables que fueron nervios— e ilustres despojos de la historia milenaria: herrumbrosas picas de Flandes, tapas rotas de alcantarilla, melladas hoces solaneras, bronces monumentales abatidos, fieles pesos de las romanas… Ay.

Sobrentendida pero cierta, merced al chatarrero redentor brilla también en el poema, por decirlo como lo dice el prefacio de la misa de difuntos, la esperanza de nuestra feliz resurrección —la nuestra, sí: ¿qué es la chatarra sino metáfora de la pobre vida humana perecedera, y del peaje para adquirir la vida perdurable, la mansión eterna en el cielo?—. Sobre la ruina y el desconcierto de la escoria efectivamente obrará la taumaturgia del reciclado, y en poco tiempo estos que ves ahora residuos deleznables fulgirán en asombrosos prodigios tecnológicos o cuquis cachivaches decorativos. El eterno retorno, la vida que no acaba. Oh, consoladora evidencia.

Además, el portento, explosivo grano de mostaza, cabe en la nuez de cuatro versos —el resto son paratextos, si interesantes hoy prescindibles pues acaso distraigan de lo principal; otro día les dedicaremos un escolio— escuetos, esenciales, sutilísimos, que, sin embargo, dejan campo fértil —abonado con química del ETC y cagarrutas de puntos suspensivos— a la fantasía del lector. ¿Cabe pedir más?

Y es ‘mainstream’. Iribarren no podría mejorarlo.

viernes, 19 de febrero de 2021

Poemas de amor

Hay rasgos que distinguen de inmediato los libros buenos de los malos. Los malos libros son nueces vanas; como las penas del infierno, colman al lector de carencia y desánimo: querríamos sacarles una pizca de sustancia; por su inteligencia descarriada, no la alcanzaremos nunca. Los libros buenos, en cambio, exuberantes, se desbordan, es decir, ponen al lector ante realidades más o menos lejanas y le hacen entrar en diálogo —no siempre amigable, siempre fructífero— con ellas, para fiesta, perplejidad, inquietud, acicate o dolor. Además, los libros buenos son, desde el principio de los tiempos y avant la lettre, el mejor ejemplo de eso que ahora llaman —perdonen: yo no he sido— la glocalización: o sea, firmemente asentados en lo pequeño y próximo, guardan un mensaje universal.

Lo acabo de corroborar —¡como si hiciera falta!— estos días leyendo Aquí, el último libro de Francisco Caro. Desde la cubierta misma sabemos que es un buen libro y que está hecho con cuidado, primorosamente, sin jactancia: la belleza escueta de la composición, la tipografía y la ilustración de Serna en la primera de cubierta; las excelentes fotos y su disposición en la cuarta; el lomo, con el sello editorial en dos versiones mínimas, muy elegantes, y un número, el 1, signo de determinación y esperanza; las dimensiones y el tacto; el nombre de la editorial…

La editorial se estrena con este libro, que tiene algo de padrinazgo o sombra protectora. En el futuro probablemente nos dará muchas alegrías; ya nos está dando tema de cavilación. Se llama Mahalta. ¿Por qué? Se me ocurren dos razones; quizá tengan algo que ver con la obra inaugural. Por un lado, Majada Alta —huelga precisar que el vulgo en todas partes dice Majalta— es un topónimo corriente: en Piedrabuena, cerca del Bullaque, hay un paraje que se llama así. Por otro, Mahalta remite obvia y directamente a Màrius Torres —y a Lluís Llach, el réprobo—, que era de Lérida. Glocalización, decíamos.

Conjeturas editoriales aparte, Aquí sería un libro formidable aunque se presentara en una de esas desventuradas autoediciones que nos martirizan hoy. Sus poemas —la mayoría leídos en anteriores libros del autor o en el blog—, aquí reunidos y así dispuestos, constituyen no una antología, sino un nuevo libro con identidad propia bien definida: un hermosísimo y muy original testimonio de la poesía amorosa española contemporánea. Y ni estoy exagerando ni equivocándome: los poemas de Aquí son preciosos y, todos todos, poemas de amor.

Se suele entender, de manera harto restrictiva, por poesía amorosa únicamente la que se refiere al amor de la persona amada. Sin embargo, cabe otro amor igual de legítimo y nada excluyente que se extiende a cualquier otra persona, cosa, lugar, experiencia o acontecimiento, grandes o chicos. Lo siente todo el mundo y lo expresan maravillosamente algunos poetas; Caro está entre ellos, y él mismo mienta a Colinas y a Rosillo. No es cuestión de llegar al panteísmo ni de insistir en lo celebratorio, tan de moda; menos aún de revolcarse en el amor pánfilo y feble de los parapoetas: se trata humildemente de, aun sabiendo y teniendo comprobadas las inclemencias, encontrar en las cosas alrededor cuanto ellas puedan tener de hospitalario. Y de constante: el título del libro deja patente la calidad de un amor perdurable. Gracias al prodigio de la poesía Caro trae al aquí y al ahora del poema el amor que le rebosa —la familia pasada y presente, los amigos, la historia, los lugares, la esposa, la poesía…— y nos lo regala bajo la especie de poemas emocionantes —no pocos, emocionantes hasta la lágrima—, que al lector, de por aquí o de cualquier sitio, le sirven también para certificar que Caro es poeta principal de por aquí y de cualquier sitio.

Tampoco creo superfluo anotar dos cosas: bastantes poemas contienen reflexiones explícitas o veladas sobre la poesía —eso que, de manera a veces banal, llaman poéticas—; fíjense en ellas: hallarán que se nos propone una poesía veraz, honrada y modesta, y comprobarán por qué es así y cómo se materializa en los poemas con toda coherencia y nitidez. Fíjense también en la técnica —en el oficio, tan bien aprendido y rectamente practicado como el de tejero o sastre— que se ve palpable en los sonetos o en los haikus: verán qué asombro.

Una maravilla, pues, de Caro y Mahalta. Ojalá y a los dos nos los vayamos encontrando con frecuencia en els meandres, grocs de lliris, verds de pau, de este Bullaque que es la vida: de la font a la mar.

Francisco Caro. Aquí. Mahalta. Ciudad Real. 2020. Doce euros.