sábado, 17 de abril de 2021

El rústico que fue a ver al rey

Siendo de pueblo chico, he profesado desde niño beata devoción por la ciudad y acatamiento dócil de sus preferencias, muy especialmente cuando llegaban en letras de molde. Más a menudo de lo confesable he sentido también la incómoda y siempre acallada sospecha de que el rey era un hombre como el resto y de que acaso lo que en los suplementos culturales elogiaban liebre fuera gato sarnoso; pero de tan desagradable reconcomio, amigos, les hablaré luego si se tercia. De modo que era leer en un periódico de Madrid —y en el Lanza— las virtudes tal libro o tal película y tragármelos con ansia aunque no hallara la maestría por ningún lado y consiguientemente quedara certificada la propia la insolvencia para apreciar excelsitudes que los de la capital veían de continuo. Ahí sigo; me asomo a la vejez y no escarmiento: lo que viene en Babelia o El Cultural es las tablas de la ley, dogma que creo a pie juntillas. ¿Redimirá esto penas del purgatorio?

El caso es que, en cuanto leí la reseña —insípida, convencional y parafrástica, pero alabanciosa— de Túa Blesa en El Cultural del 15 de marzo de 2021 —González-Calero la replicó en el boletín 470 el 27 de marzo—, le encargué a Macondo el último libro de Manuel Juliá. Madre se llama. Lo he leído de un tirón, y después he picoteado en él en ratos perdidos. Tal vez porque aún recordaba vivamente «Un pañuelo mojado en saliva», el estupendo artículo de Karmele Jaio en el Babelia del 2 de abril, no me ha entusiasmado: será —yo, no el libro— por cateto. Trataré de resumir, no obstante, de dónde nace la falta de entusiasmo.

Desde luego, Madre no es un libro malo a la manera de tanto desdichado engendro semianalfabeto de Ciudad Real y provincia; al contrario: se nota que el autor es hombre culto y de lecturas abundantes, bien enterado de lo que se lleva. Y ahí surge el primer escollo: Madre es un libro epigonal, es decir, recorre sendas que han transitado —y lo que te rondaré, morena— innumerables escritores en los últimos años. Que sea epigonal no significa necesariamente que carezca de sustancia: significa tan solo que ya lo hemos leído, pesado lastre que pone al autor en el compromiso de medirse con otros e intentar superarlos. Supera a pocos.

A ello se suma que, acaso inevitablemente por tratar de lo que trata —casi todo el mundo tiene padre y madre, muchos los queremos o los hemos querido, nos duele la pérdida, los recordamos, etcétera—, al libro lo acecha el riesgo de resbalar en los tópicos. Resbala, y hasta cae, demasiadas veces —el álbum de fotos, mirarse en el espejo y ver al padre, el colacao, el arrepentimiento de no haber dicho esto o aquello, el abandono de la casa— porque no hay vigor literario que lo sostenga.

La endeblez literaria quizá derive de que Madre se nos aparece en álgara —en el pueblo la palabra es esdrújula, sí—, poco pensado y madurado. El autor confiesa en el epílogo que lo escribió a tientas, ignorando la estructura, el tono, el contenido: ¿que salía novela?, novela; ¿que salía poemario?, poemario. Algún malpensado se acordará del dicho popular: si con barbas, san Antón; si no, la Purísima Concepción. Incluso un glorioso san Sebastián al que conocimos cuando todavía era ciruelo y cuyos milagros, por eso mismo, apenas nos conmueven.

Se acentúa la idea de precipitación —de atolondramiento en ocasiones—, al tropezar a cada paso con lamentables descuidos ortográficos —tildes, signos de puntuación, mayúsculas— y sintácticos, con expresiones muy percudidas del lenguaje municipal o periodístico, con gazapos tan obvios como los clavicordios de la página 30, o una afirmación inverosímil —aunque sea verídica— en las páginas 62 y 63 o, en esta misma página, las declinaciones. Es difícil que el lector, distraído por ruidos tan molestos, se mantenga atento. Culpa de la editorial, claro: publicado por una que fue de campanillas, Madre sufre un estropicio que no sería capaz de empeorar ni siquiera el punto rojo más zarrapastroso ni la autoedición más indigente. Lástima.

¿Todo es malo, pues? No; hay cosas buenas —ciertas estampas costumbristas, algún poema— y, con aplicación, podría haber llegado a libro digno. Pero hablamos del libro que hemos leído, no del que al autor le hubiera gustado escribir —y al lector leer— ni de sus sentimientos —comunes y corrientes, nobilísimos—; cabe preguntarse, entonces, si la madre alienta en Madre. Creo que no; en Madre hallamos anécdotas sabidas y cultura, o sea, retórica. Diga lo que diga Túa Blesa.

Manuel Juliá. Madre. Hiperión. Madrid. 2021. Quince euros.


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